La noche del sábado dejó una de esas postales que difícilmente entren en una sola categoría. Fue un recital pop, una celebración generacional y, al mismo tiempo, un homenaje inesperado a una de las figuras más influyentes de la cultura popular argentina. En el estadio Monumental, Lali Espósito hizo historia al presentarse por primera vez en River Plate, pero sobre el final del espectáculo ocurrió algo que trascendió cualquier etiqueta musical.
Cuando comenzaron a sonar los acordes de «Jijiji», miles de personas reaccionaron de manera instantánea. Las tribunas se transformaron en una marea humana que saltó, cantó y revivió por algunos minutos el espíritu de los recitales de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. El pogo, nacido en los márgenes y convertido con los años en un ritual colectivo argentino, volvió a aparecer en uno de los escenarios más grandes del país.
Muchos de los presentes no habían vivido los históricos recitales ricoteros de los años noventa. Otros sí. Sin embargo, la reacción fue la misma. El tema atravesó generaciones y demostró que algunas canciones dejan de pertenecer a una banda para convertirse en patrimonio cultural compartido.
La coincidencia temporal tuvo además una carga emocional especial. Mientras miles de personas celebraban en Núñez, en distintos puntos de Buenos Aires comenzaba a organizarse otro movimiento silencioso. Terminado el show, numerosos grupos emprendieron viaje hacia Avellaneda y Villa Domínico para participar de la despedida pública del Indio Solari.
En estaciones de tren, colectivos y accesos a la ciudad pudieron verse jóvenes con remeras de Lali mezclados con históricos seguidores ricoteros. La escena parecía improbable hace algunos años, pero reflejó una realidad cultural argentina mucho más compleja y rica de lo que suelen mostrar las redes sociales.
Desde Colegiales, Palermo, Chacarita y otros barrios porteños partieron grupos de amigos que decidieron cerrar la noche acompañando la despedida de una figura que marcó a varias generaciones. Algunos llegaban desde River todavía con la emoción del recital. Otros llevaban décadas siguiendo la obra del Indio. Todos compartían la sensación de estar participando de un momento histórico.
La música popular argentina tiene esa capacidad singular de unir mundos aparentemente opuestos. En una misma noche convivieron el pop contemporáneo de Lali, la potencia contracultural de Los Redondos y la necesidad colectiva de rendir homenaje a un artista que dejó una huella profunda en la identidad cultural del país.
Lo que ocurrió entre River y Avellaneda fue mucho más que una anécdota musical. Fue la demostración de que las canciones sobreviven a las modas, atraviesan generaciones y siguen encontrando nuevos intérpretes y nuevos públicos. Mientras miles de voces cantaban «Jijiji» en Núñez, otros miles se preparaban para despedir a quien ayudó a construir uno de los mitos culturales más importantes de la Argentina contemporánea.
Y quizás allí esté la verdadera noticia. Porque durante algunas horas desaparecieron las divisiones entre géneros musicales, edades y tribus urbanas. La Argentina volvió a encontrarse alrededor de sus canciones. Y en esa extraña peregrinación que unió River con Villa Domínico, el Indio Solari volvió a demostrar que sigue ocupando un lugar único en el corazón popular.