Camino por Colegiales un primero de mayo a la mañana, con ese silencio raro que tienen los feriados cuando no son festivos sino más bien reflexivos, medio pesados, como si el barrio respirara lento. Arranco por la calle Crámer, doblo por Céspedes, sigo por Martínez y encaro hacia las avenidas donde, en teoría, debería haber movimiento. Pero no. Hay persianas bajas, carteles de “cerrado”, vidrieras apagadas. Algún kiosco resiste, una panadería abre con desgano, un bar arma las mesas como quien cumple con una tradición más que con una expectativa.
Y en ese caminar medio automático, medio melancólico, se me cruza una imagen que no está ahí, pero está: el cuadro Pan y Trabajo de Antonio Berni, ese óleo que vive en el Museo Nacional de Bellas Artes y que parece pintado para este momento, aunque tenga casi un siglo encima. El hombre apoyado en la ventana, la familia atrás, la fábrica parada. La espera. Siempre la espera.
Hoy, en 2026, no hay fábricas humeando en Colegiales, pero la sensación es la misma. La de un país que mira hacia adentro, que se pregunta si hay trabajo, si alcanza, si vale la pena.
La Casa Rosada abre, el barrio duda
Mientras tanto, allá lejos —y sin embargo tan cerca—, en la Casa Rosada, se anuncia que el lunes vuelve a abrir la sala de periodistas. Después de una semana cerrada, después de un episodio que el Gobierno explicó como preventivo, por seguridad, por espionaje, por lo que sea.
El lunes hablará Manuel Adorni. Hablará en conferencia, aunque todavía no se sabe si responderá preguntas, si habrá sorteo, si será diálogo o monólogo. Y eso, en la Argentina, ya es un dato.
Porque cuando el poder administra las preguntas, el silencio empieza a hacer ruido.
El periodista camina, pero también piensa
Sigo caminando. Paso por Céspedes y veo un local que cerró hace poco. En la vidriera todavía queda un cartel viejo, medio torcido. Más adelante, otro negocio en alquiler. Y otro.
El barrio no grita. El barrio susurra. Pero si prestás atención, entendés todo.
Y entonces vuelvo a la frase que tiró Adorni hace unos días: “la causa no tiene gollete”. Puede ser. Tal vez tenga razón. Tal vez no. Eso lo dirá la Justicia, si es que llega, si es que avanza, si es que no se diluye como tantas otras.
Pero hay algo más profundo que la causa en sí. Es la escena completa. El funcionario explicando, el Gobierno justificando, la sala de prensa cerrada, la reapertura anunciada como si fuera un gesto democrático extraordinario.
En un país normal, abrir una sala de periodistas no debería ser noticia.
La Argentina, ese déjà vu eterno
Doblo en Martínez y ya se siente el cambio. Más tránsito, más ruido, más movimiento. Pero incluso ahí, en la zona más activa, hay huecos. Locales vacíos, carteles de liquidación, promociones desesperadas.
El Día del Trabajo siempre tuvo algo de homenaje. Hoy tiene algo de balance.
Y el balance no da bien.
Las encuestas —esas que nadie cree pero todos miran— empiezan a marcar desgaste en el gobierno de Javier Milei. El propio Presidente dejó caer una frase que quedó resonando como eco en pasillo vacío: si hay que irse, nos iremos.
No es una frase menor. Es una grieta en el relato.
Pan, trabajo… y preguntas
Vuelvo mentalmente al cuadro de Berni. Pan y Trabajo. Dos palabras simples, casi primitivas. Dos cosas que no deberían ser un lujo.
Hoy, en Colegiales, el pan está. El trabajo… depende.
Depende del rubro, del día, del mes, del humor de la economía, del cliente que no llega, del sueldo que no alcanza, del contrato que no se renueva.
Y en ese contexto, ver a la política discutir viajes, departamentos, conferencias y protocolos suena, como mínimo, desconectado.
Epílogo de vereda
Llego a la avenida. Un café abre. Me siento. Pido uno solo, corto. El mozo asiente con una mezcla de rutina y resignación.
Miro alrededor. Poca gente. Mucho silencio.
El lunes volverán las conferencias en la Casa Rosada. Volverán las palabras, las explicaciones, los discursos. Tal vez las preguntas.
Pero acá, en el barrio, la pregunta es otra.
No es si la causa tiene gollete o no.
No es si la sala abre o cierra.
Es si todo esto —de verdad— tiene futuro.