La fugazzeta que el barrio reconoce: La Mezzetta, en el límite vivo entre Colegiales y Chacarita
La fugazzeta más famosa de Colegiales: una pizza que humea historia, barrio y noches eternas
En Colegiales, barrio de veredas anchas, casas bajas y memoria ferroviaria, hay una fugazzeta que no necesita cartel luminoso ni marketing digital. Se la reconoce por el perfume antes que por la fachada. Sale del horno pesada, alta, generosa, con la cebolla brillando como si fuera barniz y el queso empujando desde adentro, buscando escaparse. Es una fugazzeta que se hizo famosa sin proponérselo, a fuerza de repetición, constancia y respeto por la liturgia pizzera porteña.
La pizzería está ahí desde hace décadas, sobre una avenida que conecta el pulso de Colegiales con Chacarita. Abre temprano y cierra tarde, pero su verdadero horario es el del barrio: el del vecino que vuelve del trabajo, el del músico que termina de ensayar, el del taxista que frena “una al paso” y el del estudiante que estira la noche. No hay misterio: hay horno, hay manos curtidas y hay una receta que no se negocia.
La masa es el primer manifiesto. Se amasa todos los días, sin atajos, con fermentación justa. Ni liviana como pan de molde ni pesada como ladrillo: elasticidad porteña, esa que permite sostener el relleno sin rendirse. Se estira a mano, se deja reposar y se vuelve a tocar. La pizza acá se trabaja, no se apura.
El relleno es un acto de fe. Mozzarella de verdad, en cantidad obscena, que al cortarse chorrea sin pedir permiso. Nada de mezquindades. Queso que estira, que quema un poco los dedos, que obliga a esperar medio segundo antes del primer bocado. Encima, la cebolla: blanca, cortada fina, previamente salada y reposada para domarla, pero sin quitarle carácter. No está hervida ni triste. Está viva, dulce, apenas crocante en la superficie y jugosa en el fondo.
La tapa de masa sella todo como una promesa. Los bordes se cierran a mano, con gesto aprendido, y van directo al horno de piso, ese que ruge y marca. El tiempo no se mide en minutos sino en ojo: color, burbuja, aroma. Cuando sale, la fugazzeta pesa. Y ese peso es prestigio.
Arriba, orégano justo, aceite de oliva sin exagerar y, a veces, un espolvoreo de parmesano que se funde con el vapor. Nada más. No hace falta. Acá no se inventa: se sostiene.
La fugazzeta se corta en porciones grandes, sin prolijidad de Instagram. Se sirve en plato de loza gruesa o directamente en bandeja, con servilletas que saben que van a perder la batalla. Se come caliente, de parado o en mesa compartida, y siempre genera el mismo silencio inicial: ese momento sagrado en el que nadie habla porque todos mastican.
Los habitués lo saben. Hay quienes vienen desde otros barrios solo por esa pizza. Hay discusiones eternas sobre si conviene pedirla sola o con fainá, si el primer mordisco va al centro o al borde, si se acompaña con cerveza helada o con gaseosa clásica. Colegiales debate, pero coincide: esa fugazzeta es una referencia.
No figura en rankings internacionales ni necesita influencers. Vive en la memoria del barrio, en las charlas de madrugada y en el comentario inevitable: “la fugazzeta de acá no falla nunca”. Y eso, en Buenos Aires, es más que fama. Es identidad.
Porque en Colegiales, entre trenes, pasajes y noches largas, hay una fugazzeta que sigue saliendo del horno como hace años. Pesada, honesta, exagerada. Como deben ser las cosas que valen la pena.
Cuando en el barrio se habla de fugazzeta rellena de verdad, hay un nombre que aparece sin discusión: La Mezzetta. No es una moda, no es una “nueva joya escondida”, no es marketing. Es una pizzería histórica, de mostrador angosto, horno a la vista y fama ganada a fuerza de años.
Ubicación precisa (como la dice el vecino)
Avenida Álvarez Thomas 1327, esquina Charlone.
Formalmente Chacarita, barrialmente Colegiales puro. Zona de paso obligado, cruce de colectivos, taxis y caminantes nocturnos. El tipo de esquina donde la pizza no es opción: es necesidad.
No hay mesas. No hay delivery protagonista. Acá se come parado, se espera turno y se respeta el orden tácito del mostrador. El que sabe, espera.
Qué la hace famosa (y por qué no se discute)
La fugazzeta de La Mezzetta no busca equilibrio moderno ni sutilezas gourmet. Busca exceso bien hecho, como manda la tradición porteña.
La masa
Gruesa, esponjosa, con base firme. No se quiebra, no se cae, no chorrea por error. Está pensada para bancarse lo que viene adentro. Fermentación justa, sabor a pan real, corte limpio.
El relleno
Mozzarella en cantidad indecente. No hay conteo, hay confianza. El queso se derrama cuando se corta, estira cuando se levanta y quema si te apurás. Como tiene que ser.
La cebolla
Blanca, cortada fina, salada y reposada. No está hervida ni caramelizada artificialmente. Sale del horno con ese punto justo entre dulzor, humedad y bordes apenas tostados. No tapa: acompaña.
El armado
Dos discos de masa bien sellados. Nada de tapas finitas ni bordes tímidos. Acá el borde existe y se respeta. Arriba: aceite, orégano y listo. No hay distracciones.
El ritual Mezzetta
La escena es siempre parecida y siempre distinta:
— gente apoyada en la pared
— pedidos cantados fuerte
— platos que salen humeantes
— silencio en el primer mordisco
La fugazzeta se corta en porciones grandes, rectangulares, pesadas. Se come con servilleta en mano y mirada atenta, porque el queso no perdona. No hay apuro: el tiempo lo marca el horno.
Muchos la acompañan con fainá, otros la prefieren sola. Hay quienes cruzan media ciudad solo para eso. Y vuelven.
El Imperio de la Pizza: el otro templo cercano (sin confundir)
Para que no haya errores:
El Imperio de la Pizza está en Avenida Corrientes 689, pleno Chacarita. Es otro clásico absoluto, famoso también por su fugazzeta, con su propio estilo, su historia y su público fiel.
En el barrio se sabe:
La Mezzetta → fugazzeta rellena extrema, parada, directa
El Imperio → tradición de salón, Corrientes pizzera, porciones monumentales
No compiten. Conviven. Cada una en su lugar.
Cierre barrial, como corresponde
La fugazzeta de La Mezzetta no necesita relatos épicos. Se defiende sola. Está donde siempre estuvo, hecha como siempre se hizo. Y eso, en Buenos Aires, es un valor enorme.
En Colegiales —aunque el mapa diga Chacarita— la gente lo sabe:
cuando hay hambre de pizza de verdad, Álvarez Thomas y Charlone no fallan.
El resto es charla.