Argentina hizo temblar al mundo: remontó a Inglaterra y jugará otra final del Mundial

Argentina desafió todos los pronósticos, venció a Inglaterra con una remontada inolvidable y volvió a instalarse en la final del mundo

Cuando la derrota parecía escrita y el reloj avanzaba sin piedad, la Selección argentina encontró en su carácter, en el talento de sus figuras y en una convicción inquebrantable la fuerza necesaria para revertir una semifinal extraordinaria, derrotar 2-1 a Inglaterra y meterse, una vez más, en la gran final de un Mundial.

Hay victorias que se celebran durante una noche y hay victorias que quedan grabadas para siempre en la memoria de un pueblo. La que consiguió la Selección argentina frente a Inglaterra pertenece, sin ninguna duda, a este último grupo, porque fue una de esas actuaciones en las que el resultado termina siendo apenas una parte de una historia mucho más grande, construida con coraje, paciencia, personalidad y una confianza absoluta en que el partido podía cambiar hasta el último segundo.

Durante más de ochenta minutos, Inglaterra logró ejecutar casi a la perfección el plan que había diseñado Thomas Tuchel, controlando los espacios, reduciendo la influencia de Lionel Messi y aprovechando cada error argentino para acercarse al arco defendido por Emiliano Martínez, hasta que Anthony Gordon encontró el camino del gol al comienzo del segundo tiempo y pareció dejar a los ingleses con un pie en la final del Mundial.

A partir de ese momento, el partido cambió completamente de dueño, porque Argentina dejó de administrar energías y comenzó a jugar con la desesperación propia de los grandes equipos que se niegan a aceptar la derrota, adelantando todas sus líneas, recuperando la pelota cada vez más cerca del área rival y obligando a Jordan Pickford a transformarse, con una sucesión de atajadas extraordinarias, en el principal sostén de una selección inglesa que ya no conseguía salir de su propio campo.

Lionel Scaloni entendió que el encuentro exigía algo más que un buen funcionamiento táctico y decidió apostar por toda la jerarquía ofensiva que tenía disponible en el banco de suplentes, enviando a la cancha a Rodrigo De Paul, Nicolás González y Lautaro Martínez, tres futbolistas que modificaron el ritmo del equipo y aportaron la intensidad que necesitaba una Argentina lanzada completamente al ataque.

Mientras los minutos se consumían y la ansiedad comenzaba a multiplicarse tanto dentro como fuera del estadio, apareció Enzo Fernández para firmar una de esas obras que cambian el destino de los partidos importantes, sacando un remate formidable desde fuera del área que dejó sin posibilidades a Pickford y provocó una explosión de alivio, esperanza y emoción entre los miles de argentinos que habían acompañado al equipo en Atlanta y los millones que seguían el encuentro desde cada rincón del país.

El empate no conformó a una Selección que ya había recuperado el control emocional y futbolístico del partido, porque lejos de especular con el tiempo suplementario siguió atacando con una determinación admirable, convencida de que el golpe definitivo todavía estaba por llegar y de que Inglaterra comenzaba a sentir el enorme desgaste físico y psicológico que significaba resistir semejante presión.

Entonces apareció Lionel Messi, quien tal vez no había tenido el partido más brillante de su carrera, pero volvió a demostrar por qué los grandes futbolistas encuentran siempre el momento exacto para decidir una historia, levantando la cabeza en medio del área inglesa y enviando un centro perfecto que encontró a Lautaro Martínez elevándose por encima de todos para conectar un cabezazo inolvidable que terminó dentro del arco y convirtió el silencio en una explosión de felicidad imposible de describir.

Ese gol no significó únicamente la clasificación a una nueva final mundialista; representó también la confirmación del espíritu competitivo de un grupo que hace años viene acostumbrando al fútbol mundial a responder en los momentos de mayor exigencia, sosteniendo una identidad basada en la solidaridad, el sacrificio colectivo y la convicción de que ningún partido termina antes del pitazo final.

Desde las calles de Colegiales hasta cada barrio de la Ciudad de Buenos Aires, las bocinas comenzaron a sonar apenas el árbitro marcó el final del encuentro, mientras las camisetas celestes y blancas volvían a ocupar balcones, plazas, bares y esquinas, en una celebración espontánea que unió a generaciones enteras detrás de una Selección que volvió a regalar una de esas noches capaces de alimentar la memoria colectiva durante décadas.

Ahora el horizonte tiene un único destino. El próximo domingo, Argentina volverá a disputar una final del mundo frente a España con la posibilidad de conquistar la cuarta Copa del Mundo de su historia, defender el título obtenido en Qatar 2022 y seguir ampliando el legado de una generación que ya ocupa un lugar de privilegio entre las más grandes que vistieron la camiseta albiceleste.

Porque hay equipos que ganan partidos importantes. Y hay equipos que construyen epopeyas. Esta Selección volvió a demostrar que pertenece definitivamente a esa segunda categoría.

¿Dónde viviste esta remontada histórica? ¿Creés que este grupo ya se ganó un lugar junto a las grandes selecciones argentinas de 1978, 1986 y 2022?