El domingo 18 de octubre, la Argentina celebra el Día de la Madre. Más allá de los regalos, la fecha invita a reconocer a esas mujeres que criaron, trabajaron, enseñaron y acompañaron. Las grandes madres argentinas también son las nuestras: las que rara vez aparecen en los libros, pero ocupan páginas enteras en nuestra memoria.
Hay una frase que muchas generaciones aprendieron a leer antes de entender todo lo que significaba: «Mi mamá me mima». Estaba en los cuadernos, en el pizarrón y en las primeras tareas escolares. Parecía apenas un ejercicio para juntar letras. Con los años, puede convertirse en otra cosa: el recuerdo de una voz, una mano en la frente, una comida preparada después de un día difícil. También en una frase que uno quisiera volver a decir cuando la vida cambia y empieza a ser mamá quien necesita nuestros cuidados.
El Día de la Madre ofrece una oportunidad para detenerse en esas historias. En la Argentina, hablar de madres es hablar de mujeres muy distintas entre sí, con deseos, trabajos y maneras propias de criar. Algunas pudieron elegir con tiempo y compañía; otras tuvieron que salir adelante en condiciones difíciles. Ninguna vida cabe por completo en una postal ni en una frase de ocasión.
Las grandes madres también están en casa
Cuando se habla de grandes mujeres argentinas, suelen aparecer nombres conocidos. Sin embargo, hay una grandeza que pocas veces queda registrada: la de quienes sostuvieron una casa, acompañaron una enfermedad, ayudaron con los deberes o encontraron cómo poner un plato más en la mesa. Son las madres de nuestras familias y nuestros barrios, esas cuya biografía conocemos por escenas sueltas, contadas durante una sobremesa.
Muchas combinaron la crianza con empleos, viajes interminables en colectivo y tareas domésticas que parecían no terminar nunca. Algunas retomaron sus estudios después de años; otras postergaron proyectos que todavía merecen una oportunidad. Reconocer ese esfuerzo también exige mirar lo que les faltó: tiempo propio, descanso, ayuda y posibilidades. El amor que dieron no vuelve justo todo lo que tuvieron que cargar.
A veces sabemos de memoria cómo prepara nuestra madre una comida, pero desconocemos qué quería ser de joven. Recordamos sus consejos y olvidamos preguntarle por sus amistades, sus miedos o el momento en que fue más feliz. Este domingo puede servir para abrir esa conversación. Detrás de la palabra «mamá» hay una persona entera, con una historia que empezó antes de nuestra llegada.
Las madres que hicieron historia argentina
La historia del país también conserva nombres de mujeres cuya maternidad estuvo atravesada por acontecimientos colectivos. Mariquita Sánchez de Thompson, madre y figura de la vida cultural y política del siglo XIX, permite recordar que las mujeres participaron de la construcción argentina mientras enfrentaban restricciones para intervenir en los asuntos públicos. Sus cartas dejaron, además, testimonios de una vida familiar que convivía con aquellas inquietudes.
En otro tiempo y bajo circunstancias profundamente dolorosas, las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo transformaron la búsqueda de sus hijos y nietos en una lucha pública por la verdad y la identidad. Sus recorridos forman parte de la historia argentina y muestran cómo una experiencia íntima puede adquirir una dimensión colectiva. Detrás de los pañuelos blancos hubo —y hay— vínculos, nombres y vidas concretas.
Junto a esas historias conocidas están las de tantas mujeres que cuidaron a los hijos de una vecina, recibieron a un nieto en su casa o hicieron lugar cuando una familia lo necesitaba. En los barrios, esa presencia deja huellas duraderas. A veces alcanza con volver a una cuadra de la infancia para escuchar que alguien todavía recuerda a nuestra madre por su nombre y por un gesto suyo.
Cuando nos toca cuidar a mamá
El paso del tiempo modifica los vínculos. La madre que acompañaba al médico puede necesitar ahora que alguien organice sus turnos. La que esperaba despierta empieza a esperar una visita. Para muchos hijos, esa transformación llega de a poco; para otros, aparece de golpe después de una enfermedad. Aprender a acompañarla requiere paciencia y atención a lo que ella quiere.
Cuidar también es respetar su voz. Preguntarle, escuchar sus preferencias, preservar su intimidad y permitirle decidir todo lo que pueda. La edad o la necesidad de ayuda no borran su carácter ni sus deseos. Acompañar a una madre mayor supone conocer a la mujer que es hoy, además de recordar a la que nos crió.
Esa tarea necesita apoyo y responsabilidades compartidas. Una visita, un trámite resuelto o unas horas de compañía pueden aliviar una jornada. También puede ayudar que los hermanos y otros familiares se organicen y cumplan lo acordado. El afecto se vuelve concreto cuando encuentra lugar en la agenda de todos.
Un domingo para estar presentes
Cada familia llegará a este Día de la Madre con su propia realidad. Habrá mesas numerosas, encuentros breves, llamados a distancia y recuerdos de quienes ya no están. También habrá vínculos difíciles y personas para quienes la fecha resulte dolorosa. Dar espacio a esas diferencias permite vivirla con más sensibilidad.
Para quienes tengan la posibilidad de compartirla, quizás el mejor comienzo sea sencillo: sentarse un rato, dejar el teléfono y escuchar. Preguntarle por una fotografía vieja. Preparar juntos algo que le guste. Decir ese agradecimiento que solemos dar por entendido.
«Mi mamá me mima», escribíamos de chicos. Este domingo podemos devolvérselo con palabras y con tiempo: mamá, hoy te mimo yo.
