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La UBA salió a la calle

La UBA salió a la calle y el barrio respondió: salud gratis, clases abiertas y un reclamo que no se apaga

En una ciudad donde todo corre, hubo 24 horas en las que el tiempo pareció detenerse para algo más importante: la comunidad. La Universidad de Buenos Aires desplegó una jornada intensa, abierta y sin vueltas, con un mensaje claro: el presupuesto baja, pero el compromiso —al menos del lado de la universidad pública— sigue firme.

La movida no fue simbólica. Fue concreta, tangible, con olor a consultorio y a aula. Durante un día entero, en las facultades de Económicas y Farmacia y Bioquímica, se mezclaron estudiantes, docentes, vecinos y curiosos. Hubo clases magistrales, talleres, muestras científicas y, sobre todo, servicios de salud gratuitos que, en estos tiempos, no son un detalle menor: son una necesidad urgente.

Los números hablan solos. Más de 6.000 vecinos pasaron por el programa UBA en Acción. Odontología atendió a 1.800 personas con más de 4.500 prestaciones. Se entregaron prótesis dentales, anteojos, se hicieron análisis de sangre, tratamientos médicos y hasta se vacunaron mascotas. Una escena que mezcla ciencia, vocación y una realidad social que aprieta cada vez más.

Pero esto no fue solo asistencia. Fue también un grito. Un reclamo con tono académico pero contenido político. El rector Ricardo Gelpi lo dijo sin maquillaje: el atraso salarial ronda el 50% y sostener el nivel de la universidad pública así se vuelve cada vez más difícil. No es relato, es matemática básica.

A su lado, Franco Bartolacci puso sobre la mesa algo más pesado: la advertencia. Si no hay respuestas, si no se cumple con lo que marca la ley y la Justicia, las universidades podrían volver a convocar a la sociedad a las calles. Traducido al lenguaje barrial: esto recién empieza.

El cierre, bajo la lluvia, tuvo una escena que ya parece postal de época. El científico Alberto Kornblihtt habló de “aniquilación” del sistema científico si continúan los recortes. Palabra fuerte, pero acorde a lo que se siente en los pasillos universitarios: no hay margen para seguir ajustando sin consecuencias.

Y acá aparece lo más interesante. Porque esto no fue solo una interna universitaria. Fue el barrio metiéndose en la universidad y la universidad saliendo al barrio. Gente que fue por un control médico y se quedó escuchando una charla. Estudiantes que atendían mientras explicaban. Profesores que daban clase con mate en mano y ojos cansados, pero firmes.

La UBA, esa institución gigante que a veces parece lejana, bajó a tierra. Y cuando baja, se nota. Porque no es solo educación: es salud, es ciencia, es tejido social.

La pregunta que queda flotando —como siempre en Buenos Aires, donde todo es intenso y efímero— es cuánto más se puede sostener este modelo a puro pulmón. Porque la vocación empuja, sí, pero no paga sueldos ni financia laboratorios.

Mientras tanto, el barrio ya tomó nota. Y cuando el barrio entiende, la historia suele tomar otro ritmo.