Entre el trencito rojo, el camioncito, el elefantito, el caballito y aquel inolvidable autito amarillo, la calesita conserva uno de los rituales más entrañables del barrio. Una vuelta dura apenas unos minutos; el recuerdo, a veces, acompaña durante toda la vida.
En Plaza Mafalda hay un sitio en el que el tiempo no avanza: gira. Bajo un techo verde, rodeada por los árboles de Colegiales, la calesita continúa dando vueltas mientras los edificios crecen, los negocios cambian de dueño y los chicos de ayer regresan convertidos en padres, madres y abuelos.
Allí están el trencito rojo, el camioncito, el elefantito, el caballito y el autito amarillo. Cada uno parece esperar a su pasajero como si tuviera memoria. Los chicos eligen con absoluta seriedad dónde viajarán durante los próximos minutos. Los grandes los ayudan a subir, sacan el teléfono para tomar una fotografía y, casi sin advertirlo, vuelven a mirar el mundo desde su propia infancia.
Mafalda también está presente. No arriba de uno de los vehículos, sino en toda la plaza que lleva su nombre y recuerda al personaje creado por Quino. Resulta difícil imaginar una compañía mejor: mientras la nena más lúcida de la historieta argentina continúa haciendo preguntas incómodas sobre el mundo, la calesita responde con una solución sencilla y antigua: dar otra vuelta.
No es solamente un carrusel: para nosotros siempre será la calesita
“Carrusel” es una palabra correcta y extendida en distintos países, pero en Buenos Aires el nombre afectivo y popular fue siempre calesita. Carrusel puede sonar elegante, francés y hasta un poco solemne; calesita, en cambio, huele a plaza, domingo, pochoclo, abuelos, rodillas raspadas y monedas guardadas para una vuelta más.
La tradición porteña también incorporó la famosa sortija. El calesitero sostenía el dispositivo mientras los chicos pasaban con el brazo extendido, tratando de sacar el pequeño anillo metálico. Quien conseguía atraparlo ganaba otra vuelta. No había pantalla, clave ni aplicación: apenas coordinación, entusiasmo y esa cuota de suerte que hacía gritar a toda la familia.
Las calesitas forman parte del patrimonio cultural porteño y representan una costumbre transmitida entre generaciones. Las primeras llegaron a Buenos Aires durante la segunda mitad del siglo XIX y, antes de utilizar motores eléctricos, algunas eran impulsadas por personas, caballos o mulas. Con el tiempo se instalaron en plazas, parques y esquinas hasta convertirse en pequeñas instituciones barriales.
La extraña historia del chico que quería manejar el auto rojo
Entre los vecinos circula una de esas historias imposibles de comprobar, pero demasiado lindas para dejarlas escapar. Es una leyenda barrial, de esas que se cuentan mientras los chicos esperan su turno y los grandes exageran apenas lo necesario.
Dicen que, hace muchos años, un chico de Colegiales visitaba la calesita acompañado por su abuelo. Aunque había caballos, aviones y camioncitos, él quería subir siempre al mismo vehículo: un pequeño auto rojo. Si otro chico llegaba primero, prefería esperar la vuelta siguiente. Su abuelo se reía y le decía:
—Algún día vas a tener uno de verdad.
El chico agarraba el volante de lata, miraba hacia adelante y manejaba con una concentración formidable. Durante tres minutos no estaba dando vueltas en una plaza: cruzaba montañas, competía en grandes carreras y recorría rutas interminables. Pero un día la familia se mudó y el pequeño conductor dejó de aparecer.
La leyenda asegura que regresó a Colegiales más de cuarenta años después. Llegó manejando una Ferrari roja, impecable y escandalosamente brillante. Estacionó cerca de la plaza, caminó hasta la calesita y se quedó mirándola en silencio. Los chicos seguían girando, ajenos al automóvil que esperaba afuera.
El hombre buscó con la vista aquel viejo autito rojo, pero ya no estaba. Entonces compró una vuelta para todos los chicos presentes y se sentó en un banco. Una mujer le preguntó por qué lo había hecho.
—Porque la Ferrari me costó media vida —habría respondido—, pero aquel autito me enseñó a soñar.
Nadie conoce su nombre. Tampoco hay una fotografía que certifique la escena. Puede ser cierta, puede estar adornada o puede ser enteramente inventada. Pero las mejores historias de barrio funcionan así: no necesitan escritura pública; les alcanza con pasar de una generación a la siguiente.
Plaza Mafalda, una conquista de los vecinos
La plaza ocupa la manzana delimitada por Santos Dumont, Concepción Arenal, General Enrique Martínez y Conde, frente a una zona profundamente ligada a la historia ferroviaria y popular de Colegiales. Fue inaugurada el 28 de noviembre de 1995, luego de años de reclamos para que el terreno se convirtiera definitivamente en espacio verde.
El diseño original dividió la plaza en sectores vinculados con los personajes de Quino: Mafalda, Felipe, Susanita, Miguelito, Libertad, Manolito y Guille. Sus caminos y rincones construyeron así una especie de historieta urbana por la cual los vecinos pueden caminar.
Su historia no fue liviana. El predio había formado parte del paisaje ferroviario y posteriormente estuvo relacionado con la antigua villa de Colegiales, erradicada en 1979. Los vecinos debieron movilizarse para defender el destino público del terreno. Finalmente, después de años de espera, la plaza abrió como un lugar de encuentro y recibió el nombre de la criatura más universal de Quino.
Por eso Plaza Mafalda no es solamente un pedazo de césped con juegos. Es también el resultado de una pelea vecinal, una porción de tierra recuperada para el uso común y un testimonio de lo que puede conseguir un barrio cuando defiende sus espacios.
Los chicos giran; los grandes recuerdan
Alrededor de la calesita se repite una escena que atraviesa épocas. Un chico levanta la mano desde el camioncito. Una nena abraza el cuello del caballito. Otro pequeño se instala en el elefantito. Alguien elige el trencito rojo y otro se adueña del autito amarillo como si acabara de comprarlo.
A pocos metros, los adultos fotografían cada movimiento. Algunos saludan en todas las vueltas, aunque el pasajero ya dejó de mirar. Otros se quedan callados, porque reconocen en ese movimiento circular algo propio: la memoria de una plaza distinta, otro calesitero, un abuelo que ya no está o una tarde que parecía no terminar nunca.
Eso es lo extraordinario de la calesita. No promete llegar a ningún lugar y, sin embargo, nos lleva lejos. Los vehículos avanzan sin abandonar la plataforma; quienes sí viajamos somos nosotros.
La calesita de Plaza Mafalda sigue allí, humilde y luminosa, resistiendo en una ciudad cada vez más acelerada. Mientras haya un chico dispuesto a manejar un autito de fantasía y un grande capaz de recordar el suyo, Colegiales conservará una puerta giratoria hacia la infancia.
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