Las cúpulas de Buenos Aires no se ven: se descubren.

LAS CÚPULAS DE BUENOS AIRES: POESÍA DE HIERRO, LADRILLO Y AMBICIÓN

Las cúpulas de Buenos Aires no se ven: se descubren. Hay que levantar la mirada y dejar que la ciudad, tan acostumbrada a los apuros y a las veredas rotas, nos cuente un secreto arquitectónico en voz baja y con tono europeo.

A fines del siglo XIX y principios del XX, la capital de la República Argentina vivía un frenesí de crecimiento. El país era “el granero del mundo”, la aristocracia miraba a París como si fuera un espejo, y la arquitectura se volvió un acto de afirmación nacional. Las cúpulas —elementos tradicionalmente asociados a la monumentalidad y el poder— empezaron a poblar esquinas, avenidas y edificios enteros, como si quisieran tocar el cielo con una mezcla de orgullo criollo y nostalgia europea.

¿Por qué se multiplicaron?

Porque no bastaba con construir. Había que destacar. En esa Buenos Aires que soñaba con ser la París del sur, las cúpulas funcionaban como una firma de elegancia, poderío económico y cosmopolitismo. En las esquinas, marcaban el cruce de caminos como torres vigías de otra época; en el medio de la cuadra, eran un grito de rebeldía inmobiliaria: «¡Mirá mi edificio, también tiene corona!»

Se mezclaban los estilos como en un collage: art nouveau, neogótico, barroco español, neorrenacentista, influencias rusas, moriscas, italianas. Todo al mismo tiempo. Porque en ese momento, Buenos Aires era eso: una ciudad que no se decidía por una identidad, y por eso se quedaba con todas.

El legado de los inmigrantes

El auge constructivo fue alimentado por una legión de arquitectos, constructores y artesanos europeos, muchos italianos, que trajeron consigo el rigor de la formación académica beaux-arts. Nombres como Arnoldo Albertolli, Gino Aloisi o Salvatore Mirate no solo edificaron estructuras: elevaron símbolos.

La cúpula de Albertolli en Scalabrini Ortiz y Mansilla —restaurada recientemente por The Alchemist— es un buen ejemplo: volúmenes equilibrados, líneas audaces, un juego entre lo funcional y lo decorativo. Hoy es un espacio turístico y de eventos, pero antes fue un sueño materializado con ladrillo y yeso.

Dónde verlas

La Avenida de Mayo es una pasarela de cúpulas. La del Congreso Nacional, con sus 80 metros de altura y su verde esmeralda, corona la vista como un faro republicano. Las gemelas rojizas del edificio La Inmobiliaria, el Palacio Barolo con su faro dantesco, la del diario La Prensa custodiada por Palas Atenea… cada una tiene su historia, su intención, su porqué.

San Telmo, Recoleta, Balvanera y, por supuesto, Palermo —que guarda joyas como la del edificio en Scalabrini Ortiz y Mansilla— también ofrecen ese mapa poético de cúpulas que, aún hoy, siguen hipnotizando a quien alce la vista con el alma despierta.

Una ciudad que se mira desde arriba

En total, se calculan unas 300 cúpulas en Buenos Aires. Muchas se pueden visitar, otras apenas se adivinan desde la calle. Algunas están restauradas y brillan; otras resisten el olvido con dignidad de ruina. Pero todas, absolutamente todas, cuentan algo del país que quiso ser potencia, del orgullo de una clase social que se construía a sí misma a fuerza de ladrillos, ornamentos y símbolos.

Cierre

¿Y vos, cuántas cúpulas conocés en tu barrio? ¿Sabías que hay recorridos guiados para verlas de cerca? ¿Y que muchas están esperando que alguien las rescate del anonimato?

Porque en esta ciudad que se cree horizontal, la verdadera historia se eleva. Está en lo alto. Hay que mirar más arriba.