La visita del papa León XIV al Pequeño Cottolengo Don Orione de Claypole, prevista para noviembre y aún pendiente de la confirmación definitiva de la Santa Sede, tiene un valor que excede por completo el protocolo religioso. No se trata de una postal amable ni de una escala turística en la agenda de un jefe de Estado. Es la decisión de ir a mirar de frente a quienes necesitan más cuidados, a quienes el mercado no premia y a quienes una sociedad decente tiene la obligación moral, política y legal de proteger.
El Cottolengo de Claypole fue fundado por San Luis Orione, sacerdote italiano y creador de la Pequeña Obra de la Divina Providencia. La piedra fundamental se colocó el 28 de abril de 1935 y el complejo fue inaugurado al año siguiente. Nació para recibir a personas con discapacidad que en aquel tiempo eran escondidas, abandonadas y expulsadas de la vida pública. Don Orione no construyó un depósito humano: construyó una ciudad de la caridad, donde cada vida debía ser cuidada como si fuera única. Porque lo es.
Hoy, sobre un predio de alrededor de 50 hectáreas en Claypole, viven más de 400 personas con discapacidad severa y alta dependencia. Hay hogares, escuela especial, atención de salud, enfermería permanente, talleres, terapias, espacios de rehabilitación y una red de trabajadores que sostiene una tarea que no conoce feriados, horarios de oficina ni excusas presupuestarias. Allí la discapacidad no es una cifra ni un expediente: es una realidad cotidiana que exige comida, medicamentos, pañales, tratamientos, transporte, profesionales, acompañamiento y afecto.
La alimentación misma explica por qué el Cottolengo no puede ser abandonado a su suerte. Hay residentes que requieren dietas adaptadas y asistencia para comer; otros necesitan alimentación líquida o nutrición por sonda, fórmulas especiales y controles médicos. No se trata de repartir una vianda y sacarse una foto. Cada día hay que garantizar medicamentos, higiene, cocina, lavandería, médicos, enfermeros, terapistas, psicólogos, asistentes y personal de mantenimiento. La vida de cientos de personas depende de que esa rueda no se detenga.
Por eso resulta tan potente que León XIV quiera visitar Claypole. La Iglesia no necesita convertir la visita en un acto partidario para que el mensaje sea político. Basta con elegir dónde estar. Si el Papa visita una cárcel, se reúne con personas con discapacidad, escucha a movimientos sociales, va a Luján y recorre lugares golpeados por la crisis industrial, está señalando una Argentina real que el relato oficial intenta reducir a planillas, recortes y balances fiscales.
En ese contraste aparece Javier Milei. Su gobierno hizo de la crueldad una estética y de la desprotección social una supuesta virtud económica. Bajo el discurso de que “no hay plata”, quedaron expuestas las demoras, los recortes y la fragilidad de un sistema de prestaciones que sostiene vidas concretas. Cuando faltan medicamentos, pañales, alimentos especiales o recursos para cuidar a una persona con discapacidad, no hay eficiencia: hay abandono.
Las versiones sobre una eventual resistencia de la Casa Rosada a que León XIV visite el Cottolengo, que no cuentan hasta ahora con confirmación oficial pública, revelan el tamaño del problema. Si el gobierno nacional pretendiera desentenderse de la logística y la seguridad, la decisión de la Provincia de Buenos Aires de ponerse a disposición de la Iglesia marcaría un contraste todavía más nítido. No es una discusión menor entre administraciones: es quién está dispuesto a garantizar que el Papa llegue a abrazar a quienes más necesitan ser vistos.
Milei puede seguir celebrando números de laboratorio y repitiendo que el ajuste es un sacrificio inevitable. Pero la política, tarde o temprano, se mide en carne y hueso. Se mide en la persona que necesita una sonda para alimentarse, en la familia que no puede pagar un tratamiento, en el trabajador de una institución que sostiene cuidados extremos con salarios cada vez más licuados. Ahí se termina el PowerPoint y empieza la verdad.
No corresponde afirmar como hecho que Milei ya haya admitido que no buscará o no conseguirá la reelección: eso no fue confirmado. Pero su proyecto político muestra una debilidad mucho más profunda que cualquier encuesta. Un gobierno que naturaliza el descarte, que enfrenta a jubilados, trabajadores, personas con discapacidad y sectores vulnerables, puede ganar titulares por su brutalidad; difícilmente gane respeto histórico.
Si León XIV finalmente entra al Cottolengo Don Orione, no necesitará levantar la voz ni nombrar al Presidente. La imagen hablará sola. Un Papa junto a quienes requieren cuidado permanente será una enmienda moral a un modelo que confunde dignidad con gasto. Y cuando se escriba el balance de esta etapa, quienes eligieron proteger la vida quedarán del lado correcto; quienes eligieron mirar para otro lado correrán el riesgo de terminar, sin gloria y sin épica, en el tacho de basura de la historia.
Redacción Colegiales Noticias.