Escándalo en la Feria del Libro

Abucheos, tensión política y un discurso que encendió al público en Palermo

La apertura de la 50° edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, realizada en el predio de La Rural, dejó algo más que literatura, presentaciones y figuras internacionales. La noche inaugural, que debía ser una celebración cultural de peso histórico, terminó atravesada por un clima espeso, cargado de tensión política, abucheos y cruces desde la platea que marcaron el pulso real de la Argentina actual. Y eso, aunque haya pasado en Palermo, también interpela directo a barrios como Colegiales, donde el termómetro social se mide todos los días en la calle, en el café y en la conversación cotidiana.

El foco del conflicto se centró en el secretario de Cultura de la Nación, Leonardo Cifelli, quien subió al escenario en un contexto ya cargado y rápidamente quedó envuelto en una situación incómoda que fue escalando minuto a minuto. Desde el inicio de su intervención, comenzaron a escucharse silbidos y gritos aislados, que con el correr del discurso se transformaron en abucheos sostenidos, difíciles de contener incluso para la organización.

La reacción del público no fue casual ni espontánea sin contexto. Cada mención al Gobierno nacional, y especialmente al presidente Javier Milei y a Karina Milei, encendía nuevamente la sala. Lo que en otro escenario hubiera sido una formalidad protocolar, en este caso funcionó como detonante. El discurso, lejos de tender puentes o bajar el tono, profundizó la grieta que ya estaba presente entre los asistentes.

En un momento que sintetiza bien el clima de la noche, Cifelli intentó imponerse frente a las interrupciones con frases dirigidas al público, pidiendo orden y cuestionando a quienes protestaban. Pero ese intento de control terminó generando el efecto contrario: los abucheos crecieron, se multiplicaron los gritos y el discurso quedó completamente atravesado por la reacción de la sala. No fue una interrupción aislada: fue una escena sostenida, incómoda, que dejó expuesto un nivel de rechazo que rara vez se ve en un acto cultural de este tipo.

La sensación general fue que el funcionario no logró leer el clima. En lugar de reconducir la situación hacia un terreno más institucional o conciliador, eligió reafirmar su mensaje, lo que terminó de tensar un ambiente ya caldeado. La cultura, que suele funcionar como espacio de encuentro, quedó en ese instante convertida en un campo de disputa abierta.

Tras ese momento crítico, la ceremonia intentó retomar su cauce. El embajador de Perú —país invitado de esta edición— aportó un tono más diplomático y medido, en contraste con lo que había ocurrido minutos antes. Pero el quiebre ya estaba hecho.

Luego fue el turno del jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, quien optó por una estrategia completamente distinta: discurso breve, eje en la gestión cultural y un intento claro de correrse del conflicto. Macri puso sobre la mesa datos concretos de la Ciudad, defendiendo la inversión en cultura como política pública sostenida y destacando el crecimiento del sistema de bibliotecas, la ampliación de la cantidad de lectores y la proyección internacional de Buenos Aires en el circuito editorial .

En su intervención, también remarcó el valor simbólico de la cultura como identidad porteña: una ciudad que debate, que produce, que se reinventa. En esa línea, invitó a vecinos y visitantes a participar de las actividades especiales de la Feria, como la ya anunciada “Noche de la Ciudad”, con entrada libre y propuestas abiertas al público. Fue un intento de volver a lo esencial: el libro, el lector y el encuentro.

Pero incluso ese tono más institucional no logró borrar lo ocurrido previamente. La apertura quedó marcada por el conflicto, y eso es lo que trasciende hacia los barrios. Porque lo que pasa en un evento de esta magnitud no queda encerrado en Palermo: baja por Santa Fe, cruza Juan B. Justo, se mete en Colegiales, en Chacarita, en cualquier esquina donde alguien comenta lo que vio, lo que escuchó o lo que sintió.

La presencia de figuras internacionales, escritores consagrados y hasta el show sorpresa de Fito Páez aportaron momentos de distensión, pero no alcanzaron para tapar el ruido de fondo. Ese ruido que no es solo de la Feria, sino del país.

La edición número 50, que debería haber sido una fiesta limpia por su valor histórico, terminó funcionando como una radiografía bastante cruda del presente: polarización, enojo acumulado y una sociedad que ya no disimula lo que piensa, ni siquiera en un evento cultural.

Desde Colegiales, donde la vida transcurre entre librerías, bares y conversaciones largas, la escena no sorprende tanto. La Feria del Libro sigue siendo un faro cultural, sí, pero esta apertura dejó en claro algo más profundo: los libros siguen convocando, pero la realidad también se mete entre las páginas. Y cuando eso pasa, el silencio deja de ser una opción.