Pascua, Pesaj y Ramadán: cuando las religiones recuerdan lo mismo y el mundo parece olvidarlo
Huevos, pan ácimo y ayuno: tres tradiciones milenarias que hablan de libertad, memoria y convivencia
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En Palermo, cuando se acerca la Pascua, las panaderías empiezan a perfumar la vereda con vainilla, chocolate y masa dulce. Aparecen las roscas, los huevos de chocolate en las vidrieras y las promociones de Semana Santa.
Pero a pocas cuadras, en algunas casas, se prepara otra mesa: la del Pesaj judío, con matzá, hierbas amargas y la lectura del relato del Éxodo.
Y mientras tanto, en distintas partes del mundo, millones de personas están atravesando el Ramadán, el mes de ayuno musulmán, donde la espiritualidad se practica desde el silencio, la paciencia y la disciplina.
Son tradiciones distintas, con calendarios distintos, historias distintas. Y sin embargo, cuando uno las mira con un poco de calma, parece que todas están hablando de lo mismo.
De la libertad.
De la vida que renace.
De la necesidad humana de empezar de nuevo.
El huevo de Pascua: una vieja metáfora de la vida
La tradición del huevo de Pascua no nació con el chocolate ni con los supermercados.
Mucho antes de que existieran las chocolaterías modernas, en Europa ya se regalaban huevos pintados para celebrar la llegada de la primavera. El huevo representaba algo simple pero poderoso: la vida que vuelve a surgir después del invierno.
Con el tiempo el cristianismo adoptó ese símbolo para la Pascua, la celebración de la resurrección de Cristo.
En el siglo XIX los chocolateros franceses y alemanes tuvieron una idea que hoy parece obvia: reemplazar el huevo real por uno de chocolate. Así nació una tradición que terminó conquistando al mundo.
Hoy, en Buenos Aires, el huevo de Pascua es casi un ritual doméstico. Padres que los esconden para que los chicos los busquen, abuelos que recuerdan los de antes, más chicos, más modestos, pero quizás más esperados.
El chocolate cambió la forma, pero el mensaje sigue siendo el mismo: la vida vuelve a abrirse paso.
Pesaj: la memoria de la libertad
Mientras tanto, en muchas mesas judías, el centro de la celebración no es el chocolate sino la memoria.
Pesaj recuerda el momento en que el pueblo judío escapó de la esclavitud en Egipto, según el relato bíblico del Éxodo.
La cena del Séder es una especie de teatro simbólico donde cada alimento cuenta una parte de esa historia. El pan sin levadura recuerda la huida apresurada. Las hierbas amargas recuerdan el sufrimiento de la esclavitud.
La pregunta central que se repite en la mesa es una de las más antiguas de la tradición:
“¿Por qué esta noche es diferente a todas las otras noches?”
No es una pregunta infantil. Es una forma de obligar a cada generación a volver a contar la historia.
Porque una comunidad que deja de recordar su pasado empieza a perder su identidad.
Ramadán: el silencio del ayuno
Para los musulmanes, en cambio, este tiempo del año está marcado por el Ramadán, un mes donde la práctica religiosa se vuelve cotidiana.
Durante el día no se come ni se bebe. El ayuno no es un castigo sino una disciplina espiritual: aprender a dominar los impulsos, a sentir empatía por quienes tienen menos y a recordar que el cuerpo también necesita silencio.
Al caer el sol, las familias se reúnen para el iftar, la comida que rompe el ayuno. En muchas ciudades del mundo ese momento se transforma en una gran mesa comunitaria.
Es una forma de recordar algo que todas las religiones parecen saber: el alimento compartido es una forma de construir comunidad.
Las religiones hablan de paz… pero el mundo insiste en otra cosa
Resulta curioso —y también un poco triste— observar cómo estas celebraciones nacieron para recordar la libertad, la renovación espiritual y la convivencia.
Sin embargo, muchas veces el mundo político parece caminar en dirección contraria.
Las tensiones en Medio Oriente, los bombardeos, las disputas territoriales y las rivalidades históricas vuelven a poner a las religiones en el centro de conflictos que, en realidad, tienen mucho más que ver con el poder que con la fe.
En estos días, mientras millones de personas celebran festividades que hablan de esperanza y de vida, la región vuelve a atravesar momentos de violencia y confrontación.
Y entonces aparece una pregunta incómoda.
Si las tres religiones hablan de justicia, de misericordia y de paz…
¿cómo terminamos discutiendo quién tiene derecho a vivir en paz y quién no?
Colegiales, un pequeño laboratorio de convivencia
Buenos Aires —y especialmente barrios como Colegiales— es un ejemplo curioso de convivencia cultural.
En pocas cuadras pueden convivir una panadería que vende roscas de Pascua, un restaurante de comida árabe que prepara platos para el Ramadán y familias judías que celebran Pesaj.
Nadie se sorprende demasiado por eso. Forma parte de la vida cotidiana de la ciudad.
Quizás porque Buenos Aires es una ciudad hecha por inmigrantes. Españoles, italianos, judíos de Europa del Este, sirios, libaneses, armenios… todos fueron dejando sus costumbres, sus comidas y sus historias.
En esa mezcla nació una cultura porteña bastante singular: una ciudad donde conviven muchas tradiciones distintas sin necesidad de borrar ninguna.
Una discusión que vale la pena
Tal vez la pregunta no sea cuál religión tiene razón o cuál tradición es más antigua.
Tal vez la discusión importante sea otra.
Si las grandes religiones del mundo nacieron para recordar la libertad y la dignidad humana…
¿qué hicimos nosotros con ese mensaje?
El huevo de Pascua, el pan de Pesaj y el ayuno del Ramadán son símbolos muy distintos.
Pero todos hablan de algo parecido: la necesidad de recordar que la vida humana tiene valor.
Quizás por eso estas fechas siguen existiendo después de miles de años.
Porque incluso en tiempos difíciles, las sociedades siguen necesitando recordatorios de algo muy simple.
Que la vida merece ser celebrada.
Y que la paz —aunque parezca una palabra gastada— sigue siendo una tarea pendiente.