El Malba celebra 25 años con una muestra

Reescribe el mapa del arte latinoamericano

En una ciudad que respira cultura pero a veces la da por sentada, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires vuelve a patear el tablero con una de esas muestras que no son solo exposición: son declaración. A partir del 1° de mayo, el museo inaugura “Latinoamérica en expansión”, una revisión potente de su colección en el marco de sus 25 años, con unas 150 obras que trazan un recorrido ambicioso por el arte de la región.

La muestra no es un simple “greatest hits”. Es más bien un mapa en movimiento. Curada por María Amalia García, Alejandra Aguado y Nancy Rojas, propone un viaje que arranca en 1900 y se mete de lleno en las tensiones, búsquedas y rupturas que definieron al arte latinoamericano hasta los años 70. Diez núcleos temáticos organizan el recorrido, con nombres que ya son historia viva: “Manifestación”, “Abaporu”, “Relieve espacial” o “Continuidad lumínica”. Cada uno funciona como una puerta de entrada a distintas formas de pensar la identidad regional.

Acá no hay timidez. Aparecen pesos pesados que construyeron el ADN visual de América Latina: Frida Kahlo, Diego Rivera, Tarsila do Amaral, Xul Solar, Antonio Berni. Y al mismo tiempo, se suma una camada clave de artistas vinculados a la experimentación y la abstracción, como Lygia Clark, Hélio Oiticica o Julio Le Parc, incorporados tras la adquisición de la Colección Daros Latinamerica.

El hilo conceptual que atraviesa todo tiene nombre raro pero idea filosa: “antropofagia”. No, no es literal. Es el concepto que planteó Oswald de Andrade, donde América Latina “devora” la cultura europea para reinterpretarla con identidad propia. Traducido al llano: dejamos de copiar y empezamos a crear desde lo que somos. Y eso, en un museo como el Malba, pega distinto.

Detrás de todo esto aparece la figura de Eduardo Costantini, fundador del museo, que no solo presta obras de su colección privada sino que además empuja una expansión física del edificio, con un proyecto subterráneo bajo Plaza Perú. No es casualidad: el museo está creciendo, y esta muestra funciona como una especie de manifiesto de esa nueva etapa.

Para el público de Colegiales —que está a un par de estaciones o una caminata larga con café de por medio— la propuesta es clara: vale la pena cruzar el barrio. Porque esto no es solo arte colgado en una pared. Es historia, identidad y discusión. Es ver cómo una región se pensó a sí misma mientras el mundo la miraba de reojo.

Y ojo, porque no termina en mayo. Desde el 18 de septiembre se suma una segunda etapa en otra sala, enfocada en obras desde los años 60 en adelante, extendiendo la muestra hasta febrero de 2027. O sea: esto recién arranca.

Mientras tanto, el Malba arma un calendario paralelo con seminarios, conciertos, talleres y una gala aniversario. Todo en modo celebración, pero con contenido de fondo.

Ahora bien, la pregunta incómoda —pero necesaria—: ¿vamos a seguir consumiendo arte como turistas en nuestra propia ciudad, o vamos a empezar a apropiarnos de estos espacios como parte de nuestra vida cotidiana? Porque si el arte latinoamericano aprendió a devorar influencias para reinventarse, tal vez nosotros tengamos que hacer lo mismo con nuestra propia cultura.

Colegiales queda cerca. La excusa ya está.