Quedó atrapado entre el abandono y la bronca vecinal
En una esquina extraña de Colegiales, donde la calle Zárraga parece quedarse sin aire y desemboca en una pequeña plazoleta interior rodeada de edificios, persiste uno de esos espacios porteños que parecen existir fuera del radar político. La Plaza Zárraga, ubicada entre Superí y General Enrique Martínez, fue durante años un refugio silencioso para vecinos, jubilados, paseadores de perros y familias que encontraban allí una pausa entre el cemento. Sin embargo, el panorama actual dista mucho de aquella imagen romántica que todavía aparece en algunas reseñas de internet.
Durante una recorrida realizada por la zona pudieron observarse sectores descuidados, suciedad acumulada, mobiliario deteriorado y la presencia de roedores que preocupan a los vecinos. La fuente que durante años funcionó como símbolo de tranquilidad aparece rodeada de un entorno cada vez más castigado por la falta de mantenimiento. Alrededor del espacio verde también pueden verse locales vacíos y persianas bajas que terminan reforzando una sensación general de abandono.
La historia de la plazoleta es tan particular como su diseño. En el terreno donde hoy se encuentra este pequeño pulmón urbano existían antiguas viviendas que fueron expropiadas por la Municipalidad con la intención de abrir la traza de la calle Zárraga hasta Superí. La obra quedó inconclusa, el predio se transformó en un baldío y comenzó a llenarse de malezas y basura. Frente a esa situación, fueron los propios vecinos quienes se organizaron para reclamar una solución. Finalmente se autorizó la creación de una plazoleta financiada en gran parte por la comunidad barrial.
Una placa colocada en el lugar recordaba aquella recuperación colectiva. Allí se explicaba que el espacio había sido recuperado para la comunidad gracias al esfuerzo conjunto entre vecinos y Municipalidad el 30 de mayo de 1987. Con los años esa placa desapareció, pero la memoria barrial todavía conserva aquella experiencia de participación vecinal que convirtió un terreno abandonado en un espacio público.
La plaza lleva el nombre de Clemente Zárraga, un general venezolano nacido en 1808 que participó en las luchas por la independencia y que posteriormente emigró a la Argentina. Su nombre quedó inmortalizado en esta calle y en la plazoleta que terminó convirtiéndose en uno de los rincones más singulares de Colegiales.
Pero detrás de la historia aparece el presente. Vecinos consultados en la zona expresan una sensación repetida: sienten que la Ciudad perdió capacidad para cuidar los espacios públicos más pequeños. Mientras los grandes anuncios oficiales suelen concentrarse en obras de impacto visual o proyectos de marketing urbano, lugares como Plaza Zárraga parecen quedar relegados a un segundo plano. La queja no se limita únicamente a la limpieza. También alcanza al estado general del mobiliario, la iluminación, el mantenimiento de los espacios verdes y el control de plagas.
En Colegiales existe además una discusión de fondo. Muchos vecinos recuerdan que los espacios verdes del barrio nacieron gracias a luchas comunitarias. Plaza Mafalda, Plaza Clemente y la propia Zárraga tienen detrás historias de reclamos, movilizaciones y resistencia frente a distintos proyectos urbanos. Por eso el deterioro genera una molestia especial: no se trata solamente de una plaza descuidada, sino de espacios conquistados por generaciones anteriores que hoy parecen perder valor dentro de las prioridades oficiales.
La contradicción resulta evidente. Mientras los discursos oficiales hablan de calidad urbana y cercanía con los vecinos, la realidad cotidiana de muchos rincones barriales muestra otra cosa. En Plaza Zárraga sobreviven árboles añosos, bancos ocupados por quienes todavía defienden el lugar y una estructura urbana única dentro de Colegiales. Sin embargo, también sobreviven la suciedad, las quejas acumuladas y la sensación de que el barrio quedó librado a la buena voluntad de quienes todavía lo cuidan.
Quizás el verdadero problema no sea solamente una plaza. Quizás el problema sea una forma de gestionar donde los espacios pequeños dejan de importar porque no generan grandes inauguraciones ni fotografías de campaña. Y mientras tanto, en este rincón escondido de Colegiales, la fuente sigue sonando entre edificios silenciosos, como si intentara recordar una época en la que los vecinos todavía sentían que alguien escuchaba sus reclamos.