Una charla en un café conocido del barrio refleja un clima que se escucha en plazas, iglesias, aulas y comercios: incluso entre vecinos de derecha crece el cansancio por la situación económica y por el estilo confrontativo del Presidente.
Colegiales tiene una manera muy propia de registrar los cambios del país. No siempre aparecen primero en un gráfico ni en una declaración de dirigentes. A veces se escuchan en la Plaza San Miguel de Garicoits, en la salida de la Parroquia San Pablo Apóstol —sobre Álvarez Thomas y Palpa—, en los bancos de la Plaza Mafalda o en un café de los que todavía sostienen la charla larga, el diario sobre la mesa y la discusión sin filtros.
En una mesa de seis personas, reunida esta semana en un bar conocido del barrio, quedó expuesto un cambio político que hace dos años parecía impensado. Cinco de los seis habían votado a Javier Milei. Hoy, ninguno de ellos asegura que volvería a hacerlo. El único que mantiene una defensa cerrada del Gobierno es un comerciante que vende productos importados de China, aunque incluso él reconoce una baja en las ventas y un consumo mucho más retraído.
No es una encuesta, ni pretende serlo. Es una escena barrial, una fotografía pequeña de una conversación real. Pero resume algo que se repite en Colegiales: el entusiasmo que acompañó a Milei en 2023 se está transformando, para muchos de sus antiguos votantes, en decepción, preocupación y fastidio.
En esa mesa no predominaban peronistas ni militantes de izquierda. Había vecinos de derecha, personas que rechazaron durante años al kirchnerismo, independientes que votaron “para cambiar todo” y jóvenes que estaban hartos de la política tradicional. Justamente por eso la conversación resulta significativa: el cuestionamiento ya no viene solamente de quienes siempre estuvieron enfrente del Presidente.
“Una cosa es ser de derecha y otra cosa es que te gobiernen a los gritos”, resumió uno de los asistentes. Otro agregó que ya no le causa gracia el personaje que hace unos meses defendía: los insultos, las burlas, las referencias escatológicas y la pelea constante con periodistas, artistas, jubilados o cualquier voz crítica dejaron de parecer rebeldía. Ahora, para parte de esos votantes, se parecen más a la falta de educación y de empatía.
El problema se vuelve todavía más profundo cuando ese estilo coincide con una economía cotidiana que no despega. En Colegiales, como en tantos barrios porteños, la conversación ya no gira únicamente alrededor de la inflación o el dólar. Se habla de las cuotas, de la tarjeta, de la baja de ventas, de alquileres difíciles de sostener, de jubilaciones que pierden poder de compra y de estudiantes que hacen cuentas hasta para pagar el transporte.
Hay jóvenes que antes repetían que “con el peronismo no se podía vivir” y que hoy, sin idealizar aquel período, recuerdan que al menos podían ir al cine, comer una hamburguesa, salir a un recital o viajar en colectivo sin que cada gasto se volviera una operación de ingeniería financiera. No es nostalgia política pura: es una comparación dolorosa entre la promesa de un futuro mejor y el presente de bolsillos cada vez más angostos.
En las cercanías de la Plaza Mafalda, donde se mezclan estudiantes, familias y trabajadores, aparece otra demanda: la necesidad de una dirigencia más joven y menos teatral. Muchos universitarios no se sienten atraídos por los nombres tradicionales de la derecha, como Diego Santilli o Patricia Bullrich, a quienes ven demasiado ligados a una política anterior. Pero tampoco encuentran una respuesta electoral en la izquierda clásica.
Lo que piden, dicho sin sofisticación, es un candidato más normal. Alguien que pueda explicar un plan sin insultar, discutir sin humillar, gobernar sin convertir cada día en una pelea de redes sociales. Una persona que entienda que la política no puede ser solamente un show de TikTok mientras la economía real se vuelve asfixiante.
También pesan los episodios polémicos que rodearon al oficialismo y que circulan en las conversaciones del barrio: los temas vinculados con Fernando Cerimedo, los cuestionamientos por el trato hacia los jubilados y la sensación de que el Gobierno responde con agresividad aun cuando la gente reclama algo elemental. Para varios vecinos, el problema ya no es solamente económico; es moral y cultural.
La Plaza San Miguel de Garicoits, uno de los espacios verdes más representativos de Colegiales, sigue siendo un lugar de encuentro para familias, chicos y adultos mayores. Allí, como en la parroquia y en los cafés del barrio, nadie tiene una fórmula definitiva para lo que viene. Pero hay una percepción compartida: Milei perdió parte de la novedad que lo hizo atractivo y su estilo dejó de enamorar a quienes lo habían elegido como una ruptura.
El Presidente conserva un núcleo duro. Sería absurdo negarlo. Pero también enfrenta un desgaste visible entre quienes lo votaron sin ser libertarios, simplemente porque querían salir de la crisis. Si esa promesa no mejora la vida diaria y el discurso oficial sigue siendo agresión, burla y pelea, el rechazo puede crecer incluso en territorios sociales que no se reconocen como peronistas.
En Colegiales, la discusión todavía está abierta. Pero en esa mesa de seis ya ocurrió algo que hace poco parecía lejano: cinco personas que votaron a Milei no quieren repetir el voto. No saben todavía quién los representa. Solo saben que no quieren seguir viviendo peor y que ya no les causa gracia un Presidente que, mientras el barrio hace cuentas, parece seguir hablando para una tribuna que se achica.