El Eternauta en Belgrano: fanáticos de Colegiales también vivieron la invasión en Barrancas

El Eternauta cruzó el Puente: fanáticos de Colegiales también vivieron la invasión en Barrancas

El domingo pasado, la nevada más famosa de la historieta argentina volvió a caer sobre Buenos Aires. Esta vez no fue en la ficción ni en los cuadritos de Solano López: ocurrió en carne y hueso, bajo la glorieta de Barrancas de Belgrano. Y entre los miles de asistentes que coparon la escena final de El Eternauta —ahora en versión Netflix—, muchos vecinos del barrio de Colegiales dijeron presente, con gamulanes, bidones y bolsitas en la cabeza.

Desde la mañana, cientos de personas comenzaron a desplazarse por Ciudad, y el subte D no daba abasto. En la estación Olleros, ya se notaba el movimiento: trajes caseros, máscaras antigás y mochilas cargadas con termos y mate, todo al estilo Juan Salvo. “Venimos de Plaza Las Heras”, gritaba un grupo de estudiantes del Lengüitas, mientras se sacaban fotos con un cascarudo tamaño real.

La recreación organizada por Netflix fue en la glorieta de Barrancas, ese rincón nostálgico de tango, ajedrez y K-pop, convertido ahora en campo de batalla contra los Ellos. Hubo seguridad, luces, efectos especiales, camiones de utilería y una musicalización envolvente para que la escena final se sintiera tan real como cuando uno leía la historieta en el suplemento Hora Cero Semanal. El camión, el silencio opresivo, los pasos lentos, la amenaza invisible… estaban todos los elementos.

Pero lo más impactante fue la presencia de los vecinos. Algunos de Belgrano, claro, pero muchos de Colegiales. Porque no es raro: entre Álvarez Thomas y Elcano, el cómic de Oesterheld siempre tuvo devotos. En los pasajes como Ciudad de la Paz o Virrey Loreto, aún se comenta que El Eternauta era más que una historieta: era un aviso, una forma de entender la historia nacional y la tragedia del poder. “Mi viejo lo leía y me decía que todo eso pasaba de verdad. Que la nevada era la dictadura”, comentaba un joven con escafandra improvisada, estudiante de la Escuela Federico García Lorca.

Y en medio de la nevada mortal que cae sobre Buenos Aires, un grupo de sobrevivientes se las rebusca para mantenerse con vida, recorriendo en silencio calles vacías, colmadas de terror e intriga. Juan Salvo (Ricardo Darín) camina solo, en busca de su hija de 17 años. Llevaba ya horas de búsqueda fallida. Apenas cruza la Estación Bartolomé Mitre, cuando a sus espaldas las luces tenues de un auto se acercan casi en silencio y lo sobrepasan. Ese auto es un Torino, con su carrocería robusta, su diseño inconfundible, su pertenencia indiscutible al paisaje urbano de la Argentina de otro tiempo. No hace falta que nadie lo nombre. Está ahí, como testigo mudo de una ciudad que resiste. Y, en el peor momento, él será parte.

Durante más de una década, el Torino fue mucho más que un automóvil: fue el símbolo de una aspiración colectiva, la promesa de una industria nacional capaz de competir con los grandes. De la fábrica de Santa Isabel, Córdoba, al mítico desafío de Nürburgring, esa joya mecánica condensó el espíritu de una época. Y ahora regresa, no como un objeto de museo, sino como un personaje clave en la adaptación de El Eternauta, esa obra que desde su nacimiento en 1957 ya dialogaba con las amenazas del presente y los recuerdos del pasado.

En un mundo donde los autos modernos ya no arrancan, el Torino se convierte en la única nave confiable. No solo avanza, sino que resiste, como los lectores de Oesterheld, como los sobrevivientes de cada dictadura y cada crisis. En la serie dirigida por Bruno Stagnaro, el auto entra en escena con una aparición casi sagrada. En su perfil rojo Briarcliff, la coupé TS que alguna vez soñó con conquistar Europa ahora cruza bajo la nieve tóxica de Buenos Aires. Y uno no puede evitar pensar en ese otro hito: las 84 horas de Nürburgring, donde el Torino número 3 dio más vueltas que nadie, aunque una penalización le robó el podio. Porque el Torino no gana: persiste. Como Juan Salvo. Como el pueblo.

Así, el evento de Netflix en Barrancas no solo sirvió para recrear una escena de ficción. Sirvió para traer al presente todos los hilos de la memoria popular: la historieta, la lucha, la industria, el barrio. Como en los buenos relatos, todo encaja: El Eternauta, Oesterheld, el Torino, la resistencia cultural. Y los vecinos de Colegiales, claro, que cruzaron el puente para vivirlo de cerca.

¿Vos también leíste El Eternauta en Colegiales? ¿Te acordás del primer Torino que viste en la calle? Contanos tu historia.