Mientras Buenos Aires todavía discutía entre las cúpulas francesas, los palacios italianizantes y los balcones españoles, apareció un arquitecto que decidió cortar con todo eso. Alberto Prebisch nació en Tucumán el 1 de febrero de 1899 y terminó convirtiéndose en uno de los grandes revolucionarios de la arquitectura argentina del siglo XX. No diseñaba edificios para mirar el pasado: construía pensando en la velocidad, el automóvil, el cine, la gran ciudad y el futuro.
Prebisch estudió arquitectura en la Universidad de Buenos Aires y se recibió en 1921. Muy joven viajó a Europa, donde quedó impactado por las nuevas corrientes modernas, especialmente por el racionalismo alemán y francés. Mientras en Buenos Aires todavía predominaban las mansiones afrancesadas de Recoleta y Barrio Norte, él volvía obsesionado con las líneas puras, la funcionalidad y el hormigón armado.
Fue uno de los primeros arquitectos argentinos en romper con el academicismo ornamental. Para Prebisch, un edificio no debía disfrazarse con adornos innecesarios. Tenía que ser útil, moderno y honesto. Esa idea terminó chocando contra gran parte de la sociedad porteña conservadora, que veía la arquitectura moderna como algo frío y extranjero.
Su obra más famosa fue, sin discusión, el Obelisco de Buenos Aires, inaugurado el 23 de mayo de 1936 sobre la Plaza de la República, en el cruce de Corrientes y 9 de Julio. La estructura, de 67,5 metros de altura, fue levantada para celebrar los 400 años de la primera fundación de Buenos Aires. La obra fue terminada en tiempo récord y generó un escándalo político y cultural inmediato. Mucha gente pedía demolerlo porque lo consideraba “un espantapájaros de cemento”. Décadas después terminaría siendo el símbolo máximo de la ciudad.
Pero reducir a Prebisch solamente al Obelisco sería injusto. Un año después diseñó otra de las joyas absolutas de Buenos Aires: el Teatro Gran Rex, inaugurado el 8 de julio de 1937 en Avenida Corrientes 857. El edificio revolucionó el concepto de salas teatrales en Argentina. Su enorme hall de triple altura, sus líneas racionalistas y su capacidad para más de 3.000 espectadores lo convirtieron en uno de los grandes íconos culturales de Sudamérica.
El Gran Rex fue diseñado junto al ingeniero Adolfo Moret y estaba inspirado en los grandes cines norteamericanos que Prebisch había conocido durante sus viajes. En aquella época tenía estacionamiento subterráneo para más de 200 autos, bowling, bares y sistemas de sonido considerados futuristas para los años treinta. Era el símbolo de una Buenos Aires moderna que empezaba a electrificarse culturalmente.
Otra obra importante de Prebisch fue el antiguo Mercado de Abasto Proveedor, donde participó en proyectos de modernización urbana ligados al crecimiento comercial de la Capital. También trabajó en edificios bancarios, galerías comerciales y viviendas racionalistas distribuidas en distintos puntos de la ciudad.
En la zona céntrica dejó huella con sucursales del Nuevo Banco Italiano y varios proyectos corporativos vinculados al nuevo perfil financiero de Buenos Aires durante la década del treinta. Muchos de esos edificios todavía sobreviven, aunque modificados por remodelaciones posteriores.
Prebisch no solamente construía edificios: también escribía y discutía. Fue un polemista feroz dentro del ambiente cultural argentino. Defendía una ciudad moderna, organizada y funcional. Creía que Buenos Aires debía dejar atrás la nostalgia colonial y convertirse en una capital internacional. Sus ideas influenciaron a generaciones enteras de arquitectos argentinos.
Su estilo estaba profundamente ligado al racionalismo arquitectónico. Eso significaba eliminar ornamentos inútiles, privilegiar las líneas rectas, la luz natural, los grandes espacios interiores y la funcionalidad técnica. El edificio debía servir a las personas y no solamente impresionar desde afuera.
En muchos sentidos, Prebisch ayudó a construir la Buenos Aires vertical y moderna que todavía existe. La ciudad de las avenidas anchas, de los cines gigantes, de las marquesinas luminosas y del vértigo urbano tuvo en él a uno de sus grandes diseñadores silenciosos.
Murió en Buenos Aires el 13 de octubre de 1970. Durante años su figura quedó medio escondida detrás del propio Obelisco, como si el monumento se hubiera devorado al creador. Sin embargo, cada vez que alguien pasa por Corrientes, mira el Gran Rex o se cruza con la aguja blanca del Obelisco, en realidad está viendo la misma idea repetida: una Buenos Aires moderna, rápida y monumental, soñada por Alberto Prebisch hace casi un siglo.