La historieta vuelve a ocupar el centro de la escena cultural porteña

La historieta vuelve a ocupar el centro de la escena cultural porteña con una bienal que desbordó la Casa de la Cultura

Durante cuatro días, la Ciudad de Buenos Aires fue tomada por viñetas, trazos y relatos que, lejos de ser un nicho, confirmaron que la historieta sigue latiendo con fuerza en el corazón cultural argentino. Con salas colmadas, pasillos vibrando de conversaciones y un público que no dio tregua, la Bienal de Historieta de Buenos Aires cerró con un saldo que excede lo artístico: dejó en claro que este lenguaje sigue siendo una de las formas más honestas de narrar lo que somos.

Desde el inicio, el evento fue atravesado por una intensidad poco habitual. La Casa de la Cultura se convirtió en un hervidero donde convivieron generaciones, estilos y miradas. No se trató sólo de una exposición: fue una experiencia colectiva donde el dibujo, la palabra y la memoria se mezclaron sin pedir permiso.

El padrinazgo del histórico dibujante José Muñoz no fue un gesto simbólico menor. Funcionó como puente entre una tradición potente —esa que alguna vez supo anticipar tensiones sociales y políticas— y un presente que busca reinventarse sin perder identidad. Porque si algo dejó en evidencia esta bienal es que la historieta argentina no está en retirada: está mutando, ampliándose, volviendo a incomodar.

Por las mesas, charlas y encuentros desfilaron figuras nacionales e internacionales que aportaron una mirada global sin borrar lo local. Desde Europa hasta Japón, pasando por América Latina, el intercambio fue constante. Pero el verdadero protagonista fue el público, ese lector curioso que no se conforma con consumir, sino que quiere entender, debatir y formar parte.

Autores como Tute, Alejandra Lunik o Mariana Ruiz Johnson compartieron espacio con referentes de otras latitudes, generando un diálogo que no siempre se ve en otros ámbitos culturales. Y ahí aparece algo interesante: la historieta, muchas veces relegada a un lugar secundario, demuestra tener una capacidad única para cruzar disciplinas, generaciones y fronteras.

Hubo también un rescate histórico que no pasó desapercibido. Las obras de figuras como Alberto Breccia o Hugo Pratt no fueron simples piezas de museo: funcionaron como recordatorio de que hubo un tiempo —no tan lejano— donde la historieta argentina marcaba agenda, incluso a nivel internacional. Y quizás esa memoria sea clave para entender lo que viene.

El cierre, con una charla sobre El Loco Chávez y un recital de Leo García, tuvo ese tono tan porteño que mezcla cultura alta con cultura popular sin culpa. Porque en Buenos Aires, cuando las cosas funcionan, no se explican: se viven.

La ministra de Cultura porteña, Gabriela Ricardes, lo definió con una frase que resume el espíritu del evento: la historieta no es un arte menor. Y en un país que muchas veces desprecia lo propio antes de valorarlo, esa afirmación no es menor.

La bienal también incluyó un programa profesional que permitió algo que suele faltar: conexión real entre autores, editores y la industria. Porque el arte, por más romántico que suene, también necesita estructura para sobrevivir. Y ahí, la Ciudad parece haber entendido el juego.

Pero hay algo más profundo que queda flotando. En un contexto donde todo se vuelve inmediato, efímero y descartable, la historieta propone otra lógica: detenerse, mirar, leer, interpretar. No te grita. Te espera. Y eso, en estos tiempos, es casi un acto de resistencia.

La pregunta que queda picando es inevitable: ¿puede la historieta volver a ocupar el lugar central que tuvo en la cultura argentina? ¿O estamos frente a un fenómeno que entusiasma, pero no termina de consolidarse?

Mientras tanto, en algún rincón de la Ciudad, alguien está dibujando una historia. Y quizás, sin saberlo, esté anticipando lo que viene.