En Colegiales ya empiezan a mirar raro el caso Adorni

En los bares de Colegiales, entre un cortado lavado y una medialuna cada vez más cara, empezó a escucharse una frase que hace unos meses parecía imposible: “Che… ¿y si estos también eran casta?”. La pregunta circula bajito, casi con vergüenza, porque durante mucho tiempo Manuel Adorni fue vendido como el vocero impoluto de una revolución moral contra los privilegios políticos. Pero la realidad argentina tiene esa costumbre brutal de limarle el maquillaje a los personajes mediáticos.

Ahora la fiscalía avanza con un requerimiento formal para que el jefe de Gabinete justifique sus bienes en una causa por presunto enriquecimiento ilícito. Y aunque todavía no haya condenas ni definiciones judiciales, el golpe político ya empezó. Porque una cosa es gritar contra la corrupción desde un atril televisivo y otra muy distinta es tener que explicar papeles, cuentas y patrimonio frente a fiscales.

En Colegiales el humor social cambió. El vecino que antes repetía clips libertarios como si fueran goles del Mundial ahora empieza a mirar la boleta del supermercado, el alquiler, la prepaga y la tarjeta de crédito. Y cuando aparece una investigación judicial sobre uno de los funcionarios más soberbios del oficialismo, algo hace ruido.

No es solamente un expediente. Es el derrumbe de una estética política basada en señalar al otro como ladrón serial mientras se prometía pureza absoluta. El problema de construir santos es que después cualquier mancha se transforma en escándalo.

Muchos vecinos recuerdan que el discurso libertario llegó prometiendo terminar con los privilegios, bajar el gasto político y vivir como ciudadanos comunes. Pero la sensación en gran parte de la clase media porteña es otra: ajuste para abajo, beneficios para arriba y funcionarios que cada vez se parecen más a aquello que juraban combatir.

La bronca crece especialmente entre comerciantes, laburantes independientes y jóvenes profesionales del barrio que apostaron al cambio esperando una modernización seria del país y terminaron viendo peleas mediáticas, operaciones políticas y una inflación emocional permanente. Porque el agotamiento ya no es solamente económico: es mental.

Y ahí aparece otro fenómeno muy porteño. El desencanto. Ese momento donde el votante deja de militar y empieza a observar. En Argentina, cuando el ciudadano pasa de fanático a observador, la política entra en peligro.

La causa judicial todavía está en etapa preliminar, sí. Pero el daño simbólico ya arrancó. En una ciudad donde la credibilidad vale más que cualquier cadena nacional, el caso Adorni empieza a perforar algo más delicado que un expediente: la fe de sus propios votantes.

En Colegiales, mientras tanto, algunos ya resumen toda la situación con una frase brutal y bastante porteña:

“Nos avivamos tarde… pero nos avivamos.”