En Colegiales ya no se escucha “Javier Milei”: ahora se escucha “che, no llego a fin de mes”

Por Colegiales Noticias

Hace un año, en Colegiales, Javier Milei era tema obligado en cualquier mesa de café. En los bares de Lacroze, en las esquinas de Elcano, en las veredas de Crámer o tomando mate en Plaza Mafalda, muchos vecinos hablaban del libertario como si fuera una especie de último cartucho contra todo lo que venía fallando en la Argentina. Había entusiasmo genuino. Gente cansada de pagar impuestos, de remar siempre en dulce de leche y de ver cómo el sueldo se evaporaba antes del día diez. Pero algo empezó a cambiar en el barrio y ya no se disimula tanto.

Ahora las conversaciones son otras. Mucho más terrenales. Mucho más ásperas. “Me vino ciento veinte lucas de luz”, dice uno mientras espera el café. “La prepaga me mató”, responde otro. “El dueño me quiere aumentar el alquiler otra vez”, agrega una chica que trabaja en marketing y vive cerca de la estación Colegiales. Nadie habla de teoría austríaca ni de la dolarización. La charla bajó a tierra. Bajó al bolsillo. Bajó a la heladera. Y mientras eso pasa, en la televisión aparecen dirigentes libertarios peleándose entre ellos como si estuvieran atrapados en una guerra de egos interminable.

Diego tiene 39 años, vive sobre Amenábar y no tiene problema en admitir que votó a Milei. Dice que estaba podrido de todos los gobiernos anteriores y que sentía que hacía falta alguien que pateara el tablero. Pero mientras fuma sentado en un banco de Plaza San Miguel de Garicoits, reconoce que ya no siente el mismo entusiasmo. “Yo lo voté convencido, eh. No me hago el boludo. Pero hermano, esto ya parece un conventillo. Todos contra todos, operaciones, cuentas falsas, peleas internas y nosotros mientras tanto haciendo malabares para pagar las cuentas. Ya cansa.”

En los últimos días, muchos vecinos del barrio siguieron el escándalo de la cuenta “Periodista Rufus”, supuestamente vinculada al entorno de Martín Menem. Los mensajes filtrados, las acusaciones internas y los cruces entre sectores del propio Gobierno empezaron a generar ruido incluso entre votantes libertarios bastante duros. Las frases que circularon en redes y televisión pegaron fuerte porque parecían describir un oficialismo completamente desordenado. “Todos se espían entre todos”, decía uno de los mensajes. “Gobiernan con trolls”, decía otro. Y más de uno en Colegiales empezó a pensar que eso ya no sonaba exagerado.

Mariana atiende un local de ropa sobre Alvarez Thomas y cuenta que al principio defendía todas las medidas del Gobierno. “Yo decía ‘hay que aguantar’, ‘hay que darle tiempo’. Pero llega un momento donde el cuerpo no te da más. Trabajo más horas que antes, vendo menos y vivo ajustada todo el tiempo. Y mientras tanto los tipos se pelean entre ellos en Twitter. Parecen adolescentes.” Mientras acomoda unas camperas en la vidriera, mira para la calle y remata: “La verdad, ya no sé qué pensar.”

En las cuadras cercanas a Federico Lacroze el clima también cambió. Antes era común escuchar discusiones larguísimas sobre economía, inflación o el Banco Central. Ahora la mayoría habla de otra cosa. De cómo compartir gastos. De amigos que se mudaron porque no podían sostener el alquiler. De vecinos que dejaron la prepaga. De gente que directamente volvió a vivir con los padres. “La libertad no me bajó el alquiler”, dice Lucas, programador freelance de 31 años, mientras espera un pedido en una rotisería de Moldes. “Todo bien con los discursos, pero yo necesito vivir. Y vivir acá se está haciendo imposible.”

El desencanto no aparece como bronca organizada ni como militancia opositora. Se parece más a una especie de cansancio silencioso. A esa sensación porteña de empezar a descreer sin hacer demasiado ruido. Don Ernesto, jubilado y vecino histórico del barrio, lo resume sentado bajo un árbol en Plaza Mafalda mientras mira pasar gente con bolsas del supermercado. “Estos muchachos venían a terminar con la casta y terminaron haciendo política argentina clásica: internas, puterío, operaciones y peleas por poder. Cambiaron el decorado, nomás.”

Lo curioso es que Colegiales había sido uno de los lugares donde Milei mejor conectó con sectores jóvenes y profesionales. Diseñadores, programadores, monotributistas, gente del mundo digital y trabajadores independientes veían en el libertario una salida distinta. Había algo de rebeldía moderna en ese voto. Algo de hartazgo. Pero ahora el barrio parece entrar en otra etapa. Más fría. Más escéptica. Más golpeada por la realidad cotidiana que por las discusiones ideológicas.

A la noche, cuando baja el ruido del tránsito y los trenes siguen pasando detrás de la estación, queda una sensación rara flotando en el aire del barrio. No hay épica. No hay revolución. No hay grandes discusiones intelectuales. Hay vecinos haciendo cuentas en la mesa de la cocina. Gente viendo cómo estirar el sueldo unos días más. Pibes pensando si podrán seguir alquilando en Colegiales el año que viene. Y una frase que empieza a repetirse cada vez más seguido entre café y café:

“Che… al final estos también eran políticos normales.”