El viaje y la supuesta inocencia, condenado por las redes sociales
En la Argentina hubo muchos Adornis, aunque no todos se llamaron Adorni. Hubo funcionarios de traje nuevo, voceros con cara de mármol, ministros con patrimonio elástico, dirigentes que descubrieron la épica republicana justo después de firmar contratos y empleados del poder que, cuando la Justicia les tocó el timbre, respondieron con la frase clásica del manual criollo: “Está todo aclarado”.
El jefe de Gabinete, Manuel Adorni, volvió a hablar después de su exposición en Diputados y sostuvo que la causa por la compra de departamentos “no tiene gollete”, que no conoce Disney y que todo quedará demostrado en la Justicia. La frase fue dicha tras la denuncia del diputado Rodolfo Tailhade y en medio de cuestionamientos por propiedades, viajes y presuntos gastos familiares.
En Colegiales, donde el vecino cuenta las monedas para pagar expensas, alquiler, luz, gas, supermercado y una pizza que ya parece importada de Mónaco, la discusión cae como una baldosa floja: cada vez que un funcionario explica que no pasó nada, la gente entiende que algo pasó, aunque todavía falten papeles, jueces, peritos y esa procesión judicial que en la Argentina camina lento, pero cobra peaje.
Adorni negó haber viajado a Disney, negó haber estado en Río en 2024 y afirmó que hace 15 años no va a esa ciudad; también dijo que los viajes que sí realizó fueron personales y que no se arrepiente de darle vacaciones a su familia. El problema político, sin embargo, no es Disney: el problema es que en un país donde millones no llegan a fin de mes, cualquier funcionario con departamentos bajo sospecha queda parado en una vidriera incómoda.
La pregunta, entonces, no es cuántos Adornis hubo en la Argentina. La pregunta es cuántas veces vimos la misma película con distinto actor: el funcionario indignado, la denuncia opositora, el expediente que promete verdad, la conferencia que busca cerrar el tema y el ciudadano que mira desde la vereda con cara de “otra vez sopa”.
Porque Adorni podrá tener razón o no, y eso deberá determinarlo la Justicia. Pero la Argentina ya conoce de memoria esa música: cuando el poder dice “no tiene gollete”, el barrio escucha “agarrate, que viene explicación larga”. Y en Colegiales, como en todo Buenos Aires, la paciencia popular ya no entra en un monoambiente.