Colegiales mira la Rosada: el miedo libertario al “arrepentido” que pueda prender el ventilador

En los cafés de Colegiales, entre programadores freelance, viejos radicales reciclados, peronistas silenciosos y vecinos que todavía miran la política como si fuese un partido largo y trabado, empezó a circular una pregunta incómoda: ¿qué pasa si uno de los libertarios habla?

Porque la historia argentina demuestra algo brutal y bastante repetido. El corrupto no suele caer solo. Cuando siente el olor del calabozo, primero niega todo, después se victimiza y finalmente negocia. Y ahí aparece la figura más temida por cualquier gobierno: el arrepentido.

En este contexto político cada vez más desordenado, el nombre que empieza a generar ruido interno es el de Manuel Adorni. No solamente por las sospechas alrededor de gastos incompatibles con sus ingresos oficiales, operaciones financieras y movimientos patrimoniales bajo análisis. También porque dentro del oficialismo ya existiría un temor silencioso a que el vocero presidencial termine buscando salvarse solo si la situación judicial se complica.

Y ahí aparece el verdadero pánico libertario.

Según comentan operadores políticos y judiciales en voz baja, Karina Milei sería una de las figuras más preocupadas por el avance de investigaciones y filtraciones. No por casualidad Adorni sigue siendo defendido con intensidad desde el núcleo duro presidencial. El problema no sería solamente político. Sería estructural. Porque si el vocero decidiera hablar ante fiscales federales o acogerse a alguna figura de colaboración judicial, podría comprometer a funcionarios, operadores y circuitos internos del Gobierno.

En la Casa Rosada ya no reina aquella estética épica del comienzo. Hoy, según describen distintos sectores políticos, lo que habría es paranoia, internas y una sensación de desconfianza permanente. Nadie sabe quién filtra, quién habla con periodistas, quién negocia con jueces o quién prepara la salida de emergencia.

Y el fantasma de Fernando de la Rúa empieza a sobrevolar otra vez los pasillos políticos argentinos. No necesariamente por una caída inmediata, sino por el clima psicológico. Ese momento donde el poder empieza a parecer frágil y donde todos empiezan a pensar primero en salvarse.

En Colegiales, barrio históricamente atravesado por clases medias politizadas y profesionales que siguen de cerca la economía y los movimientos judiciales, muchos recuerdan una vieja máxima porteña: “cuando un gobierno entra en modo supervivencia, empiezan los carpetazos”.

Por eso algunos interpretaron el reportaje reciente de Adorni con Alejandro Fantino como algo más que una entrevista. En ciertos sectores políticos se leyó como un mensaje indirecto. No dirigido al peronismo ni a la oposición, sino al sistema judicial. Un gesto de diferenciación personal. Una construcción narrativa para eventualmente mostrarse como alguien dispuesto a colaborar si las cosas se ponen realmente feas.

En otras palabras: empezar a despegarse antes de que el barco haga agua.

La hipótesis no surge de la nada. En Argentina sobran antecedentes de funcionarios que defendieron gobiernos hasta último momento y después terminaron declarando contra sus propios jefes políticos para reducir daños personales. La política nacional está llena de exsoldados que, frente al miedo de la cárcel, pasaron de custodiar secretos a escribir confesiones.

Mientras tanto, el contexto social tampoco ayuda al oficialismo. La CGT endurece posiciones, sectores empresariales toman distancia y hasta parte del círculo rojo que alguna vez celebró el experimento libertario empieza a mirar con preocupación la falta de orden político. El problema ya no sería solamente económico. Empieza a ser institucional.

Porque el poder real tolera muchas cosas: ajuste, recesión, violencia verbal y hasta caos mediático. Lo que no tolera es la sensación de descomposición interna.

Y eso es justamente lo que hoy empieza a respirarse.

En los bares sobre Federico Lacroze, en las mesas donde todavía se discute política con café frío y cara de cansancio, muchos sienten que el gobierno libertario entró en otra etapa. Una etapa donde el miedo ya no está solamente afuera, en la oposición o en la calle. El miedo ahora parece haberse metido adentro de la propia Casa Rosada.

Y cuando los gobiernos empiezan a tenerle miedo a sus propios funcionarios, la historia argentina suele ponerse peligrosa.

Colegiales Noticias como testigo barrial de una época donde los discursos anticasta chocaron contra la vieja tragedia nacional: funcionarios hablando de moral mientras alrededor empiezan a aparecer expedientes, sospechas y operaciones de supervivencia política.