La sala naranja del turno tarde dejó su huella en un mural lleno de dibujos, nombres y pequeñas manos de colores. En el Jardín de las Glicinas, frente a la Plaza Mafalda, chicos, docentes y familias compartieron una experiencia que merece su lugar en las noticias del barrio. Porque aprender también es pintar juntos y reconocerse en una pared que ahora tiene algo de todos.
Un sol enorme con anteojos de estrella, un astronauta que parece flotar entre los dibujos y un racimo de planetas que invita a viajar sin despegar los pies de la vereda. En Colegiales, el mural de la sala naranja del turno tarde 2026 convirtió una pared del jardín en una pequeña aventura espacial. Pero la parte más linda aparece cuando uno se acerca: están las manos estampadas, los nombres escritos con trazos distintos, las pinceladas y esas figuras que cada chico resuelve a su manera. Ahí está la gracia de esta obra compartida, donde cada aporte conserva su personalidad.
En el Jardín de las Glicinas, frente a la Plaza Mafalda, la propuesta reunió a los chicos, las maestras y las familias. Mamás, papás y abuelas participaron de una jornada que dejó una imagen para mirar cada vez que se pasa por la puerta. La inscripción “Sala naranja T.T. 2026” identifica al grupo y guarda el recuerdo de este año, mientras que debajo se despliega ese mundo de colores que los más pequeños construyen cuando encuentran espacio, materiales y adultos dispuestos a acompañar.
Una pared para decir “acá estamos”
Hay mucho para mirar en ese mural. Sobre el fondo blanco aparecen estrellas amarillas, huellas rojas y verdes, corazones, dibujos y nombres que se cruzan alrededor del astronauta. Algunas letras ocupan bastante espacio; otras se acomodan entre las figuras. Cada intervención forma parte de una composición que permite imaginar el entusiasmo de elegir un color, apoyar una mano o descubrir cómo queda el propio nombre en una pared del jardín.
Para un chico, volver y reconocer su dibujo puede ser una alegría enorme. También lo es mostrarlo: señalar el lugar donde pintó, buscar la huella que dejó o explicarle a una abuela qué quiso hacer. Esas conversaciones sencillas forman parte de la vida escolar y merecen atención. Las maestras acompañan mucho más que una actividad con pintura: ayudan a compartir un espacio, esperar, mirar lo que hizo un compañero y encontrar una manera propia de participar.
La presencia de las familias suma otra dimensión. Compartir una tarea permite encontrarse con quienes acompañan todos los días la educación de los chicos, conversar y construir confianza. El mural queda después de la jornada, a la vista de quienes entran al jardín y de los vecinos que caminan por la cuadra. Con el paso del tiempo, también será una forma de recordar a este grupo y las pequeñas historias que se fueron armando durante el año.
La infancia también hace barrio
Alrededor, Colegiales sigue con su movimiento cotidiano: los chicos con sus triciclos, las familias que se acercan a la plaza y las abuelas que acompañan las salidas. La escuela, el jardín y la Plaza Mafalda forman parte de ese recorrido cercano donde se aprende a conocer el barrio desde muy temprano. Una vereda, una puerta y un mural pueden convertirse en referencias tan queridas como los juegos de la plaza.
Por eso esta también es una noticia para Colegiales Noticias. Porque lo que hacen los más chiquitos tiene valor y merece ser contado con el mismo cuidado que cualquier otro acontecimiento barrial. Detrás de esa pared pintada hay trabajo docente, participación familiar y chicos que tuvieron la oportunidad de dejar una marca propia en un lugar compartido.
Queda una invitación para quienes pasen por allí: detenerse un momento y mirar los detalles. Entre el sol con anteojos, los planetas y las manos de colores está el recuerdo de una experiencia colectiva. ¿Qué sentirá cada chico cuando encuentre su dibujo? ¿Cuántas veces volverá a señalarlo, orgulloso, para decirle a alguien de su familia: “Ese lo hice yo”?
