Mientras la economía real se enfría en los barrios porteños
En los cafés de Colegiales ya no se habla solamente de fútbol, alquileres o del último local gourmet que abrió sobre Jorge Newbery. Ahora las conversaciones giran alrededor de otra cosa: la plata que no alcanza, las expensas que asfixian, los comercios vacíos y la sensación de que el modelo económico empezó a perder apoyo incluso entre quienes levantaban la bandera libertaria hace apenas unos meses.
El clima cambió. Y cambió rápido.
En un barrio históricamente de clase media trabajadora, mezclado entre productoras audiovisuales, edificios reciclados, jubilados de toda la vida y jóvenes profesionales que llegaron buscando “la nueva Palermo”, la bronca empezó a sentirse en la calle. En las colas de las panaderías, en los almacenes, en las paradas del 42 y del 93, y también en los grupos de consorcio donde las discusiones por las expensas parecen asambleas de guerra.
Porque mientras los mercados financieros celebran cierta estabilidad cambiaria y algunos indicadores muestran calma en la city, en la economía cotidiana el panorama es otro. Distintos informes económicos comenzaron a advertir sobre el freno de la actividad, la caída del consumo y el deterioro del humor social.
En Colegiales eso se traduce de manera brutal. Hay vecinos que dejaron de salir a comer afuera. Familias que suspendieron actividades extracurriculares de sus hijos. Comercios que ya no venden como antes. Y trabajadores freelance del sector audiovisual o tecnológico que empiezan a notar menos proyectos y pagos cada vez más demorados.
“Antes la gente compraba sin mirar tanto. Ahora preguntan el precio tres veces”, cuenta Marcelo, dueño de un pequeño almacén sobre Zabala. La frase parece simple, pero resume un fenómeno mucho más grande: el miedo.
El Gobierno todavía mantiene respaldo en ciertos sectores, especialmente entre quienes priorizan el orden macroeconómico o el control de la inflación. Pero incluso dentro de ese universo comenzaron a aparecer fisuras. Algunos votantes de Milei ya no hablan con entusiasmo. Hablan cansados. Y otros directamente hablan de decepción.
Las encuestas privadas muestran una caída sostenida en la aprobación presidencial y una suba importante del rechazo social.
La sensación de desgaste se potencia con otra realidad imposible de ocultar: el trabajo informal crece, las changas reemplazan empleos estables y el transporte se volvió un gasto feroz para miles de personas. Mientras en el AMBA caen pasajeros y frecuencias, las tarifas siguen subiendo y las empresas advierten sobre crisis profundas.
En Colegiales, donde muchísima gente depende del colectivo y del tren Mitre para moverse hacia el centro o la zona norte, el impacto es inmediato. Viajar ya no es barato. Comer tampoco. Vivir solo, menos.
Y después están las expensas. Ese monstruo silencioso que en Buenos Aires funciona casi como un segundo alquiler. Aunque algunos informes muestran una desaceleración en las subas, el promedio mensual sigue rondando cifras difíciles de sostener para gran parte de la clase media.
En edificios antiguos de Colegiales, muchos vecinos comenzaron a discutir reducción de horas de encargados, apagado de calefacciones centrales y recorte de gastos comunes. La palabra “morosidad” ya dejó de ser excepcional. Ahora aparece cada vez más en las reuniones de consorcio.
Hay algo que empieza a romperse cuando un barrio de tradición tranquila entra en estado de ansiedad económica.
Los bares siguen llenos algunos fines de semana, sí. Pero ya no se consume igual. Se comparte más. Se estira más el café. Se pide una sola cerveza entre dos. El porteño tiene esa vieja costumbre de resistir con dignidad estética. Aunque el Titanic se incline, igual se acomoda la bufanda y prende un cigarrillo mirando la lluvia desde el ventanal.
Pero debajo de esa postal todavía cool, Colegiales está nervioso.
Y el nerviosismo político ya se mezcla con agotamiento emocional.
Muchos vecinos sienten que el sacrificio prometido no termina nunca. Que el ajuste siempre cae sobre los mismos. Que la recuperación “ya viene” pero nunca dobla la esquina. Y ahí aparece el problema más peligroso para cualquier gobierno: la pérdida de esperanza.
Porque cuando la gente deja de creer, el humor social cambia de golpe. Y en Argentina eso nunca termina siendo un detalle menor.
Los viejos cafés del barrio ya vieron estas películas. Las vieron en los ‘90, en 2001, en las crisis cíclicas de una ciudad que siempre parece caminar entre la nostalgia europea y el desorden latinoamericano. Colegiales tiene memoria. Y cuando la memoria económica se activa, la paciencia suele durar poco.
Hoy, entre árboles húmedos, edificios reciclados y murales medio desteñidos, el barrio parece murmurar una misma frase por lo bajo: así no se puede seguir mucho tiempo más.
Y mientras algunos todavía defienden el rumbo económico con fe casi religiosa, otros ya empezaron a mirar el calendario electoral pensando que la historia podría empezar a cambiar antes de lo esperado.