Nuevas pizzerías y viejos rituales: Colegiales sigue oliendo a mozzarella y barrio

Mientras Buenos Aires se llena de hamburgueserías clónicas y cafeterías diseñadas para Instagram, las pizzerías de barrio vuelven a ganar terreno. Y en Colegiales, donde todavía sobreviven mesas con servilleteros metálicos, mozos memoriosos y hornos que parecen locomotoras de otro siglo, la pizza sigue siendo una ceremonia popular. Una ceremonia con ruido de fainá cortándose, sifón sobre la mesa y familias enteras discutiendo si la fugazzeta tiene que chorrear queso o no.

La Asociación de Pizzerías y Casas de Empanadas de la República Argentina (APYCE) anunció el reconocimiento a nuevas “Pizzerías Emblemáticas” de la Ciudad, ampliando el mapa gastronómico porteño y reivindicando espacios históricos que todavía sostienen la identidad culinaria barrial.

En ese contexto, Colegiales también vive su propio fenómeno. El barrio empezó a recibir nuevas propuestas que mezclan tradición con hornos modernos, masas de larga fermentación y recetas que rescatan la vieja pizza porteña sin caer en la moda pasajera de la pizza finita sin alma. Acá la gente todavía quiere comer con las manos, doblar la porción y sentir cómo la muzzarella pelea contra la gravedad.

Y si se habla de identidad pizzera en esta zona de Buenos Aires, hay un nombre que aparece inevitablemente entre vecinos, taxistas, músicos, estudiantes y familias del barrio: La Mezzetta. Para muchos, directamente, la catedral de la fugazzeta porteña.

La Mezzetta, ubicada sobre Avenida Álvarez Thomas, construyó una mística propia. No necesita marketing sofisticado ni influencers actuando sorpresa frente a una porción. El fenómeno ocurre solo: filas eternas, hornos trabajando sin descanso y clientes que defienden esa fugazzeta rellena como si fuese patrimonio nacional. El queso cae como lava, la cebolla se funde con la masa y el aroma invade media cuadra. Hay quienes viajan desde el conurbano solamente para comerse una porción parada en la barra.

En paralelo, empiezan a crecer nuevas pizzerías más pequeñas y experimentales en Colegiales y alrededores. Algunas recuperan recetas genovesas, otras trabajan fermentaciones de 48 horas y varias vuelven a utilizar hornos tradicionales para escaparle a la producción industrial. El fenómeno no es casual: en épocas de crisis económica, la pizza vuelve a convertirse en refugio emocional de los porteños. Una comida relativamente accesible, compartible y profundamente ligada a la memoria familiar.

Porque la pizza en Buenos Aires nunca fue solamente comida. Fue club social, fue sobremesa, fue discusión política, fue salida después de la cancha y también cita de madrugada. En muchos barrios, las pizzerías funcionaron como pequeñas embajadas culturales donde convivían obreros, estudiantes, jubilados y artistas sin demasiadas diferencias.

Hoy, mientras las franquicias idénticas avanzan sobre la ciudad como fotocopias sin historia, las pizzerías barriales resisten con algo más fuerte que el marketing: tradición, oficio y pertenencia.

Y en Colegiales, entre avenidas agitadas y calles todavía tranquilas, el perfume de la fugazzeta sigue diciendo lo mismo que hace décadas: el barrio todavía está vivo.