Equinoccio en el sur, hojas que aún no caen y un barrio que entra en transición lenta
En este 21 de marzo, con el equinoccio marcando el inicio formal del otoño en el hemisferio sur, Colegiales entra en una estación que no irrumpe: se insinúa. Y si hay un árbol que explica mejor que nadie esa transición lenta, casi elegante, es el jacarandá.
A diferencia de los fresnos, que ya empiezan a amarillear y soltar hojas, el jacarandá juega otro partido. Todavía está verde. Verde claro, más liviano, menos profundo que en pleno verano. Pero sigue firme. Tupido. Como si no quisiera enterarse del calendario.
El jacarandá: el último en irse
El Jacaranda mimosifolia, uno de los árboles más emblemáticos de Buenos Aires, tiene un comportamiento distinto al resto. No se apura. No entra en pánico estacional.
Durante marzo, abril e incluso buena parte de mayo, mantiene su follaje. Lo que cambia no es tanto la cantidad, sino la textura del verde: más pálido, más fino, más transparente a la luz.
Desde una mirada botánica, esto responde a su fisiología: el jacarandá es una especie subtropical que tolera el descenso de temperatura, pero regula su caída de hojas de forma más gradual. No responde de golpe a la reducción de horas de luz como sí lo hacen otros árboles urbanos.
En criollo: el jacarandá se hace el distraído.
Colegiales, entre plazas y sombras largas
El fenómeno se ve con claridad en uno de los pulmones verdes más característicos del barrio: la Plaza Juan José Paso.
Ahí, entre senderos, bancos y veredas con historia, conviven distintas especies que empiezan a marcar el pulso del otoño:
- Tipas: ya empiezan a soltar hojas finas y alargadas, generando esas alfombras amarillas que el viento mueve como si fueran polvo.
- Plátanos: todavía verdes, pero con hojas que empiezan a endurecerse y perder brillo.
- Fresnos: adelantados, con tonos amarillos cada vez más evidentes.
- Jacarandás: los más rebeldes, todavía verdes, todavía llenos.
Ese contraste es el otoño porteño en estado puro: no es uniforme, es un collage.
El dato astronómico que lo explica todo
El equinoccio marca el punto en el que el día y la noche duran lo mismo. A partir de ahora, la luz empieza a perder terreno. Y aunque la temperatura todavía engañe —con tardes que parecen de verano—, las plantas ya “leen” el cambio.
Pero no todas reaccionan igual.
El jacarandá, fiel a su lógica, estira el proceso. Va a seguir verde cuando otros árboles ya estén pelados. Y recién hacia fines de mayo o principios de junio empezará a vaciar su copa.
El otoño en clave barrial
En Colegiales, el otoño no es postal turística. Es cotidiano.
Es la señora barriendo hojas que todavía no terminan de caer.
Es el perro que corre entre tipas secas mientras el jacarandá sigue intacto arriba.
Es el banco de plaza que empieza a recibir más sol porque el ángulo cambió.
Es ese momento raro donde todo sigue igual… pero ya no es lo mismo.
Lo que viene
En las próximas semanas, el barrio va a ir mutando por capas. Primero los fresnos. Después los plátanos. Más tarde los jacarandás.
Cada árbol con su tiempo, cada vereda con su propio ritmo.
El otoño no entra como un golpe. En Colegiales, entra como una sospecha.
Y el jacarandá —verde, calmo, casi obstinado— es el último en aceptarlo.
