Vuelve a dejar a Colegiales mirando desde afuera
Mientras en Colegiales hay veredas rotas, alquileres imposibles, comerciantes fundidos y vecinos que todavía esperan una solución seria para la inseguridad y el caos urbano, en la Legislatura porteña se cocinó otro acuerdo entre el PRO y La Libertad Avanza. Un pacto de esos que en campaña se niegan, pero cuando hay que salvar cajas, cargos y poder, aparecen como por arte de magia.
Jorge Macri consiguió que le aprobaran una ampliación del Presupuesto 2026 gracias a la ayuda libertaria. No votaron a favor. Tampoco en contra. Se abstuvieron. El viejo truco parlamentario porteño: “no te abrazo, pero tampoco te dejo caer”. Una especie de matrimonio tóxico entre el PRO y los libertarios, donde se insultan por televisión y después se acomodan los votos en la Legislatura como dos socios de consorcio discutiendo por WhatsApp.
La escena tiene algo profundamente porteño. Mucho acting, mucha pelea de redes sociales, pero cuando aparece el poder real, todos terminan sentados en la misma mesa. Silvia Lospennato negociando con La Libertad Avanza. Pilar Ramírez tensando hasta último momento. Waldo Wolff defendiendo el aumento de partidas. Y Jorge Macri respirando aliviado porque evitó una derrota política enorme.
Mientras tanto, ¿qué pasa en barrios como Colegiales?
Pasa que cada vez hay menos identidad barrial y más negocio inmobiliario. Más torres y menos árboles. Más delivery y menos almacenes históricos. Más oficinas vacías y menos cultura barrial. El vecino común siente que la política porteña vive en una dimensión paralela donde las discusiones pasan por el RIGI, el RIMI y los equilibrios parlamentarios, mientras la vida cotidiana se vuelve más cara, más fría y más solitaria.
Lo más curioso es cómo el PRO terminó dependiendo de los libertarios para sostener la gobernabilidad. Ese partido que durante años habló de “institucionalidad”, “republicanismo” y “gestión profesional”, hoy necesita que los mismos libertarios que dinamitan consensos le salven votaciones clave. Y del otro lado, Milei y Adorni necesitan al PRO porque solos todavía no logran construir estructura real en la Ciudad.
Es un pacto de supervivencia mutua.
La abstención libertaria permitió aprobar un aumento presupuestario del 15,5%, argumentado por la inflación y el desfase económico nacional. Pero muchos opositores denunciaron que los números reales quedarían incluso por debajo de la inflación estimada para este año.
En criollo: más plata circulando, pero con menos capacidad real de resolver problemas.
Y ahí aparece la gran pregunta porteña que nadie quiere responder: ¿por qué Buenos Aires recauda cada vez más y aun así la sensación urbana empeora?
Colegiales lo siente todos los días. Calles detonadas. Tránsito imposible. Espacios públicos saturados. Jóvenes que no pueden alquilar. Comercios históricos que desaparecen. Y una política obsesionada con el marketing.
Porque el problema ya no es solamente económico. Es cultural.
La Ciudad dejó de pensarse como comunidad y empezó a pensarse como producto financiero. El vecino pasó a ser cliente. El barrio pasó a ser “zona de desarrollo”. Y la identidad porteña quedó atrapada entre renders inmobiliarios y discursos de TikTok.
Mientras tanto, el pacto PRO–LLA sigue avanzando aunque públicamente se peleen por el subte, por Patricia Bullrich o por quién se saca primero la foto con Milei.
En el fondo, todos saben algo: separados pueden perder la Ciudad. Unidos pueden conservar el negocio político un tiempo más.
La pregunta es cuánto aguanta el humor social antes de que la bronca cotidiana deje de expresarse solamente en Twitter y empiece a sentirse de verdad en la calle.