Por Colegiales Noticias
Hay una Buenos Aires que se saborea a bife de chorizo y otra que se piensa desde la estética del plato. Una que huele a tuco recién hecho y otra que destila reducción de malbec. No son opuestas, pero sí distintas. Hoy, desde el corazón de Colegiales, proponemos un duelo poético y gastronómico: Pippo contra Montañeses. Dos formas de entender el bodegón porteño. Dos versiones de una misma pasión: el morfi.
Pippo: vermicelli con alma obrera
Ubicado en Paraná 356, en pleno centro porteño, Pippo es un clásico inoxidable que desde 1934 llena paneras, corazones y estómagos. Mesas de fórmica, sifón sobre la mesa y mozos que se mueven con la coreografía de una ópera costumbrista. En Pippo, el tiempo no pasa: se estira como los tallarines al huevo que vienen en fuente y alcanzan para dos.
Su carta es una clase abierta de argentinidad: bife de chorizo, parrillada, milanesas, flan con dulce. Pero su estrella indiscutida es la pasta. Especialmente los vermicelli al tuco, un plato que parece servido por una nonna de Lanús. Abundante, barato y sin vueltas.
Allí van a comer desde oficinistas apurados hasta turistas con ganas de probar lo real. No hay menú de pasos ni maridaje, pero sí comida honesta y porciones que desafían las leyes de la física. El lugar suele estar lleno, con fila afuera y murmullos de tango adentro.
Montañeses: el bodegón que Colegiales soñó
A diferencia de Pippo, Montañeses no es un sobreviviente del siglo pasado, sino un hijo de este tiempo que supo entender el alma del bodegón y vestirla con ropa nueva. Ubicado en la esquina de Maure y Montañeses, al borde entre Colegiales y Belgrano, es un restaurante que reinterpreta el menú clásico porteño con estética contemporánea.
Acá también hay milanesas y pastas, pero la presentación importa. El ambiente combina lo industrial con lo cálido, la vajilla es moderna, el pan casero y el vino viene en copas de verdad. Sirven fainá de entrada, risotto de osobuco, sorrentinos de cordero y una milanesa napolitana tan generosa como fotografiable.
El público es otro: parejas jóvenes, vecinos con tiempo, familias que hacen del almuerzo de domingo una ceremonia gourmet. Los precios son más altos que en Pippo, pero la propuesta también es distinta: es un bodegón aggiornado, donde lo tradicional se respeta sin repetir.
Dos estilos, una ciudad
Pippo y Montañeses son, en cierto modo, las dos caras de una Buenos Aires que se piensa a sí misma desde la mesa. En Pippo hay ruido, historia y olor a ajo. En Montañeses hay luz tenue, cocina de autor y pan de masa madre. Ambos sirven milanesa con papas, pero una viene sobre un plato de loza blanca, y la otra, en fuente de aluminio.
Colegiales encontró en Montañeses su lugar para decir: acá también sabemos hacer cocina porteña, pero con sutileza, con búsqueda, con cariño estético. No es solo un restaurante: es una declaración de identidad barrial. Un lujo accesible, sin perder el alma popular.
Y si el centro porteño es el teatro del bodegón histórico, Colegiales viene a ser su versión más íntima y reflexiva. Menos turistas, más vecinos. Menos mozo gritando «dos vermicellis para la ocho», más camareros que te dicen el nombre del plato con cariño.
¿Cuál elegir?
Si querés una experiencia bruta, directa, con sabor a infancia y fotos en sepia, andá a Pippo. Si preferís un lugar donde cada detalle esté cuidado, sin perder el espíritu de bodegón, Montañeses es tu lugar.
Ambos son necesarios. Ambos defienden lo nuestro. Porque la cocina porteña no es una sola: es muchas, y todas conviven en la misma ciudad. Lo importante es que siga habiendo lugares donde la comida sea un acto de memoria y afecto.
¿Y vos, vecino de Colegiales, con cuál te quedás? ¿Sos del vermicelli de Pippo o del risotto de Montañeses?