Mientras la alfombra roja desplegaba brillo, poses estudiadas y vestidos imposibles, en Colegiales la escena era otra. Pantallas prendidas en livings, televisores colgados en bares de esquina, comentarios al paso en la vereda. Porque sí, la moda también se mira desde el barrio. Y desde acá, el filtro es otro: menos protocolo, más verdad.
La cuarta edición de los Martín Fierro de la Moda, transmitida por Telefe, tuvo nombres fuertes, producción cuidada y ese aire de evento grande que busca parecerse a Europa. Pero en Colegiales, donde la ropa no es espectáculo sino rutina diaria —salir a laburar, ir al súper, llevar a los chicos al colegio— la pregunta fue más simple y más filosa: ¿eso que se ve en la tele es realmente vestirse bien?
La alfombra roja versus la vereda
En la pantalla desfilaban figuras como Juana Viale, Carolina Ardohain y Zaira Nara, con producciones impecables, equipos detrás, estilistas, diseñadores y una lógica casi cinematográfica. Todo medido, todo calculado.
Del otro lado, en Colegiales, la escena era más cruda. Una vecina comentaba sin filtro: “Eso no es ropa, es vestuario”. Y en esa frase hay algo que explica todo. La diferencia entre vestirse para vivir y vestirse para ser visto.
Porque el problema no es la elegancia. Argentina siempre tuvo mujeres elegantes. El problema es cuando la elegancia se vuelve impostada, forzada, desconectada de la realidad.
El mito de “la argentina bien vestida”
Durante años se repitió una idea: la mujer argentina se viste bien. Y algo de cierto hay. Hay buen gusto, hay intuición estética, hay historia. Pero en eventos como este aparece la otra cara: exceso de tendencia, falta de identidad, y una obsesión por parecer en lugar de ser.
Se vio en varios looks de la noche. Influencers que mezclan todo lo que está de moda como si fuera una receta sin medir ingredientes. Figuras mediáticas que buscan impacto inmediato, pero sin construcción. Mucho brillo, poco concepto.
Y eso, desde el barrio, se nota.
Las excepciones que sostienen el oficio
No todo fue improvisación. Algunas figuras sostienen una línea que resiste el paso del tiempo.
Valeria Mazza, por ejemplo, sigue siendo una referencia. No necesita exagerar porque entiende algo básico: la elegancia no se grita, se sostiene.
Juana Viale también juega en ese terreno. Hay una búsqueda, una narrativa, una intención artística que va más allá del impacto inmediato.
Y Pampita —que hace de la disciplina casi una religión— demuestra que lo clásico, cuando está bien hecho, sigue ganando.
Colegiales, espejo sin maquillaje
Lo interesante de mirar estos eventos desde un barrio como Colegiales es que el glamour se desarma. Acá no hay fotógrafos, no hay flashes, no hay premios. Hay rutina, hay vida real.
Y en ese contraste, la moda se desnuda.
Una chica que salía de un gimnasio sobre Av. Federico Lacroze lo resumía con ironía: “Con lo que cuesta todo, si me compro algo así, lo uso diez años”. Esa frase, más que cualquier análisis, explica la distancia entre la alfombra roja y la vereda.
Entre el show y la identidad
Los Martín Fierro de la Moda 2026 dejaron una postal clara: la moda argentina está en una encrucijada.
Por un lado, el espectáculo, la foto, la viralización.
Por el otro, la identidad, el oficio, la coherencia.
En Colegiales, donde la ropa todavía tiene función —abriga, acompaña, representa— el show se mira, se comenta y se disfruta. Pero no se compra.
Porque al final del día, cuando se apaga la tele y queda la calle, la moda vuelve a su lugar original: ser parte de la vida.
Y ahí, sin alfombra roja ni luces, es donde realmente se define quién está bien vestido… y quién solo está disfrazado.