Desde 1975, la Peregrinación Juvenil a Luján transforma el camino entre Liniers y la Basílica en una expresión de religiosidad popular. Sus cerca de 60 kilómetros reúnen promesas, agradecimientos y una tradición que pasa de generación en generación.
Hay caminos que se miden en kilómetros y otros que también se miden en recuerdos. Para quienes peregrinan a Luján, ambas cosas suelen ir juntas. Se camina por una promesa, por alguien que está enfermo, por un agradecimiento o por una ausencia que todavía duele. También se participa para acompañar a un familiar, compartir una experiencia con amigos o recuperar una costumbre de la infancia. Bajo una misma dirección conviven motivos distintos: cada persona lleva algo propio, aunque desde afuera la multitud parezca avanzar como un solo cuerpo.
La Peregrinación Juvenil a Luján es una de las grandes expresiones de la fe católica en la Argentina. Su recorrido tradicional conecta el Santuario de San Cayetano, en el barrio porteño de Liniers, con la Basílica de Nuestra Señora de Luján, a unos 60 kilómetros de distancia. La caminata anual se celebra habitualmente durante el primer fin de semana de octubre, pero su significado desborda cualquier fecha: es una práctica religiosa y comunitaria que conserva su fuerza a través de las generaciones.
Cómo nació la Peregrinación Juvenil a Luján
La primera edición se realizó el 25 de octubre de 1975. Según la historia publicada por el Santuario de Luján, participaron alrededor de 30.000 jóvenes bajo el lema “La juventud camina a Luján por la Patria”. Aquella convocatoria abrió una tradición propia dentro de una devoción que ya existía: la peregrinación juvenil tiene un comienzo identificable, mientras que la veneración a la Virgen de Luján y las visitas a su santuario son anteriores. Distinguir ambas historias permite comprender qué apareció en 1975 y por qué logró perdurar.
Desde entonces, la caminata fue incorporándose a la memoria de familias, parroquias y grupos de amigos. Quien alguna vez participó puede recordar menos una fecha que un gesto: alguien que esperó cuando faltaban fuerzas, una bebida compartida o el momento de llegar. Esa transmisión cotidiana ayuda a explicar la continuidad de la peregrinación. La tradición se sostiene mediante personas que vuelven y otras que se suman por primera vez, muchas veces invitadas por quienes ya conocen el camino.
Por qué se camina a Luján
Para el creyente, peregrinar es una forma de oración que involucra al cuerpo. La intención se expresa al caminar, dedicar tiempo y sostener un esfuerzo. Algunos participantes llevan pedidos concretos; otros agradecen haber atravesado una enfermedad, conseguido trabajo o encontrado ayuda en un momento difícil. También hay quienes llegan sin una promesa definida y encuentran en el recorrido un espacio para pensar, rezar o conversar sobre cuestiones que la rutina suele dejar pendientes.
La denominación “juvenil” expresa el origen de la convocatoria, pero no limita la participación a una edad. La propia organización religiosa describe una peregrinación que reúne personas de distintas generaciones, sectores sociales y lugares del país. Esa diversidad forma parte de su identidad: una misma devoción permite encontrarse a quienes tienen historias y condiciones de vida muy diferentes. El camino compartido no borra esas diferencias, pero ofrece una ocasión para reconocerse y acompañarse.
De San Cayetano a la Basílica: un recorrido con sentido propio
El punto de partida tradicional tiene una fuerte presencia en la religiosidad porteña: San Cayetano, en Liniers. Desde allí, la marcha se dirige hacia el oeste hasta alcanzar Luján. La organización sitúa el trayecto de la imagen peregrina en unos 58 kilómetros, una distancia que suele redondearse a 60. Sin embargo, no todos los participantes realizan el recorrido completo: el lugar de incorporación y la distancia elegida pueden variar según el grupo, la experiencia y las posibilidades de cada persona.
Recorrer esa distancia supone dedicar muchas horas al desplazamiento y a las pausas. No existe un tiempo único que pueda prometerse a todos: influyen el ritmo, el descanso, el clima y la cantidad de gente. Por eso, la preparación también consiste en organizar expectativas. Conocer el camino, acordar puntos de encuentro y resolver el regreso son decisiones tan necesarias como elegir qué llevar. La llegada a la Basílica puede ser el centro espiritual de la experiencia, pero el viaje continúa hasta volver a casa.
La solidaridad que sostiene la peregrinación
Una caminata multitudinaria necesita una red de apoyo. Los voluntarios y los puestos de asistencia forman parte esencial de la peregrinación: permiten descansar, pedir orientación y recibir ayuda durante el trayecto. La organización informa que sus puestos sanitarios y de apoyo son gratuitos y que los peregrinos pueden detenerse en ellos las veces que lo necesiten. Su ubicación debe consultarse en el mapa correspondiente a cada edición, porque la distribución de los servicios puede cambiar.
Esa tarea permite mirar la peregrinación desde otro lugar. Mientras unos avanzan hacia el santuario, otros dedican su tiempo a facilitarles el camino. La experiencia comunitaria se construye con ambas participaciones: caminar y asistir. Ofrecer una indicación, acompañar una pausa o ayudar a reunir a un grupo disperso son acciones discretas, pero decisivas para quien las necesita. En ellas, la solidaridad deja de ser una palabra general y adquiere una forma concreta.
Qué conviene organizar antes de participar
El recorrido, la compañía y el regreso
Antes de salir, conviene definir desde dónde se caminará, con quién y cómo se volverá. Si se participa en
