Colegiales siente el golpe feroz del costo de vida

Ya no alcanza ni para viajar: y la bronca empieza a crecer

A las siete menos cuarto de la mañana, sobre Federico Lacroze, un hombre de campera azul revisa el saldo de la SUBE antes de subir al colectivo. Mira el celular, suspira y vuelve a guardar la tarjeta como quien protege las últimas fichas de un casino en ruinas. Atrás suyo, una señora comenta que el viaje ya sale más caro que el almuerzo de hace un año. Nadie se ríe. Nadie exagera. En Colegiales, la sensación de que vivir se volvió un lujo dejó de ser una idea política y empezó a sentirse en las piernas cansadas de la gente que combina bondi, tren y subte para sostener trabajos que cada vez alcanzan menos.

Los últimos datos sobre el transporte y la canasta de servicios públicos cayeron sobre el barrio como una boleta de gas en pleno invierno. Hoy, una familia del AMBA puede gastar más de 153 mil pesos por mes solamente para viajar si dos personas combinan transporte público para ir y volver del trabajo. Y a eso hay que sumarle luz, agua, gas, alquiler, comida, expensas, medicamentos y todas esas pequeñas tragedias silenciosas que aparecen cuando llega el resumen de la tarjeta y el sueldo ya desapareció antes del día diez.

En Colegiales, donde todavía sobreviven casas bajas, almacenes viejos y vecinos que se conocen por el nombre del perro, la crisis empezó a sentirse en los detalles mínimos. Hay menos pedidos en las rotiserías, menos bolsas en las verdulerías y menos mesas ocupadas en los bares de Conde y Dorrego. La plata ya no circula igual. La gente piensa dos veces antes de comprar cualquier cosa. Incluso un café. Incluso un viaje corto en subte.

“Yo antes salía de casa sin pensar cuánto tenía cargado en la SUBE. Ahora la reviso como si fuera una cuenta bancaria”, cuenta Verónica, docente de primaria que vive cerca de Plaza Mafalda y trabaja en una escuela de Flores. “Entre el colectivo, el subte y los aumentos de todo, siento que trabajo solamente para moverme de un lado al otro. Encima llegás agotada y todavía tenés que pensar cómo pagar la luz y el gas”.

El golpe más fuerte aparece justamente ahí, en la acumulación. Porque el transporte dejó de ser el único problema. Según los últimos informes, la canasta de servicios públicos ya ronda los 250 mil pesos mensuales para una familia promedio del AMBA. Y mientras el gobierno de Javier Milei habla de equilibrio fiscal y orden macroeconómico, en los barrios la economía cotidiana parece una carrera de obstáculos organizada por un enemigo personal de la clase media.

Sobre Crámer, a media mañana, un kiosquero acomoda paquetes de galletitas mientras mira una avenida bastante más vacía que hace unos meses. “La gente ya no compra por gusto. Compra por necesidad y lo mínimo indispensable”, dice Marcelo, que atiende hace quince años en la misma esquina. “Antes alguien esperaba el colectivo y se llevaba una gaseosa, una revista, unos caramelos. Ahora preguntan precios y siguen caminando. Hay días que parece que todos están cuidando las últimas monedas”.

En el barrio también empezó a cambiar el humor social. Ya no se habla solamente de política. Se habla de cansancio. De agotamiento mental. De vecinos que hacen cuentas en voz alta en la fila del supermercado o de jubilados que directamente dejaron de usar el subte porque no pueden pagarlo varias veces por semana. Colegiales, que siempre tuvo algo de oasis tranquilo entre Palermo y Belgrano, empezó a sentir el mismo desgaste que atraviesa toda la Ciudad.

“Yo voté a Milei porque pensé que venía a ordenar el desastre, pero hermano, no puede ser que viajar salga una fortuna y encima el sueldo no alcance para nada”, dice Ricardo, empleado administrativo que toma el tren Mitre todos los días desde Colegiales hasta Retiro. “El problema no es solamente la inflación. El problema es que te están vaciando el bolsillo por todos lados al mismo tiempo”.

La estación Colegiales se convirtió en una especie de termómetro social involuntario. Ahí se escuchan conversaciones que parecen sacadas de un grupo de terapia económica colectiva. Un pibe habla de dejar la facultad nocturna porque no puede pagar tantos viajes. Una señora cuenta que volvió a cocinar todo en una sola olla para ahorrar gas. Un hombre dice que dejó de visitar a la madre más seguido porque cada viaje suma gastos que ya no puede afrontar tan fácil.

“El otro día cargué veinte mil pesos en la SUBE y me duró nada. Nada”, comenta Lorena, empleada de comercio que vive sobre Aguilar y trabaja en Microcentro. “Lo peor es que ya ni siquiera te sorprende. Uno se acostumbra a vivir preocupado. Eso es lo más triste”.

En las inmobiliarias del barrio ya reconocen que muchas familias están empezando a mudarse más lejos o a compartir departamentos para dividir gastos. La famosa idea de independencia porteña empezó a romperse en pedazos frente a tarifas que aumentaron un 800 por ciento desde diciembre de 2023. Y mientras algunos economistas celebran los números fiscales, en Colegiales hay vecinos apagando estufas para no desmayarse cuando llegue la próxima factura.

“A mí lo que más me preocupa es el desgaste psicológico”, dice Patricia, jubilada que vive sola cerca de Zabala. “Porque no es solamente la plata. Es levantarte todos los días pensando qué vas a dejar de pagar primero. Vivís negociando con la realidad. Eso enferma a cualquiera”.

En los cafés sobre Elcano todavía quedan mesas ocupadas y laptops abiertas de programadores freelancers, pero incluso ahí empezó a filtrarse la tensión económica. Los mozos cuentan que las propinas bajaron muchísimo y que mucha gente se queda más tiempo consumiendo menos. El barrio conserva su estética amable, sus árboles y su aire residencial, pero abajo de esa postal ya circula otra cosa.

“Hay mucha bronca contenida”, dice Ariel, dueño de una ferretería vieja cerca de Álvarez Thomas. “Porque la gente aguanta, aguanta y aguanta… hasta que un día se cansa. Y yo noto que cada vez hay menos paciencia”.

La sensación de deterioro también se percibe de noche. Hay menos movimiento. Menos cenas improvisadas. Menos taxis. Menos vida social espontánea. Buenos Aires empieza a parecer una ciudad donde todo se calcula antes de hacerse. Y cuando eso pasa, algo profundo se rompe en la identidad porteña.

“Mi hija me pidió ir al cine y tuve que decirle que esperemos al mes que viene”, cuenta Sebastián, vecino de Palpa. “Parece una pavada, pero te parte al medio sentir que laburás todo el día y aun así tenés que postergar cosas básicas”.

Colegiales todavía resiste con sus plazas, sus árboles enormes y sus rincones silenciosos entre avenidas agitadas. Pero en las conversaciones de almacén, en las colas del colectivo y en las caras largas de la estación ya empezó a instalarse una idea peligrosa: la de que el esfuerzo dejó de garantizar tranquilidad.

Y cuando un barrio trabajador empieza a sentir que ya no alcanza con levantarse temprano y hacer las cosas bien, el problema deja de ser solamente económico. Se vuelve humano. Y también profundamente político.