La mitad de los adolescentes argentinos no logra imaginar qué hará para vivir

El futuro en pausa

Entre la ansiedad, la precariedad y la cultura del “no alcanza”, crece la incertidumbre laboral en los jóvenes

En las aulas argentinas ya no solamente se discuten matemáticas, literatura o historia. También se respira una pregunta silenciosa que atraviesa recreos, pasillos y grupos de WhatsApp escolares: “¿Y después qué?”. La inquietud dejó de ser una duda adolescente normal para transformarse en un fenómeno social cada vez más visible. Según un informe elaborado a partir de las pruebas PISA 2022, el 52% de los estudiantes argentinos de 15 años no logra imaginar una ocupación concreta para su vida adulta. El dato representa un salto alarmante frente al 22% registrado en 2018.

La cifra no solamente refleja incertidumbre económica. También deja al descubierto una crisis cultural, emocional y simbólica que atraviesa a toda una generación marcada por la pandemia, la hiperconectividad, el deterioro educativo y la sensación permanente de fragilidad social.

En barrios de Buenos Aires como Palermo, Colegiales, Chacarita o Almagro, el tema aparece cada vez más en conversaciones familiares, espacios terapéuticos, clubes, talleres culturales y hasta en cafés donde adolescentes y jóvenes pasan horas frente a una notebook buscando “algo” que todavía no saben bien qué es.

La generación que creció viendo caer el piso

Los adolescentes que hoy tienen entre 15 y 18 años atravesaron uno de los períodos más extraños de la historia reciente. Fueron chicos encerrados durante la pandemia, con clases virtuales, aislamiento social, vínculos fragmentados y una fuerte dependencia de las pantallas. Muchos pasaron de la primaria al secundario sin rituales, sin despedidas y sin experiencias colectivas fundamentales para construir identidad.

Psicólogos, docentes y especialistas vienen advirtiendo desde hace tiempo que esa generación arrastra dificultades para proyectarse hacia adelante. No se trata solamente de elegir una carrera. Se trata de imaginarse viviendo una vida posible.

En Argentina, además, el problema se potencia por un contexto económico que parece expulsar permanentemente cualquier idea de estabilidad. Los adolescentes escuchan hablar desde chicos de inflación, despidos, cierres de empresas, trabajos mal pagos, freelancers agotados, alquileres imposibles y profesionales que manejan aplicaciones de delivery para complementar ingresos.

La cultura del esfuerzo perdió parte de su promesa. Y ahí aparece una grieta profunda entre generaciones.

El derrumbe de los viejos modelos

Durante décadas existió una narrativa bastante clara: estudiar, conseguir trabajo, progresar. No era fácil, pero había una dirección relativamente estable. Hoy ese mapa parece roto.

Muchos adolescentes observan a padres, tíos o hermanos mayores con títulos universitarios trabajando en condiciones precarias o viviendo con incertidumbre constante. Al mismo tiempo, las redes sociales muestran influencers millonarios, streamers exitosos y modelos de vida difíciles de alcanzar, donde todo parece inmediato y espectacular.

La consecuencia es una mezcla explosiva entre ansiedad, frustración y desconexión con el mundo laboral real.

Incluso en sectores medios y medios altos de la Ciudad de Buenos Aires, donde históricamente existía cierta previsibilidad profesional, empieza a crecer una sensación de desorientación. Ya no alcanza con “tener un título”. Tampoco queda claro cuáles serán los trabajos del futuro en una época atravesada por inteligencia artificial, automatización y cambios tecnológicos permanentes.

La cultura también está en crisis

El fenómeno no es solamente económico. También es cultural. Durante años, Argentina construyó buena parte de su identidad alrededor de la movilidad social ascendente. La escuela pública, la universidad y el trabajo funcionaban como herramientas de construcción personal y colectiva.

Hoy muchos adolescentes sienten que el futuro se volvió una especie de niebla espesa.

En espacios culturales y educativos de Palermo puede verse algo llamativo: jóvenes extremadamente informados sobre tendencias globales, tecnología, música o redes sociales, pero profundamente angustiados cuando se les pregunta cómo imaginan su vida dentro de diez años.

La incertidumbre dejó de ser una excepción para transformarse en clima de época.

El impacto emocional que empieza a preocupar

Detrás de estos datos también aparecen señales vinculadas a la salud mental. Diversos especialistas vienen detectando un aumento de síntomas relacionados con ansiedad, ataques de pánico, depresión y sensación de vacío existencial entre adolescentes.

La presión social por “tener éxito”, sumada a la imposibilidad de visualizar un horizonte claro, genera un desgaste emocional enorme. Muchos chicos sienten que deben decidir rápido qué hacer con sus vidas en un mundo donde ni siquiera los adultos parecen entender hacia dónde va todo.

En sectores vulnerables la situación se agrava todavía más. Allí la incertidumbre laboral se combina con problemas de acceso educativo, violencia social, consumo problemático y falta de oportunidades concretas.

Palermo y la ciudad de los futuros fragmentados

Buenos Aires siempre fue una ciudad donde convivieron la bohemia, la ambición y la idea de progreso. Palermo, especialmente, se transformó en símbolo de creatividad, emprendimientos, gastronomía, diseño, arte y nuevas formas de trabajo.

Sin embargo, detrás de las vidrieras modernas y los coworkings luminosos, también aparece una generación agotada antes de empezar. Jóvenes que estudian cursos eternos, trabajan por aplicaciones, cambian constantemente de rumbo y sienten que todo puede desaparecer de un día para otro.

En cafés de Palermo Soho o Plaza Serrano ya no resulta raro escuchar conversaciones sobre burnout a los 22 años, ansiedad laboral o miedo al futuro. Lo que antes parecía una problemática exclusiva de adultos empezó a instalarse mucho más temprano.

Una pregunta que atraviesa toda la sociedad

El dato del 52% no habla solamente de adolescentes. Habla también del país que los adultos construyeron alrededor de ellos.

Porque cuando una generación entera no logra imaginar qué hará para vivir, lo que está en crisis no es únicamente el empleo. También se resquebraja la confianza en el futuro, en las instituciones y en la idea misma de proyecto colectivo.

Argentina supo atravesar crisis económicas, políticas y sociales. Pero quizás uno de los desafíos más complejos sea este: volver a construir horizontes posibles para quienes recién empiezan.

Mientras tanto, en miles de habitaciones adolescentes del país, la pregunta sigue flotando entre pantallas encendidas, apuntes escolares y silencios largos: “¿Qué va a ser de nosotros?”.