Colegiales: el colectivo ya no es barato y el viaje cotidiano empieza a doler en serio

En el arranque de mayo, con el primer día hábil respirando en la nuca del vecino, se confirmó lo que muchos ya venían sintiendo en el bolsillo: moverse en colectivo por el barrio dejó de ser ese gasto menor que pasaba desapercibido. Hoy pesa. Y bastante.

Desde este lunes 4 de mayo, el boleto mínimo en la Ciudad de Buenos Aires trepó a $753,86, mientras que en Provincia arrancó en $918,35. El subte, por su parte, se fue a $1.490,36. No es un ajuste más: es otro escalón en una escalera que no para de subir.

En Colegiales, donde el colectivo es casi una extensión del cuerpo —para ir al laburo, a estudiar, a hacer las compras o simplemente cruzar el barrio—, el impacto es directo. Líneas como las que pasan por Avenida Federico Lacroze o bordean Avenida Cabildo se convirtieron en testigos diarios de una escena repetida: pasajeros contando monedas, mirando el saldo de la SUBE con resignación, o directamente optando por no viajar.

Porque el dato no es menor: el uso del transporte cayó fuerte. Un 11% en marzo y un 21% en abril. No es que la gente se volvió más caminadora de golpe. Es que no alcanza.

El sistema, además, ya no tiene freno. La fórmula es clara y automática: inflación más dos puntos. Es decir, cada mes, un empujón extra. Un mecanismo frío, técnico, pero que en la calle se traduce en algo muy concreto: cada viaje cuesta más que el anterior, sin respiro.

Mientras tanto, el transporte sigue siendo uno de los rubros que más presión mete en la economía diaria. En marzo, una familia tipo del AMBA destinó más de $101.000 solo para moverse. Una cifra que, para muchos hogares de Colegiales, ya compite directamente con la comida o el alquiler.

Y ahí aparece la postal incómoda del barrio: gente que empieza a caminar más cuadras de las que quisiera, pibes que combinan menos, laburantes que ajustan horarios para evitar trasbordos. El viaje ya no es solo un traslado, es una decisión económica.

En las paradas, la charla es siempre la misma. El kiosquero que escucha todo, el chofer que ya ni comenta, la vecina que calcula cuánto le cuesta ir y volver todos los días. El colectivo sigue pasando, sí. Pero cada vez con menos margen para el que se sube.

La pregunta que flota —como ese bondi que tarda y tarda— es simple y pesada: ¿hasta cuándo se puede sostener esto sin que el sistema empiece a vaciarse del todo? Porque cuando viajar se vuelve un lujo, la ciudad empieza a achicarse. Y el barrio también.