Escarapela en Colegiales: el barrio donde la patria todavía se prende del pecho

Mientras Buenos Aires corre acelerada entre bocinas, cafés de especialidad y gente mirando el celular como si ahí estuviera el sentido de la vida, en Colegiales todavía sobreviven ciertos rituales que parecen inmunes al tiempo. Uno de ellos aparece cada mayo, silencioso pero firme, prendido del lado izquierdo del pecho: la escarapela.

El Día de la Escarapela volvió a instalarse este 18 de mayo en escuelas, clubes, almacenes y esquinas del barrio. Y aunque para algunos sea apenas un pedazo de tela celeste y blanca, para otros sigue funcionando como una contraseña emocional que conecta generaciones. Porque hay algo profundamente argentino en ponerse una escarapela aunque el país esté roto, aunque la política decepcione o aunque la inflación convierta cualquier acto patrio en una proeza económica.

La historia oficial marca que la escarapela fue impulsada por Manuel Belgrano en 1812, cuando pidió un distintivo único para las Provincias Unidas del Río de la Plata. La intención era clara: ordenar los colores del ejército, diferenciarse de los enemigos y construir identidad colectiva en medio del caos revolucionario.

En Colegiales, sin embargo, la escarapela tiene otro recorrido. Más barrial. Más humano. Todavía aparecen jubilados que la guardan en una caja de lata junto a fotos familiares. Maestras que siguen enseñando a hacerla con papel glasé como hace cuarenta años. Pibes que quizás no sepan quién fue Paso o Chiclana, pero igual se la ponen porque “queda linda” y porque en el fondo hay símbolos que sobreviven incluso cuando nadie los explica demasiado.

Hay algo curioso en eso. La Argentina podrá discutir todo: economía, política, fútbol, historia, ideologías. Pero cuando aparece la Semana de Mayo, el país entra en una especie de tregua sentimental. El locro vuelve, las escuelas decoran ventanas y alguien, en algún rincón del barrio, vuelve a escuchar Aurora con una emoción medio ridícula y medio inevitable.

Según distintas versiones históricas, los colores celeste y blanco ya habían sido utilizados durante las invasiones inglesas por milicias criollas, mientras que otra teoría asegura que fueron llevados por damas porteñas en reuniones previas a la Revolución de Mayo. La historia argentina está llena de esos detalles medio difusos donde la leyenda y la realidad se abrazan como dos parroquianos discutiendo en un café de avenida Federico Lacroze.

Y ahí aparece Colegiales. Un barrio que muchas veces queda atrapado entre Palermo y Belgrano, como ese hermano tranquilo al que nadie mira demasiado pero que todavía conserva memoria. Porque mientras otros lugares se convierten en decorado para Instagram, acá todavía quedan ferreterías viejas, clubes de barrio y vecinos que hablan del país como si fuera una mesa familiar eterna donde todos se pelean pero nadie se levanta.

La escarapela también tiene algo de eso: una pequeña rebeldía contra el cinismo moderno. En tiempos donde todo parece descartable, llevar un símbolo patrio sigue siendo una forma de decir “todavía pertenezco a algo”. Y quizás ahí esté la verdadera fuerza de estos emblemas. No en la solemnidad escolar ni en los discursos políticos, sino en la persistencia cotidiana.

Porque la patria, al final, no siempre aparece en los grandes actos. A veces está en una maestra acomodándole la escarapela a un chico antes de entrar al aula. En un abuelo recordando a Belgrano. O en una vecina de Colegiales que sigue guardando la misma escarapela desde hace veinte años como quien conserva una pequeña pieza de dignidad nacional.