news

Ualá al límite: vecinos endeudados, tasas impagables y la sensación que no cierra

Colegiales Noticias | Economía barrial

Ualá al límite: endeudamiento, tasas imposibles y vecinos atrapados en una rueda que no frena

En las mesas largas de los bares de Colegiales, donde antes se discutía fútbol o política con liviandad de sobremesa, ahora empieza a colarse otro tema, más áspero, más íntimo, más silencioso: la deuda, esa que llegó de la mano de las fintech como Ualá con la promesa de inclusión financiera, rapidez y acceso, pero que hoy, según datos del propio sistema, muestra niveles de morosidad cercanos al 40% en préstamos personales, un número que en cualquier banco tradicional implicaría directamente una situación de quiebre o intervención.

La escena, repetida en distintos puntos del barrio, tiene siempre una estructura similar pero con matices propios de cada historia: vecinos que comenzaron utilizando estas plataformas para operar de manera cotidiana —cobrar, pagar, transferir— y que, en un contexto de caída del poder adquisitivo, inflación persistente y alquileres que se ajustan por encima de los ingresos, terminaron recurriendo a líneas de crédito digitales que se aprueban en minutos pero que esconden tasas efectivas anuales que, en muchos casos, superan el 300% o incluso el 400%, generando un efecto acumulativo que transforma un préstamo pequeño en una deuda prácticamente impagable en cuestión de meses.

“Arranqué pidiendo poco, algo manejable, para cubrir un mes complicado, pero cuando quise pagar me di cuenta de que el monto ya era otro, entonces refinancié, después volví a refinanciar, y hoy estoy pagando intereses sobre intereses sin haber salido nunca del pozo”, cuenta un vecino de la zona de Álvarez Thomas, sintetizando en una sola frase lo que en términos técnicos se conoce como sobreendeudamiento progresivo, pero que en la práctica cotidiana se vive como angustia financiera constante.

Los números que circulan en el mundo financiero —y que lentamente empiezan a filtrarse en la conversación de barrio— indican que las familias argentinas ya destinan entre el 30% y el 35% de sus ingresos mensuales al pago de deudas, muchas de ellas contraídas con billeteras virtuales y plataformas digitales que operan por fuera de la lógica bancaria tradicional, mientras que el nivel de endeudamiento total en algunos segmentos supera el 120% o incluso el 140% del ingreso mensual, lo que implica que las personas deben más de lo que generan, consolidando un esquema estructuralmente insostenible en el tiempo.

En ese contexto, el dato de que una fintech como Ualá registre niveles de mora cercanos a cuatro de cada diez préstamos no pagados no aparece como una anomalía aislada sino como la consecuencia directa de un modelo que combina acceso inmediato al crédito con costos financieros extremadamente elevados, en un entorno macroeconómico donde los ingresos reales no acompañan, generando una tensión que, tarde o temprano, termina rompiendo por el lado más débil: el usuario.

La pregunta que empieza a circular, cada vez con menos pudor, no es solo cómo llegaron las personas a esta situación, sino cómo puede sostenerse una estructura donde una porción tan significativa de la cartera crediticia no se recupera, ya que, en condiciones normales de mercado, un nivel de incobrabilidad de ese tamaño implicaría pérdidas operativas severas, deterioro del balance y, eventualmente, la necesidad de capitalización externa o rescate financiero, lo que alimenta la percepción, extendida entre comerciantes y profesionales del barrio, de que “alguien lo está sosteniendo”, aunque no siempre esté claro quién ni bajo qué condiciones.

“Si un banco tuviera ese nivel de mora, ya estaría cerrado o intervenido, entonces algo raro hay”, comenta un contador que atiende en la zona de Moldes, poniendo en palabras una intuición que no necesita demasiada sofisticación técnica para instalarse: que el negocio, tal como está planteado, no parece cerrar por sí solo, y que su continuidad depende de flujos de inversión, expectativas futuras o esquemas financieros que exceden al usuario común, que solo ve cómo su deuda crece mes a mes.

En paralelo, también aparece otro grupo silencioso pero relevante: quienes confiaron en estas plataformas no solo para endeudarse sino para administrar su dinero, invertir o simplemente operar en el día a día, y que hoy, frente a estos niveles de morosidad y a la fragilidad que sugieren, empiezan a preguntarse por la solidez del sistema, en un país donde la memoria financiera colectiva está marcada por crisis recurrentes y donde cualquier señal de inestabilidad genera un reflejo inmediato de desconfianza.

Todo esto ocurre mientras el discurso económico dominante insiste en una narrativa de largo plazo, donde las reformas estructurales y los ajustes presentes serían el camino hacia un futuro de estabilidad, crecimiento y prosperidad, aunque en el corto plazo los indicadores sociales muestran otra cara: aumento del desempleo en ciertos sectores, caída del consumo, incremento del uso del crédito para gastos corrientes y una creciente dificultad de las familias para sostener sus compromisos financieros.

En barrios como Colegiales, donde conviven profesionales independientes, empleados en relación de dependencia, estudiantes y pequeños comerciantes, esa tensión se traduce en una experiencia concreta: cuentas que no cierran, deudas que se acumulan, tasas que ahogan y una sensación difusa pero persistente de estar corriendo detrás de una economía que siempre va un paso más rápido.

La historia de Ualá, en ese sentido, no es solo la historia de una empresa o de un modelo fintech, sino la expresión de un momento más amplio, donde el crédito dejó de ser una herramienta de crecimiento para convertirse en un mecanismo de supervivencia, y donde la promesa de inclusión financiera empieza a chocar contra el límite duro de la realidad económica.

La pregunta, entonces, ya no es técnica ni abstracta, sino profundamente humana y barrial, de esas que se hacen en voz baja mientras se mira el resumen de la cuenta en el celular: cuánto más puede sostenerse un sistema donde cada vez más personas deben más de lo que pueden pagar, y cuánto falta para que esa tensión, que hoy se siente en las casas y en las veredas, termine impactando de lleno en todo el entramado económico.