Domingo de números, fe y sandalias rotas
Buenos Aires, enero de 2026.
Un domingo cualquiera, con el mate lavado y la heladera mirando de reojo, apareció una encuesta. No tocó timbre: entró sola. Traía números, porcentajes y una sonrisa que no combinaba con la realidad del living argentino.
La escena es simple y brutal, como una tragedia griega mal iluminada:
el 40% de los argentinos no llega a fin de mes.
Otro 32% llega con dificultad.
Siete de cada diez caminan la cuerda floja, haciendo malabares con cuentas, tarjetas y paciencia.
Hasta ahí, el coro canta la verdad.
Pero entonces entra el protagonista inesperado, con toga libertaria y discurso afilado: Javier Milei ganaría hoy un balotaje por amplio margen. Y ahí el espectador levanta la ceja. Porque el hambre y la victoria rara vez caminan de la mano.
La encuesta de la consultora Trends —difundida con entusiasmo quirúrgico— propone una paradoja:
la economía duele, el consumo cae, los salarios no alcanzan… pero el Presidente conserva el apoyo. No por abundancia, sino por esperanza. Esa palabra liviana y peligrosa que sirve para cruzar desiertos… y también para justificarlos.
El informe dice que el 45% siente esperanza frente al futuro.
No bienestar. No tranquilidad. Esperanza.
Una emoción barata, pero rendidora. Como el crédito en cuotas largas.
En algún rincón imaginario de la ciudad, un filósofo griego —exiliado en Palermo, pongamos— apoya su copa de vino sobre la mesa del bar y murmura:
“Cuando el pueblo no come, pero cree, alguien está narrando mejor que gobernando”.
Porque la encuesta no habla de mejoras concretas. Habla de aguante. De una sociedad que acepta el sacrificio como rito de paso, convencida de que el dolor tiene sentido si alguien promete orden al final del túnel.
El truco está en el relato.
No se dice “estamos peor”.
Se dice “estamos en camino”.
Mientras tanto, el consumo cae un 59%, los salarios no alcanzan y la economía es la principal preocupación. Pero la nota elige otro foco: el futuro, el 2027, la elección que todavía no existe pero ya tiene resultado. Como si el voto fuera un destino y no una decisión mutable, frágil, humana.
Del otro lado, la oposición aparece gastada, rechazada, sin épica. Cristina acumula imagen negativa, Karina Milei también, y el mensaje implícito es claro: no hay alternativa creíble. No porque el presente sea bueno, sino porque el pasado pesa más que el hambre actual.
Así, la noticia se vuelve falsamente positiva. No miente, pero acomoda. No inventa, pero edulcora. Convierte la pobreza en paciencia y la resignación en esperanza.
El filósofo termina su vino y deja una frase en la servilleta:
“Las encuestas no predicen el futuro. Administran el ánimo del presente”.
Domingo a la tarde.
La encuesta descansa en la mesa.
El bolsillo sigue flaco.
La esperanza, por ahora, alcanza.
Hasta que no.