Nadar con estilo: un chapuzón porteño en los cuatro estilos

Nadar con estilo

El verano pega fuerte, el sol raja la tierra y en Colegiales Noticias nos calzamos la malla para zambullirnos en un tema fundamental: los estilos de natación. Porque nadar no es solo hacer la plancha en la pelopincho del patio, sino un arte, una filosofía de vida, una declaración de principios. Como diría un buen tanguero, «si te caés, que sea con estilo». Y si nadás, que también.

Los cuatro estilos: de la elegancia a la resistencia

1. Crol, el rey del vértigo

El crol es el «todoterreno» de la natación: rápido, eficiente y con más movimiento que la calle Corrientes un viernes a la noche. Un brazo entra, otro sale, las piernas patean y la cabeza gira para respirar sin ahogarse (ideal si no querés terminar tragando medio litro de cloro). Es el más usado en competencias porque te hace volar sobre el agua, cual colectivo 60 en Panamericana.

2. Espalda, el relajado del grupo

Este estilo es la definición misma de «dejarse llevar». Flotás boca arriba, movés los brazos como si estuvieras pintando el techo a lo Miguel Ángel y las piernas van pateando suave. Ideal para los que quieren mirar el cielo mientras nadan o evitar que el cloro les deje los ojos como si hubieran llorado todo un día de tango.

3. Pecho o braza, el clásico elegante

Si el crol es el velocista y la espalda el relajado, la braza es el más ordenado de todos. Brazos y piernas se mueven sincronizados en un ritmo pausado pero poderoso, como un bandoneón que arranca despacio y después te abraza el alma. Se usa mucho para resistencia, porque economiza energía y te deja ver a tu alrededor sin necesidad de andar girando la cabeza como un faro en la Costanera.

4. Mariposa, el desafío para valientes

Acá ya entramos en terrenos reservados para los audaces. Ambos brazos se lanzan juntos sobre el agua y las piernas hacen la famosa patada de delfín. Si lo hacés bien, parecés un torpedo. Si lo hacés mal, parecés un pez fuera del agua. Requiere fuerza, técnica y un estado físico que muchos perdimos en los asados del domingo.

Nadar: entre la filosofía y el placer

Más allá de la competencia, nadar es una de esas actividades que calman la mente y fortalecen el cuerpo. Décía Borges que «el agua es el paraíso perdido», y en cierto modo, cada chapuzón es una vuelta a ese éxtasis primitivo. Además, es un ejercicio de bajo impacto, lo que significa que podés hacerlo sin miedo a que las rodillas te pasen factura como en la pista de baile un sábado a la madrugada.

La pileta, ese templo veraniego

En Buenos Aires, las piletas explotan en verano. Desde el clásico KDT hasta los clubes de barrio, todos buscan un rincón de agua para sobrevivir el calor. Y si todavía no aprendiste a nadar, nunca es tarde: hay cursos para todas las edades, desde los peques hasta los que ya tienen experiencia en la «natación de supervivencia» en el subte en hora pico.

En fin, ya sea que elijas el crol por velocidad, la espalda por comodidad, la braza por estrategia o la mariposa por desafío, lo importante es moverse en el agua con placer y un toque de elegancia. Y vos, ¿con cuál te quedás? Te leemos en Colegiales Noticias.