23 de mayo de 1810: la vida antes del trueno de la Revolución
Entre aljibes, trajes de bayeta, pregoneros y carretas, la Buenos Aires colonial crujía bajo el peso de un viejo orden. ¿Cómo era vivir en Colegiales —o lo que luego sería ese barrio— cuando aún no se había oído el grito de libertad?
Corría el 23 de mayo de 1810, un miércoles gris y tenso en la ciudad de Buenos Aires. El río parecía más un pantano inmenso que un puerto estratégico. Las calles eran de tierra y barro, surcadas por carretas chirriantes y mulas que llevaban frutas, carnes, verduras, y también noticias. Porque las noticias, en ese entonces, se gritaban.
La zona que hoy llamamos Colegiales no era aún un barrio, sino una zona de quintas, taperas y chacras, donde circulaban mayormente esclavos liberados, religiosos y comerciantes de paso que bajaban desde Belgrano o San Isidro. El nombre del barrio vendría mucho después, cuando los Colegios Jesuitas se asienten por estas tierras. Pero ya se sentía una energía distinta, un murmullo de cambio entre los surcos de la tierra.
¿Dónde se compraba? ¿Qué se vendía?
Los vecinos del virreinato no iban al supermercado: iban al mercado de la Plaza Mayor, lo que hoy es la Plaza de Mayo. Se compraba por trueque o con reales. Los pregoneros anunciaban:
“¡Leche fresca la lechera! ¡Empanadas de carne cortada al cuchillo!”
Los vendedores ambulantes eran parte esencial del paisaje sonoro: panaderos, lecheros, aguateros, carboneros. También pasaban los cirujanos-barberos, que sacaban muelas y cortaban pelo con la misma navaja, sin cloroformo, ni anestesia, ni pudor.
En Colegiales, seguramente se conseguían gallinas, huevos, zapallos y hierbas traídas de las quintas. Había mucho autoabastecimiento. El agua venía del aljibe, la luz del sol, y el calor, del fogón.
¿Cómo se vestía la gente?
Vestirse era un signo de clase. Los ricos —terratenientes, comerciantes españoles y funcionarios virreinales— usaban trajes de paño, sedas y bordados traídos de Europa. Las mujeres llevaban mantillas y corsets, con abanicos que no sólo daban aire: también mandaban mensajes secretos.
Los pobres, en cambio, vestían con ropa de bayeta o lino rústico, muchas veces heredada y remendada. Andaban en alpargatas o descalzos. Los esclavos vestían lo justo: camisa y bombacha. Y las mujeres negras llevaban turbantes coloridos y polleras de lino basto.
¿Quién era quién en esa Buenos Aires?
Los ricos eran los criollos acomodados y los peninsulares —españoles nacidos en la metrópoli— que tenían privilegios políticos. Tenían esclavos, tierras, y acceso al Cabildo. Comerciaban cueros, charque, velas, sebo y, por debajo del mostrador, oro del Alto Perú.
Los pobres eran mestizos, afrodescendientes, indígenas y criollos sin recursos. Trabajaban de mozos, lavanderas, herreros, aguateros, panaderos, carniceros, albañiles o peones de campo. También había oficios hoy extintos: como el cartero a caballo, el farolero, el sereno de plaza, y hasta el arrebatador de mulas.
¿Y por qué estalló la Revolución?
Porque la olla estaba hirviendo desde hacía rato.
La sociedad colonial estaba estratificada hasta el hartazgo. Los criollos, nacidos acá pero sin voz ni voto, estaban hartos de ser segunda mano en su propia tierra. El rey de España estaba preso de Napoleón, y eso encendió la mecha: ¿por qué seguir obedeciendo a una corona ausente?
El 23 de mayo fue el día en que se apretó el gatillo sin pólvora. En el Cabildo ya se debatía a puertas cerradas la legitimidad del virrey Cisneros. En la plaza, los hombres de Beruti y French comenzaban a presionar. En las quintas, se rumoreaba. El campo hablaba. La ciudad temblaba.
¿Qué pasaba en Colegiales?
Colegiales, como parte del arrabal, no fue protagonista directo, pero sus hijos lo fueron. Muchos mulatos, esclavos y peones se alistarían luego en los Ejércitos del Norte, en la lucha contra los realistas. Las chacras del barrio alimentarían con su maíz y su vino tinto a los revolucionarios. Y la historia, como la lluvia sobre los aljibes, caería gota a gota hasta empapar el futuro.
Reflexión final
Hoy, cuando caminamos por Álvarez Thomas o Lacroze, cuando tomamos un café en El Sol de Colegiales, tal vez sin saberlo, pisamos tierra de revolución. Porque la libertad no empezó con un decreto, sino con la intuición de que el mundo podía ser distinto. Y esa sospecha, como los buenos secretos, se susurra en cada esquina.
¿Vos qué hubieras sido en 1810? ¿Revolucionario, comerciante, aguatero o poeta del arrabal?