Los resultados de las pruebas PISA 2025 volvieron a encender una alarma seria sobre la educación argentina. No se trata de una discusión abstracta ni de una tabla lejana: cuando una parte importante de los adolescentes tiene dificultades para interpretar un texto, resolver un problema matemático o comprender fenómenos científicos, el efecto se siente después en el trabajo, en la vida cívica y en cada barrio.
Argentina obtuvo 367 puntos en Matemática, 389 en Lectura y 393 en Ciencias. En las tres áreas, el desempeño fue inferior al de 2022. El dato más duro: el 76% de los estudiantes de 15 años no alcanzó el nivel mínimo de desempeño en Matemática; la proporción también es muy alta en Lectura y Ciencias, donde ronda el 59%.
La evaluación, organizada por la OCDE, incluyó a 11.093 estudiantes argentinos de 412 escuelas, una muestra representativa a nivel nacional. Entre los 91 sistemas educativos participantes, Argentina quedó en los puestos 75° en Matemática, 62° en Lectura y 71° en Ciencias. Dentro de los 13 países latinoamericanos evaluados, ocupó el octavo lugar en las tres materias.
No es una condena para los chicos. Es, más bien, una advertencia para los adultos que toman decisiones, administran presupuestos, diseñan políticas y sostienen —o dejan caer— las condiciones de enseñanza. Decir que los pibes “no pueden” sería una simplificación injusta: aprenden en un contexto marcado por desigualdad, pérdida de continuidad pedagógica, problemas de infraestructura, falta de materiales, pantallas que compiten por atención y familias atravesadas por una economía cada vez más incierta.
La propia OCDE informa que el 44% de los estudiantes argentinos asiste a escuelas cuyos directivos perciben que la enseñanza se ve afectada por falta de docentes. Además, el 54% concurre a establecimientos donde se reportan carencias de materiales educativos, mientras que el 50% está en escuelas con problemas de infraestructura que interfieren en las clases.
El desafío no es solamente tecnológico
Las redes sociales, el consumo acelerado de videos y el uso sin criterio de inteligencia artificial pueden afectar la atención, la lectura sostenida y el hábito de pensar antes de responder. Pero PISA no permite afirmar que sean la causa única de la caída. Sería tan cómodo como falso: la pantalla puede distraer, sí, pero no reemplaza a una política educativa débil ni explica por sí sola aulas superpobladas, salarios deteriorados, edificios con problemas o falta de acompañamiento escolar.
La tecnología puede servir para aprender mejor, investigar y crear. Sin embargo, si reemplaza la lectura, el razonamiento y el trabajo cotidiano con docentes, termina funcionando como una escalera mecánica hacia abajo. La inteligencia artificial no debería hacer la tarea por los alumnos: debería ayudar a que formulen mejores preguntas y aprendan a verificar respuestas.
En Colegiales, como en el resto de la Ciudad, el debate tiene que salir de los slogans. Las familias necesitan saber cómo están las escuelas del barrio: qué vacantes hay, qué obras faltan, cómo se cubren los cargos docentes, qué recursos llegan a las aulas y qué estrategias existen para recuperar lectura, escritura y matemática. Una ciudad que presume de moderna no puede aceptar que la comprensión de textos y el pensamiento lógico se vuelvan un lujo.
Los resultados también obligan a revisar las políticas de Nación y de la Ciudad. No alcanza con anunciar eficiencia, digitalización o reformas administrativas si no se traduce en tiempo de clase, docentes acompañados, materiales, bibliotecas, laboratorios, equipos de orientación y escuelas en condiciones. La educación pública necesita inversión sostenida, evaluación honesta y una mirada técnico-científica de largo plazo; no parches que duran lo mismo que un anuncio.
El futuro no se juega únicamente en una elección ni en una aplicación de moda. Se juega en un adolescente que puede leer una consigna compleja, distinguir un dato de una opinión, calcular, escribir y defender una idea propia. Ahí está la verdadera riqueza de un país.