El Día del Maestro no debería reducirse a un saludo protocolar, una efeméride en redes o una foto con guardapolvo blanco. En Colegiales, como en toda la Ciudad, es una fecha para mirar de frente una realidad incómoda: quienes sostienen todos los días el aula, contienen a decenas de chicos y trabajan con familias atravesadas por la crisis, muchas veces no llegan a fin de mes con tranquilidad.
Un maestro no sólo enseña Lengua, Matemática o Ciencias. Escucha, acompaña, detecta problemas, compra materiales cuando faltan, prepara clases fuera de horario y enfrenta aulas numerosas. La tarea no termina cuando suena el timbre. Sin embargo, la discusión salarial suele quedar siempre detrás de los anuncios, las campañas y las obras vistosas.
La política económica de Javier Milei golpea el poder adquisitivo de los trabajadores de todo el país, y la gestión porteña de Jorge Macri tiene responsabilidad directa sobre las condiciones laborales de la docencia en la Ciudad. No alcanza con hablar de calidad educativa si el docente debe sumar cargos, dar clases particulares o recortar gastos básicos para sostener su casa.
En las escuelas de Colegiales, los maestros conocen bien esa contradicción. Se les exige resolver el aprendizaje atrasado, la desigualdad social, la falta de recursos y la complejidad cotidiana de cursos de 30 alumnos o más. Pero muchas veces deben poner de su bolsillo para fotocopias, cartulinas, útiles, materiales didácticos o pequeñas necesidades que el sistema debería garantizar.
Los malos resultados educativos no aparecen por arte de magia ni se arreglan con discursos de orden y mérito. Las evaluaciones internacionales muestran una alarma seria: en PISA 2022, la participación argentina correspondió a estudiantes de la Ciudad de Buenos Aires, con resultados por debajo del promedio de la OCDE en Matemática, Ciencias y Lectura. Detrás de cada número hay escuelas que necesitan inversión sostenida, equipos completos y docentes con salarios dignos.
La educación pública no se defiende felicitando a los maestros una vez al año. Se la defiende pagando bien, garantizando estabilidad, mejorando los edificios, entregando recursos a tiempo y evitando que cada docente tenga que hacer malabares para vivir. Un maestro preocupado por el alquiler, la comida o las deudas no puede cargar solo con una crisis que es responsabilidad del Estado.
Sarmiento entendía que la escuela era una herramienta decisiva para construir país. Más de un siglo después, esa idea sigue vigente, aunque hoy parezca arrinconada por el ajuste y la indiferencia. En Colegiales, este 11 de septiembre, el mejor homenaje no es una frase hecha: es reconocer que sin maestros respetados, cuidados y bien remunerados no habrá futuro educativo posible.