Colegiales en emergencia social
En Colegiales ya no alcanza con mirar de reojo. La situación social dejó de ser una preocupación aislada para convertirse en una escena cotidiana que se repite en distintos puntos del barrio, con una crudeza que golpea de frente.
En la puerta de la Parroquia San Juan Bosco, sobre la calle Conde, la fila empieza antes de que caiga el sol. No es una excepción: es el nuevo ritual del hambre. Personas que esperan una vianda, algo caliente, algo que permita pasar la noche. Y lo que más inquieta no es la cantidad, sino quiénes están ahí.
La nueva cara del hambre
Vecinos de clase media, laburantes que quedaron a mitad de camino, jóvenes que no logran enganchar un ingreso estable. La escena ya no responde al estereotipo de la marginalidad estructural. Es otra cosa: es caída social en tiempo real.
A pocas cuadras, en Parroquia Nuestra Señora de la Merced, también se repite el movimiento. Bolsas con alimentos, donaciones, manos que ayudan. Pero la demanda crece más rápido que la capacidad de respuesta.
Fraga: el otro epicentro silencioso
En el eje de la calle Fraga, donde conviven viviendas, talleres y espacios de organización social, distintas casas de militancia y redes solidarias vienen sosteniendo lo que pueden. Allí funcionan comedores, merenderos y puntos de asistencia informal que intentan contener una situación que se desborda.
“Cada semana viene más gente. Y no es gente que estaba en la calle, es gente que cayó”, comenta un referente barrial que participa en una de estas redes sobre Fraga, cerca del cruce con Lacroze.
Lacroze: una postal que se volvió permanente
El cuadro más crudo aparece sobre la traza de la Estación Federico Lacroze y toda la Avenida Federico Lacroze. Ahí, donde circula la vida urbana a toda velocidad, hay otra realidad que avanza sin pausa.
Personas durmiendo en las veredas, colchones improvisados, frazadas apoyadas contra paredes, cuerpos refugiados bajo árboles o pegados a las rejas de plazas cercanas. De día intentan sostener cierta normalidad; de noche, la calle se vuelve dormitorio.
La escena no es aislada ni ocasional. Es constante. Y cada vez más visible.
Plazas ocupadas por la necesidad
En los alrededores de Plaza Mafalda y Plaza Juan José Paso, la situación se replica: personas que pasan el día bajo los árboles y la noche contra las rejas, buscando un mínimo resguardo.
El contraste es brutal. Adentro de la plaza, chicos jugando. Afuera, gente intentando sobrevivir.
Trabajo que no aparece, ingresos que no alcanzan
El denominador común es claro: falta de trabajo o ingresos que no alcanzan. En un barrio donde muchos viven de changas, servicios, gastronomía o aplicaciones, la caída de la actividad pega directo.
Hay listas de espera para entrar a plataformas de reparto, menos consumo en bares, menos movimiento en comercios. Y cuando la rueda se frena, el impacto baja en cascada.
Tensión con las fuerzas de seguridad
En este escenario, también aparecen denuncias y relatos de vecinos sobre situaciones de tensión con fuerzas de seguridad en operativos nocturnos. Algunas personas en situación de calle aseguran haber sido desplazadas o tratadas de forma violenta.
No hay una única versión ni un registro uniforme de estos hechos, pero el conflicto existe y suma otra capa a un problema que ya es complejo de por sí.
Un barrio que ya no puede mirar para otro lado
Lo que está pasando en Colegiales no es una percepción aislada ni una exageración. Es un proceso que se ve, se escucha y se siente en la calle. Iglesias desbordadas, redes solidarias al límite, plazas ocupadas y avenidas convertidas en refugio.
El barrio, que supo sostener cierta estabilidad incluso en momentos difíciles, hoy muestra signos de desgaste profundo.
Y la pregunta ya no es si esto está pasando, sino hasta dónde puede escalar si la economía real —la del laburo y el plato de comida— no encuentra una respuesta urgente.