La vieja casa de Aceros Majdalani: un gigante industrial de Corrientes y Dorrego

Frente al Parque Los Andes sobrevive uno de los edificios más impactantes de la antigua Chacarita industrial. Sus ventanas, persianas metálicas, ménsulas, balcones y piezas de hierro conservan la memoria de una empresa familiar fundada en 1941. Entre el subte, Atlanta, las pizzerías y los nuevos centros de espectáculos, la esquina resume casi un siglo de transformaciones porteñas.

Hay esquinas que se atraviesan y otras que obligan a levantar la cabeza. La de las avenidas Corrientes y Dorrego pertenece a la segunda categoría. Mientras los colectivos doblan, el semáforo organiza como puede el hormiguero humano y la estación Dorrego de la Línea B absorbe y devuelve pasajeros, un edificio antiguo permanece plantado frente al Parque Los Andes como un testigo enorme, silencioso y bastante maltratado de la Buenos Aires industrial.

La fotografía fue tomada desde la esquina de Corrientes al 6200 y Dorrego al 700. Aunque se encuentra a un paso de Palermo y forma parte del corredor turístico que conecta Palermo Hollywood con Chacarita, el edificio está situado formalmente en este último barrio, dentro de la Comuna 15. Es el inmueble asociado históricamente con Aceros Majdalani, apellido que a menudo aparece escrito erróneamente como “Magdalani”.

Desde una mesa cercana, con un café con leche y otro café doble —porque la arquitectura porteña se observa mejor cuando hay pocillo, medialuna y tiempo—, la construcción empieza a revelar sus detalles. No es solamente una fábrica vieja: es una pieza de arqueología industrial todavía incrustada en la vida cotidiana del barrio.

Una empresa nacida en la Chacarita industrial

La historia empresaria comenzó en junio de 1941, cuando la familia Majdalani ingresó al negocio del acero inoxidable en la zona de Chacarita. No fue una fecha cualquiera. El mundo estaba atravesado por la Segunda Guerra Mundial y la industria argentina debía responder a las dificultades para importar materiales, maquinaria y productos elaborados. En ese contexto crecieron numerosos talleres, depósitos y establecimientos metalúrgicos alrededor de los ferrocarriles porteños.

La propia empresa recuerda 1941 como el punto de partida de una trayectoria que la llevó a consolidarse dentro del mercado argentino del acero inoxidable. Con los años, M.T. Majdalani y Compañía se especializó en productos planos, corte de chapas y corte longitudinal en flejes, abasteciendo actividades industriales que iban desde la construcción y la fabricación de electrodomésticos hasta los sectores alimenticio, químico, petroquímico y vitivinícola. La historia institucional de la actual confirma el origen familiar y su nacimiento en Chacarita.

La ubicación tenía una lógica productiva muy concreta. Chacarita no era entonces el barrio de locales gastronómicos, estudios creativos, recitales y edificios de diseño que hoy se promociona en las redes. Era un territorio de galpones, corralones, depósitos, talleres ferroviarios y pequeñas industrias. La cercanía del Ferrocarril San Martín, la estación Federico Lacroze, las avenidas Corrientes, Dorrego y Warnes y los accesos hacia distintos puntos de la ciudad convertían al sector en una formidable plataforma logística.

Con el crecimiento de la compañía, la actividad industrial se trasladó hacia instalaciones de mayor escala en la provincia de Buenos Aires. En diciembre de 2007, ArcelorMittal anunció la compra de M.T. Majdalani y Cía., que por entonces pertenecía íntegramente a la familia fundadora. La compañía contaba con unos 75 empleados, había comercializado aproximadamente 12.000 toneladas durante 2006 y registrado una facturación cercana a los 46 millones de dólares. La operación fue informada en ese momento por La Nación y por la Association for Iron & Steel Technology.

El apellido continuó relacionado con el sector mediante Majda Inox, que actualmente desarrolla sus actividades desde El Talar, partido de Tigre. El viejo edificio de Corrientes y Dorrego quedó, entretanto, como la corteza urbana de aquella primera etapa.

Una arquitectura construida para durar

La fachada posee una composición sobria y robusta, propia de la arquitectura comercial e industrial porteña de la primera mitad del siglo XX. No busca la delicadeza de un palacete francés ni la espectacularidad de una gran obra pública. Su belleza proviene de otra parte: de la repetición, el espesor, la utilidad y la sensación de resistencia.

Los niveles superiores presentan largas hileras de aberturas verticales y rectangulares, con algunas terminaciones superiores suavemente curvas. Las persianas metálicas y las carpinterías responden a una necesidad industrial elemental: permitir la entrada de luz y ventilación sin debilitar los grandes muros. La repetición de ventanas organiza visualmente un volumen muy extendido y evita que la construcción se convierta en un bloque completamente ciego.

Una fuerte moldura horizontal separa los pisos y recorre las fachadas como un cinturón. Más abajo aparecen ménsulas y elementos salientes que otorgan profundidad y ritmo. En una época en la que hasta los edificios de trabajo procuraban presentarse dignamente ante la calle, la función no eliminaba la ornamentación. Una fábrica podía ser austera, pero no tenía por qué ser fea. Esa es una lección que buena parte de la construcción contemporánea parece haber archivado junto con los planos viejos.

Sobre uno de los accesos todavía puede reconocerse un pequeño volumen cerrado, semejante a un balcón o puesto de observación. Por su posición dominante y su relación con la escalera y la entrada, resulta tentador imaginarlo como oficina administrativa, despacho de encargado o espacio desde el cual se controlaban el ingreso de trabajadores y el movimiento de materiales. Es una hipótesis arquitectónica razonable, aunque para afirmarlo con certeza sería necesario consultar los planos originales o documentación interna de la empresa.

También sobreviven barandas, rejas y piezas de hierro trabajado. Son elementos aparentemente menores, pero contienen una enorme cantidad de información sobre las técnicas y los oficios de una época: herreros, carpinteros metálicos, albañiles y frentistas que construían para varias generaciones y no para llegar raspando a la próxima inspección.

El edificio que Atlanta convirtió en tribuna

La planta baja ofrece hoy otra capa de historia. Parte de sus cerramientos fue pintada con el azul y amarillo del Club Atlético Atlanta, acompañada por el nombre del club, su escudo y los colores de la bandera argentina. La intervención modifica la lectura original de la fachada, pero también expresa una realidad indiscutible: Atlanta no se limita a su estadio ni a sus socios; es una identidad territorial que se derrama sobre paredes, persianas, puentes y comercios de Villa Crespo y Chacarita.

En esta esquina, la vieja arquitectura empresarial fue apropiada simbólicamente por la cultura futbolera. Donde antes se exhibía la solidez de una firma industrial, ahora aparece la pertenencia de los hinchas bohemios. Puede discutirse el cuidado patrimonial de las pintadas, pero no su potencia cultural. Atlanta pinta el barrio porque sus seguidores sienten que el barrio también les pertenece.

La fachada merece, de todos modos, una intervención profesional. Necesita relevamiento, limpieza, restauración de revoques y carpinterías y un criterio que permita conservar tanto la identidad industrial como las huellas populares acumuladas. Restaurar no significa dejar todo brillante como la escenografía de un shopping. Significa comprender qué tiene valor, reparar sin borrar y permitir que el edificio siga contando su vida.

Del acero a los espectáculos

El entorno amplifica el interés de la construcción. Al otro lado de Corrientes se encuentra el antiguo complejo industrial reconvertido en C Art Media, en avenida Corrientes 6271, actualmente utilizado para recitales, festivales, ferias y experiencias culturales. El espacio puede recibir hasta 2.700 espectadores, según la información de su operador. C Art Media representa una de las grandes transformaciones de Chacarita: el paso de la producción material a la producción cultural.

A pocos metros se abre el Parque Los Andes, uno de los grandes pulmones de la zona y un sitio con una historia mucho más profunda y dramática de lo que su paisaje actual permite imaginar. Parte de esos terrenos estuvo vinculada con el antiguo cementerio creado durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871. Más tarde, el espacio se convirtió en parque público y en uno de los centros de reunión más importantes de Chacarita.

En Dorrego 795 permanece La Farola de Dorrego, establecimiento que se presenta como cocina tradicional desde 1968. Es la pizzería y café de la esquina, el observatorio perfecto para mirar el edificio sin quedar atrapado por el tránsito. Un café con leche para uno, un doble para el otro y alguna cosa dulce para negociar con la conciencia: el método porteño de investigación urbana jamás necesitó demasiada tecnología.

Muy cerca, en Dorrego 894, se encuentra la parroquia Resurrección del Señor, mientras que la Escuela Técnica N.º 34 Ingeniero Enrique Martín Hermitte mantiene viva la tradición educativa vinculada con los oficios y la formación técnica. Hacia el sur aparece la cancha de Atlanta y, detrás de ese paisaje históricamente ferroviario e industrial, emerge el Movistar Arena como gran artefacto contemporáneo del entretenimiento.

Todo sucede alrededor de la estación Dorrego de la Línea B. Sus accesos, estructuras metálicas, señales, respiraderos y barandas forman parte de esa acumulación visual característica de Buenos Aires, donde cada generación instala algo nuevo sin terminar de retirar lo anterior. El resultado puede ser caótico, pero también produce una densidad histórica difícil de encontrar en una urbanización planificada desde cero.

El apellido Majdalani y la política: una relación que exige cautela

El apellido inevitablemente remite a Silvia Majdalani, dirigente del PRO, legisladora porteña, diputada nacional y subdirectora de la Agencia Federal de Inteligencia durante la presidencia de Mauricio Macri, entre 2015 y 2019. Su paso por la conducción de la AFI quedó atravesado por denuncias, investigaciones y una intensa controversia pública alrededor de las actividades de inteligencia desarrolladas durante aquella gestión.

Sin embargo, no corresponde afirmar como un hecho comprobado que Silvia Majdalani haya integrado la familia propietaria de Aceros Majdalani o que la empresa haya “terminado mal” por el ingreso de uno de sus miembros en la política. Una publicación periodística de 2015 señaló incluso que la familia vinculada con el acero negaba ese parentesco. Por eso, unir ambas historias mediante el apellido, sin documentación societaria o familiar concluyente, sería una imprudencia.

Tampoco la empresa terminó comercialmente en una ruina: fue vendida en 2007 al mayor grupo siderúrgico del mundo después de haber alcanzado una escala importante dentro del mercado argentino. Esa operación se parece más a la culminación rentable de un ciclo empresario que a un derrumbe.

La trayectoria política de Silvia Majdalani sí tuvo un desenlace cargado de conflictos judiciales y cuestionamientos institucionales. Fue investigada en distintas causas relacionadas con su actuación pública y con la gestión de la inteligencia estatal. En el expediente por el presunto espionaje a familiares de los tripulantes del submarino ARA San Juan, la Corte Suprema dejó firmes en octubre de 2025 los sobreseimientos de Mauricio Macri, Gustavo Arribas, Silvia Majdalani y otros exagentes. El máximo tribunal rechazó los recursos presentados sin pronunciarse sobre el fondo de las acusaciones.

La conclusión documentada es menos efectista, pero más honesta: existe una histórica empresa familiar del acero llamada Majdalani y existe una dirigente política del mismo apellido cuya trayectoria fue sumamente controvertida. Mientras no aparezcan pruebas claras que unan ambas ramas, la nota debe mantenerlas separadas. El periodismo puede ser filoso; lo que no puede ser es caprichoso.

Un edificio que la Ciudad debería mirar antes de que sea tarde

El antiguo inmueble de Aceros Majdalani no necesita convertirse obligatoriamente en museo ni quedar congelado como una reliquia. Los edificios sobreviven cuando pueden adaptarse a nuevos usos. Allí podrían convivir actividades culturales, espacios de diseño, talleres, gastronomía, oficinas o formación técnica, siempre que una intervención conserve la volumetría, las aberturas, las molduras, los balcones y los elementos metálicos significativos.

Lo preocupante es que estos ejemplares suelen permanecer invisibles hasta que aparece una demolición, un incendio o un proyecto inmobiliario irreversible. Entonces todos descubren de golpe que el barrio tenía memoria. Buenos Aires posee una curiosa habilidad para homenajear en una placa aquello que previamente dejó destruir.

En Corrientes y Dorrego todavía estamos a tiempo. El edificio permanece de pie, envejecido pero imponente. Lleva encima las marcas del acero, del trabajo, del abandono, del fútbol y de las sucesivas transformaciones de Chacarita. A su alrededor pasan el subte, los recitales, los fieles, los estudiantes, los hinchas, los vecinos y los que salen a buscar pizza.

Y él sigue ahí, mirando la esquina desde sus ventanas cerradas, como un viejo capataz que terminó el turno hace décadas pero todavía no está dispuesto a entregar las llaves.