La guerra silenciosa por cuidar a los viejos en Colegiales

Cuando la abuela ya no puede sola

En Colegiales hay discusiones que ya no se escuchan solamente detrás de las persianas bajas de un PH antiguo o en la cocina de un departamento sobre Avenida Elcano. Son discusiones que empiezan despacio, con tono amable, con frases tibias como “hay que organizarnos”, “después vemos”, “yo esta semana no puedo”, pero que terminan muchas veces en peleas feroces entre hermanos, primos y familiares cuando la abuela se enferma, se cae, pierde memoria o simplemente ya no puede vivir sola.

Porque en el barrio donde todavía sobreviven algunos jubilados que toman café mirando pasar el 42 o el 168, donde todavía quedan almacenes viejos y vecinos que saludan por el nombre, apareció un problema que nadie quiere mirar demasiado: cuidar a un adulto mayor se volvió emocionalmente agotador y económicamente devastador.

Y entonces llega la pregunta maldita, la pregunta que rompe familias enteras:

¿Quién pone la tarasca para cuidar a la abuela?

La escena ya es clásica en Colegiales. Un departamento heredado, una mujer de 84 años con principio de deterioro cognitivo, una jubilación que no alcanza ni para los remedios y tres hijos grandes que de golpe descubren que el tiempo pasó. Que la vieja ya no cocina. Que deja el gas abierto. Que mezcla la medicación. Que se pierde volviendo de la farmacia de Alvarez Thomas. Que ya no puede quedarse sola.

Ahí empiezan las reuniones familiares que parecen mesas de negociación de la ONU pero con olor a café recalentado y resentimientos acumulados desde 1987. Uno dice que no puede porque tiene hijos. Otro dice que trabaja todo el día. Otro directamente desaparece del mapa y deja el teléfono en silencio. Siempre hay uno que termina quedándose con el problema encima mientras el resto opina desde lejos como comentaristas de fútbol.

Y ahí aparece el mercado paralelo del cuidado humano. Un universo barrial donde circulan nombres por WhatsApp, recomendaciones de porteras, cuidadoras paraguayas, enfermeras venezolanas, agencias que cobran fortunas y mujeres agotadas que trabajan doce horas seguidas cuidando ancianos mientras también sostienen sus propias familias.

En Colegiales ya casi nadie consigue una cuidadora seria por menos de un millón de pesos mensuales si el trabajo implica cama adentro, presencia nocturna o atención constante. Y si se necesita cobertura completa, con relevos de fin de semana, la cuenta empieza a parecerse más al alquiler de un departamento que a un gasto doméstico común.

“Mi vieja necesita alguien que duerma ahí porque se levanta a las tres de la mañana y quiere salir a comprar pan”, cuenta Marcelo, vecino de Conde y Zabala, mientras espera un café en un bar sobre Lacroze. “Entre la cuidadora fija y la suplente de los fines de semana estamos arriba de los dos millones. Mis hermanos me dicen que es caro, pero ninguno se ofrece a cuidarla.”

La inflación destruyó también el sistema informal de cuidados que durante décadas funcionó casi de manera invisible en Buenos Aires. Antes una jubilación más o menos acomodada podía sostener parte del gasto. Hoy no alcanza. Y encima las familias están más fragmentadas, viven más lejos, trabajan más horas y tienen menos tiempo emocional para soportar la carga.

Entonces empiezan las miserias humanas que el barrio conoce demasiado bien. Hermanos que se pelean por la herencia antes de que la vieja muera. Hijos que desaparecen. Nietos que visitan solamente para las fiestas. Vecinos que escuchan gritos detrás de las paredes finas de un edificio antiguo. Personas mayores que quedan solas mirando Crónica TV durante catorce horas porque nadie puede pagar una asistencia permanente.

Y lo más brutal es que muchos adultos mayores sienten perfectamente que se transformaron en un problema económico.

Eso es lo que más duele.

“No quiero ser una carga”, repiten las abuelas de Colegiales mientras esconden remedios en latitas de galletitas antiguas o mientras intentan fingir que todavía pueden manejarse solas.

El barrio envejeció. Y envejeció rápido. Los hijos de aquella clase media porteña que en los años noventa pudo comprar departamentos hoy están atrapados entre alquileres imposibles, prepagas delirantes y salarios que no alcanzan. Entonces cuidar a un adulto mayor ya no es solamente una cuestión afectiva: es una ecuación financiera brutal.

Las agencias privadas aprovechan la desesperación. Algunas trabajan muy bien. Otras son un desastre absoluto. Hay cuidadoras excelentes y profundamente humanas. Y también hay abandono, maltrato, improvisación y gente sin capacitación real entrando en casas donde viven personas vulnerables.

En los grupos barriales de Facebook y WhatsApp el pedido se repite como un mantra triste:
“Busco cuidadora con referencias.”
“Necesito acompañante terapéutica urgente.”
“Alguien confiable para cuidar señora mayor.”

Y detrás de cada mensaje hay una familia agotada tratando de sostener lo imposible.

Porque el problema no es solamente la plata. El problema es el tiempo, la culpa, el cansancio y la certeza brutal de que algún día todos vamos para el mismo lado. En Colegiales todavía quedan bancos de plaza ocupados por viejos que hablan del Ferro de los setenta, del almacén que cerró o del Buenos Aires que ya no existe. Pero también empieza a verse otra postal más silenciosa: adultos mayores solos, caminando lento, esperando que alguien los ayude a cruzar Avenida Federico Lacroze.

La Argentina envejece mientras el sistema de cuidado explota por todos lados.

Y en el medio de esa tormenta, en departamentos antiguos con fotos familiares amarillentas y olor a sopa, una pregunta sigue girando como un ventilador viejo en verano:

¿Quién cuida a la abuela cuando nadie tiene tiempo, nadie tiene plata y todos creen que le toca al otro?