El nieto gorila de la universidad pública

La extraña rebelión del pibe que estudió gratis y ahora quiere cerrar la puerta

En Colegiales todavía sobreviven esas mesas familiares donde el abuelo te cuenta cómo llegó a médico gracias a la UBA, donde la tía se recibió de psicóloga viajando dos horas en tren, donde el viejo terminó ingeniería mientras trabajaba en una fábrica y donde la prima estudia arquitectura compartiendo apuntes fotocopiados y café recalentado. Historias normales en la Argentina. Historias públicas. Historias colectivas.

Pero algo raro empezó a pasar en muchos hogares del barrio. En el mismo comedor donde durante décadas se celebró el ascenso social gracias a la educación pública, apareció un nuevo personaje: el renacuajo liberalizado por TikTok, podcasts de criptobros y videos de economistas gritones que descubrió, mágicamente, que “la universidad pública es un curro”.

Y ahí arranca una de las contradicciones más delirantes de la Argentina moderna.

Porque ese muchacho que hoy repite discursos contra “los impuestos que mantienen vagos” probablemente nació en un hospital público, se vacunó gratis, fue a una escuela estatal y vive en una familia donde absolutamente todos crecieron gracias al Estado que ahora desprecia. El abuelo abogado de la UBA. El padre contador de Económicas. El tío veterinario de Casilda. La madre docente formada en un profesorado público. Todos construyeron una vida apoyados en una estructura colectiva que permitió que millones de argentinos pudieran estudiar aunque no tuvieran apellido de country ni cuenta bancaria offshore.

Colegiales conoce bien esa historia.

El barrio creció entre talleres ferroviarios, casas bajas, clubes sociales y familias trabajadoras que soñaban con que el hijo “sea alguien”. Y durante décadas, “ser alguien” en la Argentina significó estudiar. La universidad pública era el puente invisible entre la clase media humilde y una vida mejor. No era un lujo europeo. Era una herramienta concreta para escaparle al laburo explotador, al patrón abusivo o a la miseria hereditaria.

Por eso resulta tan llamativo el fenómeno actual: hijos y nietos de generaciones enteras educadas gratuitamente ahora repiten, con una mezcla de soberbia y desconocimiento histórico, que cada uno debería “pagarse lo suyo”.

Como si hubieran salido de un repollo financiero de Miami.

La escena se repite en bares del barrio, en sobremesas familiares y hasta en grupos de WhatsApp: el abuelo recuerda las noches estudiando Derecho en una pensión mientras el nieto, que jamás pisó una fábrica ni tomó un tren a las cinco de la mañana, explica que “el mercado acomoda todo solo”.

Hay algo profundamente argentino y tragicómico en esa postal.

Porque incluso los sectores más antiperonistas, más conservadores o más gorilas de la Ciudad de Buenos Aires mandaron históricamente a sus hijos a la UBA. La universidad pública nunca fue solamente de izquierda. Fue el gran pacto social argentino. Un acuerdo silencioso donde el hijo del portero y el hijo del comerciante podían compartir aula.

Y eso generó algo incómodo para ciertos sectores de poder: movilidad social.

La universidad pública argentina produjo médicos reconocidos mundialmente, premios Nobel, científicos, ingenieros y artistas sin necesidad de convertir el conocimiento en una mercancía inaccesible. Mientras en otros países una carrera universitaria podía hipotecarte de por vida, acá un pibe de Colegiales podía estudiar medicina pagando apenas fotocopias y viáticos.

Claro que el sistema tiene problemas. Burocracia, estructuras viejas, militancia excesiva en algunos espacios y carreras eternas. Pero destruirlo porque tiene defectos sería como prender fuego el Café Tortoni porque una silla está rota.

El problema de fondo quizás sea otro: hay una generación criada en un individualismo feroz, bombardeada por influencers que convierten la política en memes y la economía en slogans vacíos. Una generación donde algunos creen que todo logro es puramente individual, olvidando que crecieron sostenidos por décadas de inversión pública hecha por sus propios padres y abuelos.

Entonces aparece la paradoja perfecta del liberal urbano porteño: odia el Estado pero vive sobre una montaña de derechos construidos por el Estado. Critica la universidad pública mientras exhibe orgulloso el título universitario familiar colgado en el living. Se ríe del “zurdo universitario” pero llama al SAME cuando tiene una emergencia.

Y mientras tanto, las universidades públicas siguen llenas.

Llenas de hijos de laburantes. De pibes que viajan desde el conurbano. De estudiantes que trabajan de día y cursan de noche. De familias enteras que todavía creen que estudiar vale la pena aunque el país parezca incendiarse cada dos años.

Quizás por eso la discusión genera tanta tensión emocional. Porque no se discute solamente presupuesto. Se discute memoria. Se discute gratitud histórica. Se discute si una sociedad quiere seguir dejando abierta la puerta de ascenso social o empezar a cerrarla lentamente mientras convence a los propios beneficiados de que nunca la necesitaron.

Y en barrios como Colegiales, donde conviven el viejo almacén, la birrería cool, el jubilado ferroviario y el programador libertario de café de especialidad, esa contradicción se vuelve casi una escena costumbrista porteña.

El abuelo mira al nieto y no entiende nada.

El nieto mira al abuelo y cree que descubrió el capitalismo ayer a la tarde.

Y la universidad pública, mientras tanto, sigue ahí. Aguantando otro round de la eterna pelea argentina.