Colegiales no grita. No tiene la postal obvia de Palermo ni la solemnidad de Belgrano, y justamente ahí está su encanto: conserva veredas anchas, casas bajas, árboles viejos, pasajes silenciosos y ese ritmo de barrio donde todavía se puede caminar sin que todo parezca una vidriera. Nacido en las tierras de la antigua Chacarita de los Colegiales, donde descansaban alumnos del Colegio San Ignacio, el barrio celebra cada 21 de septiembre su aniversario y mantiene una identidad propia, resistente a la moda de convertir cada esquina en una franquicia.
El paseo puede empezar por la estación Colegiales del ferrocarril Mitre, con sus puentes y pasos a nivel que todavía conectan dos velocidades de Buenos Aires. De un lado están las casas, los almacenes, las peluquerías, las ferreterías y los negocios que atienden a los vecinos de toda la vida; del otro, la expansión de edificios, productoras y comercios que dejó el Distrito Audiovisual. Esa mezcla no siempre es prolija, pero es auténtica: Colegiales no está decorado para el turista, está vivo.
En materia de aire libre, la Plaza Mafalda, frente al Mercado de las Pulgas, es una parada obligada. Sus murales dedicados a Quino, las referencias a la historieta y el movimiento del mercado le dan una personalidad que pocas plazas porteñas tienen. El Mercado de las Pulgas, con sus puestos de antigüedades, muebles, lámparas, discos, objetos raros y tesoros que parecen haber sobrevivido a tres mudanzas y dos herencias, es uno de los grandes paseos de la Ciudad: para comprar, mirar o simplemente perder una hora sin culpa.
También merecen una vuelta la Plaza Juan José Paso, en Moldes al 1300; la Plaza San Miguel de Garicoits, la plazoleta Portugal y sus monumentos; y la Plaza Matienzo, vinculada al universo audiovisual y equipada con juegos para chicos. Son los pequeños pulmones de un barrio que no tiene un parque monumental, pero sí una red de espacios donde se cruzan jubilados, familias, chicos con pelotas, corredores, perros y vecinos que se conocen de cara. En Colegiales, una plaza todavía puede ser una plaza y no una escenografía.
El barrio también conserva la huella de sus instituciones: el Club Centro Montañeses, en Jorge Newbery 2818; el Club Deportivo y Social Colegiales, sobre Teodoro García; la Fundación Biró y Biblioteca Popular, en Crámer 450; los centros de jubilados y las parroquias, capillas y colegios religiosos que sostienen la trama comunitaria. No son atracciones de folleto brillante, pero explican mejor que cualquier slogan cómo funciona un barrio: gente que se encuentra, organiza actividades, cuida una biblioteca o se saluda en la puerta de un club.
La gastronomía de Colegiales tiene dos almas. Está la parte top, de cartas cuidadas, cocina de autor, cafés de especialidad, vermú y mesas donde una cena puede costar lo que antes salía un viaje corto. Ahí entran los nuevos restaurantes de autor y bistrós que se instalaron cerca de Dorrego, Lacroze, Crámer y Álvarez Thomas, acompañando la ola gastronómica que viene subiendo desde Palermo y Chacarita. Son lugares para celebrar, reservar y dejar que el mozo explique la reducción, el fermento o la pesca del día.
Pero el verdadero termómetro barrial aparece del otro lado: pizzerías sin pretensión, bodegones, casas de empanadas, parrillas al paso, cafés de esquina y locales que venden un plato abundante sin ponerse traje de gala. Los “berretas”, si se quiere decirlo con cariño, son esos negocios donde no hay luces tenues ni nombres en inglés, pero hay milanesa, tortilla, sánguche, porción generosa y conversación de barra. No están de moda: por eso mismo suelen ser los más necesarios.
Entre los nombres propios para conocer figuran Bar Conde, sobre Federico Lacroze, y Pastas Frescas Conde, dos referencias de esa Colegiales cotidiana que sigue atendiendo al vecino. A ellos se suman los cafés, panaderías, librerías, talleres, casas de decoración y comercios familiares que sobreviven entre los nuevos desarrollos. El visitante inteligente no tiene que ir buscando solamente “el lugar más instagrameable”: tiene que entrar a un negocio chico, preguntar, mirar las vidrieras y dejar que el barrio haga su trabajo.
Colegiales se disfruta caminando despacio: estación, plaza, mercado, mural, café, club y sobremesa. Es un barrio para una cita tranquila, una salida familiar, una recorrida de antigüedades o una tarde sin programa. Tiene lo top y lo humilde, lo nuevo y lo gastado, lo boutique y lo barrial. Y mientras Buenos Aires corre detrás de la próxima novedad, Colegiales sigue ofreciendo algo mucho más difícil de fabricar: pertenencia.