Campeón de Grand Slam, dueño de una temporada inolvidable y referente de varias generaciones, Guillermo Vilas convirtió al tenis en una pasión popular y dejó una huella que todavía atraviesa al deporte argentino.
Hablar de Guillermo Vilas es hablar de una de las grandes construcciones culturales del deporte argentino. No fue solamente un tenista campeón ni un ídolo de una generación que ya pasó: fue el jugador que enseñó que la Argentina podía mirar de frente a las potencias del circuito mundial, competir en las canchas centrales de París, Nueva York, Melbourne y Roma, y salir de allí con los trofeos bajo el brazo. Antes de Vilas, el tenis era un deporte de tradición y clubes; después de Vilas, también fue una pasión masiva, una escuela de esfuerzo y una promesa que miles de chicos quisieron perseguir con una raqueta.
Nacido en Buenos Aires el 17 de agosto de 1952 y formado deportivamente en Mar del Plata, Vilas construyó un juego personalísimo, reconocible aun para quien jamás hubiera visto una estadística. Su revés de una mano, pesado, profundo y lleno de efecto, se volvió una firma estética. Desde el fondo de la cancha imponía un ritmo físico que agotaba a los rivales, pero no era un jugador de mera resistencia: tenía inteligencia, precisión y una sensibilidad particular para leer los partidos. En una época menos industrializada, sin la asistencia tecnológica y médica que hoy rodea a las figuras de elite, entrenó hasta convertir la disciplina en una forma de vida.
Su gran año fue 1977, una temporada que permanece entre las más impresionantes de la historia del tenis. Vilas conquistó Roland Garros y el US Open, ganó 16 torneos y encadenó 46 triunfos consecutivos, una racha que todavía ocupa un lugar central en las discusiones sobre los récords de la era abierta. Las reglas del ranking internacional de aquel tiempo no lo consagraron oficialmente como número uno al cierre de ese año, una polémica que persiste hasta hoy, aunque su dominio deportivo fue evidente para jugadores, entrenadores, público y especialistas. El tenis, a veces, puede hacerle una gambeta burocrática a la realidad; las canchas, en cambio, no mienten.
A lo largo de su carrera obtuvo 62 títulos individuales y cuatro coronas de Grand Slam: Roland Garros en 1977, el US Open en 1977 y el Abierto de Australia en 1978 y 1979. También representó a la Argentina con enorme compromiso en la Copa Davis y protagonizó rivalidades memorables con figuras como Björn Borg, Jimmy Connors, Ilie Năstase y John McEnroe. Cada victoria suya en el exterior tenía una resonancia especial en el país: en tiempos de transmisión limitada, diarios impresos y partidos seguidos por radio o televisión, Vilas lograba que una cancha lejana se sintiera cercana.
Su figura excedió el deporte desde temprano. Vilas fue un hombre curioso, interesado por la música, la poesía y los viajes, y atravesó los años setenta y ochenta con una imagen de galán internacional que despertaba fascinación dentro y fuera de las revistas deportivas. Compuso y grabó música, escribió poemas y se movió en un mundo donde el éxito deportivo convivía con artistas, modelos y personalidades de la cultura. La prensa siguió sus romances y su vida social, como ocurre con toda gran celebridad, pero el rasgo más persistente de su biografía pública fue el mismo que exhibía en la cancha: una voluntad feroz de vivir bajo sus propias reglas.
Con el tiempo formó una familia junto a Phiang “Pia” Watson, con quien tuvo cuatro hijos. Su entorno ha mantenido reserva sobre su salud en los últimos años, una decisión que corresponde respetar. La dimensión de Vilas no necesita del ruido de la actualidad ni de la especulación ajena: está sostenida por imágenes, resultados y recuerdos que siguen vivos en la memoria colectiva de los argentinos.
El legado de Guillermo Vilas se advierte cada vez que un tenista argentino pisa una cancha internacional con la convicción de que puede ganar. Gabriela Sabatini, José Luis Clerc, David Nalbandian, Gastón Gaudio, Guillermo Coria, Juan Martín del Potro y las nuevas generaciones forman parte de una historia distinta porque antes existió Vilas. Él abrió una puerta que parecía pesada, cerrada y reservada para otros países; la empujó con talento, entrenamiento y carácter hasta dejarla abierta para siempre.
Guillermo Vilas no pertenece únicamente a una época dorada del deporte. Pertenece a esa clase de figuras que, aun con el paso de las décadas, siguen explicando de dónde venimos y por qué algunas victorias no terminan cuando concluye un partido.