La espalda de los Silos de Dorrego: del tren cerealero a los lofts de Concepción Arenal

En la esquina de Concepción Arenal y Zapiola, las antiguas vías, los volúmenes curvos y la estructura industrial cuentan cómo un molino harinero se convirtió en uno de los primeros grandes complejos de lofts de Buenos Aires.

Desde la esquina de Concepción Arenal y Zapiola —el nombre oficial de la calle se escribe con “Z”— aparece una de las caras menos fotografiadas de los Silos de Dorrego. No es la fachada monumental de ladrillos que mira hacia la avenida Dorrego, sino la parte posterior del conjunto: balcones circulares, grandes paños vidriados, chimeneas, terrazas, vegetación y un patio interior donde todavía sobreviven tramos de las antiguas vías ferroviarias.

La imagen permite comprender que no se trata de un edificio residencial corriente. Sus curvas, desniveles y enormes alturas interiores provienen de una arquitectura que originalmente no fue pensada para vivir, sino para recibir cereales, almacenarlos, molerlos y despachar harina. Donde hoy hay dormitorios, escritorios, jardines y una cancha deportiva, durante buena parte del siglo XX hubo vagones, operarios, depósitos y maquinaria.

El Molino Buenos Aires de la familia Minetti

La historia comenzó alrededor de 1920, cuando la firma Minetti y Compañía inició la construcción del denominado Molino Buenos Aires. El primer cuerpo industrial y los silos comenzaron a funcionar entre 1921 y 1922, mientras que una segunda etapa, levantada hacia 1927, incorporó otro edificio y una nueva batería de depósitos.

La planta pertenecía a la familia Minetti, de origen piamontés, que había llegado a la Argentina durante el siglo XIX y desarrollado una importante actividad molinera. El establecimiento de Colegiales producía harina y estuvo vinculado también con los conocidos fideos Letizia, cuyo nombre habría homenajeado a una hija de la familia fundadora.

El molino ocupaba prácticamente toda la manzana delimitada por Dorrego, Zapiola, Concepción Arenal y Conesa. De allí proviene la impresión actual de estar frente a dos conjuntos diferentes: la fábrica se había desarrollado por etapas, con cuerpos de molienda, edificios administrativos y baterías de silos con formas y funciones distintas. Después de la reconversión también existieron sectores y unidades sometidos a diferentes administraciones y dominios, pero arquitectónicamente forman parte de una misma historia industrial.

La inauguración formal del molino se produjo el 23 de abril de 1922 y contó, según los registros históricos recogidos por investigadores barriales, con la presencia de Marcelo Torcuato de Alvear. El establecimiento funcionó durante cerca de seis décadas, hasta que su actividad fue desmantelándose alrededor de 1980.

Las vías que todavía entran al edificio

La ubicación no fue casual. A comienzos del siglo XX, el Bajo Colegiales era una extensa zona ferroviaria e industrial. Por allí pasaban ramales de cargas que comunicaban el Ferrocarril Central Argentino —posteriormente Ferrocarril Mitre— con el Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico, actual San Martín.

Un desvío se desprendía de la línea ferroviaria entre las estaciones Colegiales y Tres de Febrero, antes de que existiera la estación Ministro Carranza. Los vagones ingresaban directamente al molino para descargar trigo y retirar harina y otros productos. El mismo sistema ferroviario abastecía al antiguo Mercado Dorrego, hoy Mercado de Pulgas, y se vinculaba con otros establecimientos industriales del sector.

Todavía pueden reconocerse rieles dentro del patio del complejo y en las cercanías de Concepción Arenal y Conesa. Las sucesivas pavimentaciones borraron buena parte del trazado, pero quedaron fragmentos visibles que permiten reconstruir el recorrido del tren. No son una decoración colocada durante el reciclaje: constituyen restos auténticos de la infraestructura productiva del barrio.

El proyecto residencial tomó una decisión inteligente al conservarlos. La antigua playa ferroviaria fue transformada en un espacio abierto del conjunto y los rieles quedaron como una especie de cicatriz histórica. Antes guiaban vagones cargados; ahora atraviesan un jardín residencial. El tiempo cambió de oficio, pero dejó sus herramientas sobre el suelo.

Del abandono a Casa FOA

Después del cierre de la planta, los edificios permanecieron abandonados durante varios años. El barrio también estaba cambiando: retrocedían los grandes usos industriales y ferroviarios mientras avanzaban las viviendas, los estudios de televisión, las productoras audiovisuales y los nuevos emprendimientos comerciales.

El punto de inflexión llegó en 1992, cuando el antiguo molino fue elegido como sede de Casa FOA. La exposición permitió volver a recorrer sus interiores y mostró que aquellas estructuras podían recibir nuevos usos sin necesidad de ser demolidas.

En 1993 comenzó la reconversión definitiva. El proyecto fue impulsado por IRSA y tuvo la participación de los estudios Dujovne-Hirsch, MSGSSV y Juan Carlos López y Asociados, con Aldo Volpe en tareas de proyecto y dirección de obra. La ficha del estudio Dujovne-Hirsch registra un terreno de 11.500 metros cuadrados y unos 15.000 metros cuadrados construidos; otra memoria profesional, correspondiente al conjunto más amplio de intervención, consigna aproximadamente 25.000 metros cuadrados. La diferencia parece responder al alcance utilizado por cada estudio para medir la obra y sus distintas etapas. Dujovne-Hirsch Arquitectos y Aldo Volpe Arquitectos.

Una cirugía arquitectónica sobre la fábrica

La reconversión fue mucho más compleja que abrir ventanas y repartir departamentos. Los cuerpos ladrilleros estaban formados por grandes plantas continuas, estructuras de cinco niveles y espacios concebidos según las necesidades de la maquinaria. Las columnas, vigas y alturas no seguían la regularidad habitual de un edificio de viviendas.

Para llevar luz y ventilación al interior se realizó un corte longitudinal que generó una calle o patio interno. La estructura portante fue conservada y el nuevo vacío quedó atravesado por puentes, escaleras y elementos metálicos que recuperaron deliberadamente el lenguaje fabril.

Los antiguos depósitos cilíndricos presentaban otro desafío. Para convertirlos en espacios habitables había que abrir su envolvente sin borrar la contundencia de los silos. Los intersticios entre cilindros se aprovecharon para colocar conductos, instalaciones y núcleos sanitarios, mientras que en el perímetro se incorporaron ventanas, balcones y expansiones.

La fachada que mira hacia Concepción Arenal y Zapiola evidencia esa operación. Los grandes ventanales verticales ocupan sectores abiertos en la vieja estructura; las bandas curvas de hormigón acompañan la geometría industrial y los paños de ladrillo mantienen una referencia material al molino. Los balcones semicirculares parecen bandejas suspendidas, mientras que los remates inclinados de las viviendas superiores introducen una silueta residencial sobre el basamento fabril.

No todo lo que se observa en esta esquina corresponde, por lo tanto, a un silo original conservado literalmente. Es una composición híbrida: estructura industrial recuperada, nuevos cuerpos residenciales y elementos agregados durante la intervención de la década de 1990. Esa mezcla explica su apariencia singular, a mitad de camino entre una fábrica centenaria y un barco urbano.

Lofts en lugar de depósitos

El complejo se convirtió en una referencia temprana de la tipología loft en la Argentina y ha sido presentado como el primer desarrollo de este tipo en Sudamérica. Las antiguas alturas fabriles permitieron crear unidades con doble altura, entrepisos, plantas abiertas y ventanales de grandes dimensiones.

Las viviendas y oficinas poseen configuraciones muy diferentes porque debieron adaptarse a la estructura existente. Algunas son rectangulares; otras acompañan la forma curva de los depósitos. Hay unidades que rondan los 75 metros cuadrados y otras que superan ampliamente los 200. En numerosos casos, los propietarios realizaron nuevas subdivisiones o unieron departamentos, de modo que resulta difícil hablar de una planta residencial única.

El acceso principal se organiza por Concepción Arenal, mientras que por Zapiola se encuentra el ingreso vehicular a las cocheras. El conjunto incorporó jardines, piscina climatizada, gimnasio, espacios comunes, sectores de juegos y canchas deportivas. Distintas publicaciones mencionan paddle y tenis; la cancha que se observa en el sector posterior ha sido anunciada inmobiliariamente como cancha de tenis, aunque su uso y demarcación pudieron modificarse con los años.

El gran espacio verde interior ocupa parte de la antigua playa de maniobras ferroviarias. Ese vacío es fundamental para comprender la calidad del proyecto: permitió que las viviendas tuvieran luz, visuales abiertas y una distancia poco frecuente dentro de una manzana porteña.

¿Cuántas toneladas podían guardar los silos?

Aquí corresponde hacer una precisión importante. Las fuentes arquitectónicas e históricas consultadas describen el establecimiento como molino, acopiadora de granos y depósito de harina, pero no publican una cifra técnica verificable sobre su capacidad total en toneladas. Tampoco aparece, en las memorias disponibles del reciclaje, el número y volumen original de cada celda necesario para calcularla responsablemente.

Por eso no resulta prudente adjudicarle una capacidad exacta copiando cifras de otros molinos Minetti que funcionaron en Córdoba, Mendoza o Rosario. La capacidad del establecimiento porteño debería confirmarse mediante planos industriales, memorias de la empresa, permisos de construcción o documentación ferroviaria de cargas. Hasta que aparezca ese registro, cualquier número cerrado sería más decorativo que histórico.

También es probable que la capacidad haya cambiado entre la primera batería construida en 1921 y la ampliación de 1927. Hablar de una sola cifra para toda la vida productiva del molino podría resultar engañoso.

La parte de atrás también cuenta la historia

La esquina de Concepción Arenal y Zapiola permite leer el edificio de una forma diferente. Desde Dorrego domina la imagen de la gran fábrica; desde aquí se entiende su transformación cotidiana. Se ven las ventanas de las viviendas, las plantas en los balcones, las cocheras, las terrazas y la cancha interior, pero también permanecen el ladrillo, las chimeneas, las curvas de los depósitos y los rieles.

Los Silos de Dorrego no fueron conservados como una pieza inmóvil de museo. Fueron modificados profundamente para seguir vivos. Esa decisión admite debates —especialmente por el carácter privado de buena parte del antiguo patrimonio industrial—, pero evitó que una de las construcciones más representativas de Colegiales terminara demolida y reemplazada por una torre sin memoria.

En esta esquina, el pasado no está escondido debajo del edificio. Entra por el patio sobre dos rieles oxidados, se curva alrededor de los balcones y todavía sostiene las casas del presente. La fábrica dejó de moler trigo, pero continúa fabricando paisaje barrial.