En una Buenos Aires que mezcla nostalgia con marketing, el paso de Franco Colapinto por Palermo dejó una postal tan potente como incómoda: medio millón de personas mirando un Fórmula 1 rugir por las calles… sin que haya detrás una victoria que lo respalde en la máxima categoría. La escena fue más espectáculo que deporte, más branding que competencia, más promesa que presente.
El evento, montado como un “road show” internacional, tuvo todos los condimentos de una gran producción: circuito callejero, autos históricos, transmisión en plataformas y una logística que paralizó la zona de Libertador, Sarmiento y los Bosques de Palermo. Colapinto giró con un Lotus E20 de 2012 con motor Renault V8 —una máquina que supo manejar gente pesada como Kimi Räikkönen— y también se subió a la mítica Flecha de Plata que inmortalizó a Juan Manuel Fangio. Todo impecable. Todo perfecto. Todo ajeno al presente real de la Fórmula 1.
Porque acá está el punto que muchos evitan: Colapinto no ganó nada en la Fórmula 1. Ni carreras, ni podios, ni campeonatos. Su historia fuerte viene del karting, donde sí supo destacarse, y de las categorías formativas europeas, donde mostró talento, pero todavía no logró consolidarse como una figura competitiva en la elite. Y sin embargo, el aparato publicitario lo coloca como si ya fuera parte del olimpo.
El país, otra vez, parece enamorarse de la promesa antes que del resultado. Se celebra la posibilidad como si fuera realidad. Se arma una fiesta por lo que podría ser, no por lo que es. Y ahí aparece esa vieja contradicción argentina: necesitamos héroes, aunque todavía no hayan ganado la batalla.
El cronograma del evento fue quirúrgico: cuatro salidas a pista, vueltas de exhibición de unos 20 minutos cada una, maniobras de show —las famosas “donas”— y un cierre en micro descapotable. Todo pensado para la foto, para el video, para el clip que recorre redes sociales. Pero no para la tabla de posiciones.
Y sin embargo, hay algo que no se puede negar: el pibe genera. Convoca. Mueve gente. Despierta algo. En una Argentina golpeada, donde el deporte muchas veces es el último refugio emocional, eso pesa. No es poco. Pero tampoco es suficiente.
La comparación, inevitable, duele. Fangio no necesitaba marketing: necesitaba pista. Ganaba. Dominaba. Era respetado por lo que hacía con el auto, no por la campaña que lo rodeaba. Hoy el orden parece invertido.
Entonces la pregunta queda flotando, como ese sonido metálico del V8 que se pierde entre los árboles de Palermo: ¿estamos construyendo un piloto… o un producto?
Colegiales mira esto de reojo, con ese olfato barrial que distingue lo auténtico de lo armado. Porque el talento está, nadie lo discute. Pero en la Fórmula 1, como en la vida, el cartel se paga con resultados. Y ahí, todavía, hay una deuda abierta.